El cuerpo humano

2 de Noviembre del 2007

[1983]

Voy a Merlo dos veces por mes, a visitar a mi viejos y a mis hermanos. Mis viejos viven en la misma casa en la que nací y viví hasta los 28 años, cuando me fui a Estados Unidos. Aprovecho esas visitas para hacer una mudanza hormiga de los libros que todavía quedaron allá. Ya casi no quedan libros por mudar, así que la última vez que fui estuve revisando la biblioteca buscando las últimas migas. En el estante de libros de mi viejo (Osho, novelas abreviadas del Reader Digest, etc) encontré los 12 tomos de El árbol de la sabiduría, una enciclopedia que mi viejo compró en fascículos y luego mandó a encuadernar, allá por principios de los 80. Era la época en la que los kioscos de revistas desbordaban de fascículos y mi viejo aprovechó para saldar su deuda con la cultura (y con su frustración, ya que mi abuelo lo sacó del colegio a los 15 años para que trabajara con él en la panadería). En mi casa no había bibliotecas, ni siquiera estantes, así que los roperos fueron llenándose de libros encuadernados: Atlas Mundial, Historia universal en historieta, Enciclopedias de Plantas y Jardines, de Cocina, Historia de la literatura universal, Historia del Pensamiento, Inglés en casetes, Alemán. Lo único que yo le pedí que me compraran fue Érase una vez el hombre, pero no me lo compraron.

Yo estaba a punto de cumplir 13 años y estaba en séptimo. En el colegio los varones y las mujeres se habían separado, aunque no de común acuerdo. Los varones unilateralmente, habíamos decidido que las mujeres eran aburridas y de armar lío por nada. Cualquiera que se acercara al grupo de las chicas era tildado de pollerita. Ellas no entendían la nueva política, estaban sorprendidas y molestas, y se volvieron unas contra otras, estallaron las peleas intestinas: agarradas de pelos y de uñas, rumores de que esta o aquella tenía piojos, pelotazos arriba de la cintura (y a veces a la cara) durante el delegado, sustracción o destrucción de joya escolar del adversario (la Parker, la cartuchera con ruedita de caja fuerte, la lapicera con reloj).

Mientras el ala femenina caía en un proceso de libanización, el ala masculina redefinía sus códigos de pertenencia y sus prácticas de cohesión. En el recreo nos íbamos detrás de los ligustros a jugar a lo que al principio fue “la mancha”, después pasó a ser “la mancha venenosa” y luego entró, implícitamente pero con el consentimiento de todos, en una mancha exclusivamente anal. Esta progresión requiere una explicación más detallada.

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Regalo

20 de Octubre del 2007

Anteayer, 18, cumplí años. Y Sandra me acaba de hacer un regalo hermoso en la contratapa del Página de hoy. Me encantó que diga, con cariño, que soy curioso e incorregible, pero lo que más me gustó es que me diga pibe cuando acabo de cumplir 37. ¡Gracias Sandra!

Para los que llegan a este post luego de leer la contratapa, el intercambio de emails con Eduardo Pérez dal Lago que menciona Sandra está acá.

Y para los que están muy perdidos: el de la foto soy yo. Abajo de la foto hay un link que dice Autor, donde se cuenta un poco quién soy. Y abajo de Autor hay un Mapa del sitio, que es un buen lugar para ubicarse en el caos del blog (se listan los textos agrupados por temas, etc).

Entre los árboles

16 de Octubre del 2007

Volver a escribir, volver a los palotes, pienso, acostado boca arriba en la cama. Estoy a punto de cumplir 37 años. Hoy, 16 de octubre, nacieron Oscar Wilde y Angela Lansbury. Basta, mejor salir de la cama, asumir este insomnio de las 5 am.

Volver a los palotes, es decir, a hacer chorizos de plastilina, al preescolar. La maravilla de armar chorizos de plastilina y después apoyar el pulgar y aplastar la plastilina y descubrir las curvas espiraladas de las propias huellas dactilares.

¿Pero cuál es el equivalente literario de armar chorizos de plastilina? Un diario, un blog hecho y derecho. Así.

Dormí 5 horas, después otras 4 y me desperté con dolor de cabeza. No pude volver a dormir. Leí un poco más de Ask the dust, de John Fante. Fante iba demasiado rápido así que me agarré el Dubliners de Joyce. Leí la primera historia. Lo que más me gustó fue que dice algo así: “Me alcanzaron una galletita para que coma, pero no quise comerla porque iba a hacer ruido”. El personaje estaba en un velorio.

Salí a la calle a comer, ya había anochecido. Feriado y casi nada abierto, pero sí, por suerte el lugar de siempre, frente a la plaza y frente a la iglesia iluminada en la oscuridad. Había dos minas hablando en inglés en la otra mesa. No me gustó nada de lo que había en el menú, así que pedí algo con hongos salvajes, porque necesitaba algo salvaje o porque estaba frente a una iglesia iluminada.

Saqué los textos del taller del miércoles de la mochila y me puse a marcarlos con una birome verde. En el texto de M. hay una muerte y después unos papeles amarillentos en una caja y después un árbol y después muchos árboles y después una columna de humo subiendo entre los árboles. Miro la plaza: el tobogán, las hamacas, en la oscuridad, entre los árboles.

***

Ayer me senté a escribir para acordarme de la primera vez que chupé una pija. Pero primero tenía que hablar (no sé por qué) de la fábrica de azufre de enfrente de mi casa de Merlo. Y me acordé del eucaliptus de la esquina de mi casa de Merlo. Y me quedé ahí parado, chiquito, mirando el eucaliptus.

“Los que nacieron y crecieron a la sombra de un árbol alto lo saben: el sonido del viento entre las hojas es el pentagrama sobre el que se escriben todos los recuerdos. El vaivén del árbol en el viento, con las raíces agarrotadas en la tierra. Un árbol es como un metrónomo que se niega a negociar su velocidad vegetal con nosotros. Por eso lo derribaron y construyeron ahí un edificio de departamentos, lleno de corazoncitos que laten a 100 pulsaciones por minuto.”

¿Cursi o verdadero? Saqué ese párrafo y lo puse en otro lado, para que no molestara y poder llegar a la primera chupada de pija, pero no me salió nada más y me volví a la cama.

Abrirse paso

20 de Septiembre del 2007

Llegó la hora de escribir. No tengo ninguna idea, nada para contar. Cierro todos los programas, el messenger, el correo, no quiero nada que me distraiga. Le bajo el volumen al teléfono y al contestador. Hago pis. Saco una gaseosa de la heladera, la abro, lleno un vaso. Corto pedacitos de queso, y lleno una compoterita con maníes. Llevo la vianda a la habitación, la apoyo sobre el escritorio de la computadora. Abro el editor de texto. Lo configuro para que la hoja sea lo más grande posible, la fuente de letra grande también. Los márgenes amplios para que los renglones sean cortos, para que rápidamente se armen los párrafos de 5 o 6 líneas. Me engaño, claro, todavía no hay nada escrito. Busco música en el disco rígido, hoy no quiero algo melancólico, hoy quiero jazz, John Coltrane o algo así. Love supreme, eso.

Tengo ganas de hacer pis de nuevo, voy al baño y de paso me lavo los dientes, casi automáticamente. Voy a comer maníes y queso, seguro, voy a tomar mucha Pepsi, así que lo de lavarse los dientes no sé por qué.

Escribo: En tres días este blog cumple 5 años.

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Aquellos buenos viejos tiempos

30 de Agosto del 2007

… en los que el chat me divertìa, me purgaba, me permitìa descargar un vòmito dadaìsta. Insòlitamente alguien me pasò un log del canal de chat gayargentina del 2002 (en ese momento yo vivía en New Jersey). Mi nick es CCCCC.

Thu Sep 19 2002

[00:24] CCCCC: hola che

[00:24] Andy: quiero pijaaaa

[00:24] Musculos_: aca macho buen lomo busco igual

[00:24] CCCCC: despiertan de la pavada

[00:24] CCCCC: al mundo real

[00:24] Demerzel: christina de mi corazon?

[00:24] Matias19: pero miren que trajo la iuvia?

[00:24] CCCCC: vade retro pijas culos biceps

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Maravilla

12 de Agosto del 2007

[Domingo 12 de agosto, 23 horas, Palermo]

Cuando me siento a escribir frente a la pc, estas son las cosas que me acompañan: la música (Leonard Cohen, por lo general), un vaso de gasesosa (Sprite), una porción de postre (serenitos, tiramisú, helado Macadamia Brittle de Hagen Dasz), y la mujer maravilla.

La mujer maravilla es un juguete que me trajo un amigo de Estados Unidos hace unos meses. El sabe que soy fanático (tengo un imán, una agenda, varias postales). En la parte de abajo se lee “MFG FOR BURGER KING CORPORATION” así que supongo que el juguete se repartía dentro de alguna cajita feliz. Se trata de una mujer maravilla fija en un costado y en el otro una especie de fantasma de plástico transparente. La mujer maravilla acaba de atrapar al fantasma gelatinoso con su lazo dorado. El contraste es explícito: la mujer maravilla tiene los ojos alertas, la boca apretada en un besito sexy, el bombachón estrellado apretado, las piernas flaquísimas y largas y juntas. El fantasma, en cambio, no tiene rasgos ni ropa, parece un ectoplasma que no termina de coagular: las piernas están formadas, pero los brazos y la cabeza todavía no, están atrofiados, incompletos. Sobre el plástico celeste hay un botón amarillo y si lo aprieto se activa un resorte, se escucha un chasquido y la mujer maravilla atrae al fantasma hasta tenerlo a pocos milímetros, enroscado en su lazo de la verdad, y lo mira fijamente a los ojos transparentes, lista para hacerle decir toda la verdad.

Cuando me siento a escribir y me trabo, agarro el juguete, estiro la distancia entre la mujer y el fantasma y aprieto el botón, con la esperanza de que esta vez el fantasma avance hacia mí, termine de coagular y diga toda la verdad.

Ciegos, segunda parte

6 de Agosto del 2007

[segunda parte de la historia que comenzó acá]

- Hay algo que no me explicaste. ¿Para qué decís que sos ciego en el mensaje de presentación?
- Y, para que ya sepan de entrada.
- Pero podrías esperar a charlar y ver qué onda, en vez de presentarse de esa manera, ¿no?
- No, prefiero decirlo de una. Tuve varias malas experiencias…
- ¿Como qué? ¿Encontrarte y que te digan “sos ciego, no sos mi tipo”?
- No, siempre lo digo antes. Pero me pasó varias veces hablar horas y después quedar en encontrarme y que me digan que está todo bien y cuando me encuentro me dicen “disculpame, no me va”.
- Pero eso pasa siempre, creo, una cosa es estar cómodo charlando en un teléfono y otra es estar cómodo en persona. Aparte está el tema de que sos ciego. Yo que sé, a mí me ponen muy incómodo los pibes Down. No sé qué hacer cuando estoy con un pibe Down, me ponen nervioso, es como que no sé qué carajos se supone que tenés que hacer.
- Sí, eso lo entiendo. A mí también me pasa. Mirá, te voy a contar una anécdota. Hay un día de diciembre, no me acuerdo qué día, creo que el 3 de diciembre, que se celebra el día del discapacitado. Bueno, yo vivía en zona sur en ese momento y me tomé el tren y me bajé en Constitución. Estuve como 15 minutos esperando que alguien me ayude a cruzar la calle y nadie me daba bola…
- ¿Pero vos no pedís?
- Sí, pero en Constituación se hacen todos los boludos, como que están apurados. Te sigo contando. Al final un tipo me agarra para cruzarme. Le agarro el brazo y estaba super bajo. Le digo: ¿qué sos, enano? Y me dice: No flaco, estoy en silla de ruedas.

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Ciegos, primera parte

25 de Julio del 2007

[17 de julio de 2007, Palermo, 2.30 am]

Me cuesta dormirme, como siempre. Pero algo sí cambió: una vez que me duermo el sueño es profundo, espeso y sensato. Nunca tuve sueños así, con personajes, con argumento, con suspense. Antes mis sueños eran dadá, a lo sumo surrealistas: una puerta se convertía en una persona y esa persona en un miedo o en un sundae de pelos. Ahora no, ahora en mis sueños yo soy yo y juego al ludo con Celeste Carballo. Yo, el del sueño, reviso el correo electrónico cada cinco minutos, preparo té negro con canela y jengibre, acomodo obsesivamente en abanico los almohadones sobre el futón: yo, el del sueño, soy yo, el de la vigilia. O mejor dicho: yo y yo nos parecemos, pero el yo del sueño se desliza por los carriles de un argumento, de un sentido, de una historia que avanza hacia un final con moraleja y continuará, mientras que el yo despierto se sostiene en base a la repetición rítmica de las obligaciones, la síncopa de los ciclos, el débito automático del karma.

Me despierto y recuerdo el sueño completo, sólido, apabullante en su realidad. Lo tengo todo en la garganta. Miro el techo, busco los números rojos del reloj, y no puedo volver al sueño inmediatamente. Tengo el sueño todavía en la boca del estómago, como atragantado de ciruelas, y no puedo volver a la pileta del sueño hasta haber completado la digestión.

Busco el teléfono, disco el número, me meto en la hotline a contar ovejitas. Intento grabar un mensaje de presentación poniendo voz de mujer, pero tengo la garganta seca y me sale un carraspeo travesti. No importa. Entro en el salón de voces online. Lo de siempre: los sonámbulos, los calientes sin preámbulo, los que buscan a Marcela, los presos de Varela, los que buscan calor en el frío, los que te venden el cuento del tío, los porteros, los toreros, los policías, los de gendarmería, el ciego.

¿El ciego?: “Hola, soy Gonzo, tengo 26 años, soy ciego y busco chicas para charlar y ver qué se da”.

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Estar ahí

20 de Julio del 2007

Para mí un amigo es alguien que está ahí, que acompaña. Por eso se me ocurrió hoy agradecer a los lectores de este blog. A los que corrijen mis errores ortográficos o gramaticales, a los que se quejan porque el cuento es muy hot o demasiado cold, a los que me señalan errores ortográficos o gramáticales o sociales, a los que mandan email agradeciendo, a los que comentan, a los que leen en silencio. Me sentí acompañado todo este tiempo, a través de las idas y vueltas, en San Francisco, New Jersey, Merlo o Palermo, en los ya viejos tiempos del boom blogger, en la actualidad de posts apenas mensuales.

Gracias y feliz día del lector amigo.

El pub de la pelea, parte 3

12 de Julio del 2007

[Tercera y última parte de la historia que empezó acá y siguió acá. Empecé a escribir con la idea de escribir esto en 15 minutos, pero me colgué y son las 4.30am. Los lectores generosos entonces avisarán si hay errores obvios o harán la vista gorda. Ambas cosas se agradecen.]

- Traé servilletas para secarle la sangre y fijate si podemos pegarle la ceja con la gotita - le dice uno de los de seguridad al otro. - Y llamá a la ambulancia que le van a tener que poner de nuevo el hombro.

Me llevan para allá, para allá es el patio, o sea para el sector fumadores. Primera ironía. Me cago de frío: segunda ironía. Me alcanzan un rollo de papel higiénico para que me seque la sangre: tercera ironía. Miro el cielo hacia el que se elevan las señales de humo del humo de los cigarrillos. Leo los puntos y los guiones del mensaje: j-o-d-e-t-e. A partir de ahora j-o-d-e-t-e, vos solo fuiste atrás del conejo blanco fumador, te ligaste la trompada, merecida o no, te caíste por el agujero de Alicia y ahora se borró todo y solamente brilla la sonrisa del gato de Cheshire, que te va a seguir como una estrella fija toda la noche.

Diego me agarra la mano, la pone entre las suyas. Bajo a tierra, a mi pecho y a mi estómago. Tengo la panza cubierta de pétalos de sangre coagulada. Tomo uno entre los dedos, lo levanto hasta mis ojos como para mirarlo al trasluz, brilla tu diamante loco. Es como una escama roja, de plástico, elástica, es la sangre que me chorreó de la sien.

Pienso boludeces: mi cuerpo produce plástico, no solo carne, sangre y huesos, sino también este cotillón. Hay un capítulo de Sex and the City en el que Charlotte tira pétalos de rosa rojos sobre una cama para prepararla para la noche de bodas. Desfloración, supongo, significa. Yo quiero cubrir mi cama de noche de bodas con estos pétalos de sangre que me salieron de la sien. A Oscar Wilde le encantaría, sí, en serio le encantaría.

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