El pakistaní, parte 5

22 de Julio del 2006

[Quinta entrega de la historia que empezó acá]

Tengo la bolsita de plástico en la mano con el sandwich de pollo adentro, y tengo a Shabeh en el rabillo de mi ojo derecho mientras camino por la vereda con el viento en la cara. Yo no dije nada, él no dijo nada y sin embargo estamos caminando hacia la parada de taxis. El que me sigue es él mientras lo guío hacia el taxi que nos llevará hasta Busch campus, hasta mi habitación, hasta mi cama. Pero no, a media cuadra de la parada Shabeh dice: “Mejor sentémonos ahí en el pasto y charlemos un rato.”

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El pakistaní, parte 4

20 de Junio del 2006

Mientras camino esa media cuadra evalúo mi situación: estoy en alerta naranja, las luces titilan, las pantallas se llenan de mensajes indescifrables, el beep doppler de los radares barre el horizonte lleno de amenazas. No sirve que intente convencerme que no hay nada en juego, y que si esto realmente es un juego, no es el TEG 2, es la casita robada.

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El pakistaní, parte 3

19 de Mayo del 2006

20 de mayo de 2000, 2.15 hs

A las cuatro y diez de la tarde llamo al número que me dio. Atiende una voz de hombre y pronuncia palabras en un idioma extraño.

- Hola, ¿podría hablar con Shabeh?
- Soy yo. ¿Quién habla?
- Soy Christian, hablamos ayer en el chat.
- Ah sí, estoy en el trabajo, ya me estaba yendo - tose y su voz se convierte en un susurro -. No tengo mucho tiempo, te veo a las ocho en la estación de New Bruswick, al pie de la escalera, donde paran los taxis.
- Okay, ¿y cómo te reconozco?
- Ya viste mis fotos, me vas a reconocer, no te preocupes, y si no te voy a reconocer yo. ¿Tu foto es reciente?
- Sí, del mes pasado.

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El pakistaní, parte 2

18 de Mayo del 2006

19 de mayo de 2000, 01.30 hs

No sé por qué no puedo leer. Probé con algo denso (Crimen y castigo), con algo corto (Crónica de una muerte anunciada), con poesía (Hojas de hierba) y con ensayos (Montaigne, Sontag), pero no puedo. Apenas puedo escribir este diario. Es el viaje, estoy seguro: aunque faltan tres semanas lo siento inmimente. Por eso lo único que me queda es entrar en el chat de gay.com y mirar un rato las hileras de texto que trepan lentamente como burbujas por la pantalla: “¿Alguien para ahora en New Brunswick? Yo 28 años, buen físico, activo, sin lugar”, “Onda nada que ver, para algo serio, amistad, salidas, manden privado”, “Madurito de 52, busca nenito para malcriar, para ahora o para organizar para otro día”. Mientras recorro el departamento arrastrando una bolsa de consorcio y llenándola de basura. Los apuntes de las materias de estos dos años: a la basura. Un teléfono y una radio que ya no funcionan: chau. CDs grabados con programas que ya no uso, comida vencida, cosméticos y cremas que me gané en una rifa y nunca usé: bye bye. Así paso el tiempo, del chat burbujeante a la peregrinación cartonera por el departamento y de ahí a mirar por la ventana a los insectos que giran alrededor de los globos de neón del parque trasero.

Me doy una ducha, voy hasta la heladera, no hay casi nada: mermelada, cerveza, mayonesa, huevos. Abro una lata de cerveza y me instalo frente a la computadora. Ahora las burbujas de texto suben desaforadas, algo está pasando. Ni siquiera puedo seguir la conversación, tengo que frenar la evolución de la pantalla con el puntero del ratón para poder leer. “¡Terrorista de mierda!”, “¡Volvé a tu país a criar camellos!”, “¡Sacate la toalla de la cabeza!” son algunos de los insultos que varios personajes le disparan a un tal pakistani28. pakistani28 responde con amenazas “¡Ya lo van a pagar! ¡Juro que lo van a pagar!”.

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El pakistaní, parte 1

17 de Mayo del 2006

[Mayo de 2000, la historia del pakistaní, extraida de mi diario personal de esos días]

18 de mayo de 2000, 20.15 hs

Es necesario que escriba todo. Estoy demasiado cerca y es demasiado pronto para que pueda ver claro, necesito estar lejos y después, mucho después, mucho más lejos. ¿Te acordás cuando fuimos a ver Hombre mirando al sudeste al cine? Creo que era el día del estreno, creo que era en Mar del Plata. Llegamos casi sobre la hora y ya estaba lleno y no había lugar ni en los pasillos para sentarse. La película ya había empezado y nos tuvimos que sentar al centro en la primera fila. A eso me refiero con lo de estar cerca y encima: hablo de estar en primera fila, de que todo se te chorree por los bordes de los ojos, de que el sonido sea un viento más allá de la espalda y de que cuando el hombre de la pantalla mira al sudeste desde la primera fila se ve como norte o como oeste. Todo movido de lugar, todo borroso, todo rápido, mientras intentábamos barrer la escena con un brusco movimiento de cabeza: de los ojos de ella a la boca, de ahí saltar a los ojos de él y de ahí a la boca de ella, a la teta, a la tinta azul que le brota de la boca.

A veces miro lo que no importa, lo irrelevante, pero ahora no puedo decidir, no puedo ver y seleccionar al mismo tiempo. Por eso el juicio se posterga y queda abierto, es lo contrario de una ley de punto final, es una ley de puntos suspensivos, una causa que no proscribe nunca, una efecto que se reescribe siempre, si es que hay causa, si es que hay efectos. Pero no quiero marearte, quiero que sepas a qué fiestita te invito. Quiero que sepas que si deliro o mezclo lo importante con lo circunstancial es porque estoy subido a la pelota de este metegol marca Porchetto y no va a haber paradas intermedias. Valga entonces la advertencia de abrocharse el cinturón y de venir con el estómago vacío.

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Cabral

29 de Diciembre del 2005

(Por las dudas, para los que no conocen la marcha de San Lorenzo, acá está)

Lo de Cabral fue en tercer grado. La idea fue de la maestra: armar una especie de videoclip de la marcha de San Lorenzo. En eso, la señorita Mecha fue avant-garde, inventando el videoclip mucho antes de la era MTV. Yo quería ser San Martín pero Miguel Ángel se me adelantó y era inútil pelear esa bastalla perdida: él era el favorito de la maestra. Así que audicioné para el papel de Cabral y lo conseguí (le dije a la maestra que en gimnasia era muy bueno y que me caía muy bien al piso, una habilidad esencial para representar la muerte de soldados alcanzados por las balas de los fusiles o el filo de los sables).

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Marcos, tercera (y última) parte

27 de Diciembre del 2005

Marcos me agarra del brazo y me coloca frente a él. Me mira a los ojos y me besa con fuerza, como si inflara una burbuja de energía que lo va a proteger del cuadrúpedo que se acerca gateando por la alfombra, apenas visible en la penumbra de la habitación que huele a sahumerio de manzana verde. El tipo se desliza lentamente con la cabeza baja, atravesando una por una las líneas de luz que se cuelan por las ranuras de la persiana.

La boca de Marcos tiene gusto a cigarrillo mezclado con tictacs de Mentol y su lengua está quieta. Se nota que el beso es una manera de esconderse, de volverse invisible hasta que se aleje el tipo que está arrodillado, esperando. Lo abrazo y abro los ojos. Los de él también están abiertos y parpadean a milímetros de los míos, las pestañas se tocan. Uno de los tictacs pasa de su boca a la mía. Se ríe sin dejar de besarme.

- Ustedes dos vengan conmigo al baño – ordena Tiago.

La orden es para el que tengo arrodillado a mis pies y el que está tirado boca abajo en la cama: ambos salen por una puerta ubicada al costado del televisor. El tercero (el que está vestido de mecánico) aparece con una botella de whisky y un baldecito con hielo, se sirve en un vaso, agrega dos cubitos, agarra el control remoto y se tira en la cama a mirar la película porno.

- Vos también vení, puto. Y traé a tu amo.

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Marcos, segunda parte

20 de Diciembre del 2005

[Segunda parte de esta historia]

Al otro día me despierta el teléfono. Marcos mira el reloj (son la 13.30), y se tapa la cara con la almohada. Contesto.

- ¿Querés venir a ver una orgía con mis esclavos? Son tres, la casa queda en Colegiales – dice Tiago, mi amigo taxi-boy en el teléfono.
- No, Tiago, estoy con Marcos.
- Ah, bueno, vos te lo perdés. Chau.

Apenas corto se me ocurre que quizás podría ir con Marcos. Pero mejor no, hace menos de quince días que salimos, y estamos bien, si subo el fuego de la hornalla puedo terminar con el omelette pegado en el teflón, o peor, como un dibujito animado carbonizado, con los pelos negros y parados, parpadeando a cámara y sosteniendo una sartén que humea marca ACME, después de la explosión que hizo volar todo por los aires.

- ¿Quién era? – pregunta Marcos.
- Tiago, mi amigo taxi, me invitó a una sesión de sadomasoquismo que va a tener con tres esclavos. ¿Querés que vayamos?
- ¿Vos querés ir?
- Y… yo que sé, el día está feo, sino vamos a terminar dando vueltas en el Alto Palermo.
- Yo te hago la segunda si querés.

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Marcos, primera parte

13 de Diciembre del 2005

[Buenos Aires, diciembre de 2005]

La película me está poniendo nervioso. Se trata de un hombre que parece transparente pero que esconde un lado opaco, que finalmente resulta ser negro; de unos hombres vestidos de negro metidos en una limusina negra, que vienen a traer lo siniestro; de lo siniestro y como se transmite viralmente, como viaja en el aire y se mete en las casas y en la sangre.

No sé si debería agarrar a Marcos de la mano. Es la primera vez que vamos juntos al cine, las veces anteriores nos vimos en casa o en algún bar subterráneo. El cine nos resulta familiar (porque está oscuro) y extraño (porque hay dos chicas comiendo pochochos en la butaca de al lado). Tengo ganas de que el que me agarre de la mano sea él. Termina la película y no nos tocamos.

Subimos las escaleras mecánicas y salimos por la puerta principal, la que da a la pared del cementerio de la Recoleta. Hay mucha gente yendo y viniendo, son las 11 de la noche del viernes. Frente a mí, a unos seis metros, hay un pibe pelado de unos quince años, está vestido con una remera negra, pantalones negros y borceguíes. Cuando lo miro él ya me está mirando y la mirada corta como una navaja. Tiene los brazos muy pálidos, no sé por qué me fijo en eso, la luz del neón exagera el contraste entre el blanco de la carne de los bíceps y el negro de la manga de la remera. Vuelvo a los ojos: la mirada no es de levante, es otra cosa que no sé que es.

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Esquivar y desaparecer

6 de Diciembre del 2005

Lo que más me gustaba en esa época era esquivar y desaparecer. Es decir, el delegado y la escondida. Me había obsesionado con el delegado y practicaba los movimientos de esquive solo, en mi casa, frente al espejo del comedor. Como los pibes del barrio se aburrían después de 15 minutos de intentar “quemarme”, tuve que inventar variaciones que abreviaran el tiempo de juego: el delegado con dos pelotas o el “vale tirar a la cabeza” (la versión standard solo permitía pegar el pelotazo debajo de la cintura). Igual se aburrían y preferían ir a la esquina de Rioja a tirarle cascotazos a los colectivos. Un día diseñé un delegado con 5 pelotas de distintos colores, 8 zonas de juego y 20 jugadores. Las reglas eran complicadísimas: me pasé 2 horas explicándolas, hasta que alguien señaló que los que nos juntábamos en la esquina éramos a lo sumo 8 y que solamente teníamos dos pelotas. Esa tarde nos fuimos a la esquina de Rioja a tirarle piedrazos al colectivo y a la cortina de chapa de la fábrica de pastas. A mí no me parecía divertido. La cortina de chapa no se movía, no intentaba esquivar las piedras, así que ¿cuál era la gracia? Lo mismo con el colectivo: ¿qué tenía de interesante tirarle piedrazos a la carrocería inmensa de un colectivo que frenaba en la esquina porque tenía parada? La gracia era, aparentemente, esconderse detrás de los autos estacionados para ver salir al sereno del local en pijama, atontando y jurando a los gritos que nos iba a matar a todos. O escuchar la puteada del colectivero asegurando que nos iba a denunciar a la policía.

Fue en ese momento que se me ocurrió la idea: ya que a los pibes les gustaba tirar piedrazos y a mí esquivarlos, inventaría un juego que combinaría las dos cosas. Funcionaba así: alguien gritaba “¡ya!” y yo empezaba a correr. Los demás contaban hasta 7 y se largaban a correr detrás mío tirándome piedras. Cada “tirador” tenía 10 piedras y debía intentar acertar en el blanco (yo) la mayor cantidad de veces antes de que diéramos la vuelta a la manzana. No valía tirar a la cabeza. Aprendí a zigzaguear, a usar los árboles de la vereda como escudos y a desorientar a mis perseguidores cruzando la calle entre los autos en movimiento. Pero se aburrieron pronto y tuve que inventar un sistema de premios. El que más piedrazos embocaba se llevaba 5 figuritas. Se volvieron a aburrir: a los pocos días el incentivo ya no era suficiente. Y tuve que empezar a regalar 2 figuritas y 2 bolitas por piedrazo acertado. La diversión duró hasta que sufrí una bancarrota de figuritas y bolitas.

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