Sensible

22 de Abril del 2007

[Domingo 22 de abril de 2007, Pizza Nova, Palermo, 3 am]

Mejor dejo la última porción para después. Miro a través de la ventana: 3 de la mañana, en la esquina de Coronel Díaz y Santa Fé un viejo mira hacia arriba, extiende la palma de su mano hacia adelante, empieza a llover. Yo levanto la botella de coca light vacía y se la señalo al mozo, el mozo asiente, el provolone me da mucha sed. Abro el libro, me recuesto contra el respaldo de la silla, cierro el libro, miro otra vez hacia afuera, hacia arriba, las gotas de lluvia parecen chispas anaranjadas contra el neón.

La coca light está bien fría, qué suerte, abro el libro, me recuesto contra el respaldo de la silla: “My name is Karim Amir, and I am an Englishman born and bred, almost”. Alguien golpea con los nudillos el vidrio de la ventana, es una mujer canosa que me señala, sonríe, y hace el gesto de que salga de la pizzería que me quiere decir algo. Cierro el libro, tomo un trago más de coca light, salgo.

- Disculpame, quería preguntarte que estás leyendo, tiene letra muy chiquita…
- Se llama El buda de los suburbios.
- ¿Y de qué se trata?
- De un chico pakistaní en Londres. Bueno, en realidad recién lo empecé a leer.
- ¿Pakistaní en Londres? ¿Hay muchos pakistaníes en Londres?
- Sí, hay bastantes.
- Y los deben tratar muy mal, ¿no?
- Bueno, son una minoría…
- Sí, aparte ellos los invadieron. ¿Pero por qué la letrita tan chiquita?
- Porque es un libro barato, de bolsillo.
- Ah, de esos que no hay que abrirlos muchos porque se despegan, sí. A mí me gusta el cine pakistaní.
- Hm, yo no vi mucho.
- Sí, es un cine que no está lleno de ¡pum! y ¡ratata! como el cine yanqui. Yo soy de la patagonia.
- Ah, mirá vos.
- Sentate, acercate esa silla.
- No, no gracias, el mozo se va a pensar que me fui sin pagar.
- No desprecies así a esta señora canosa que te tiene que decir algo.- Saca un paquete de cigarrillos de la cartera. - ¿Fumás?
- No, gracias.
- No te molesta que fume, ¿no?
- No me molesta, estamos afuera.
- Sentate, ¿querés compartir una cerveza conmigo?

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Biografía

5 de Febrero del 2007

Biografía a los pedos. Nací el 18 de octubre de 1970, en Merlo, provincia de Buenos Aires. El número de mi casa en merlo es 1370. Mi mamá dice que es el día en el que fui concebido: 1-3-70. Eso significaría que nací con 7 meses y 18 días. En el camino al hospital mi tío chocó el Renault Gordini, pero no hubo heridos. Mi tío murió joven, hace unos años. Murió en la Clínica Bazterrica y yo fui el encargado de acompañar el cadáver en una ambulancia, hasta Merlo. No me acuerdo del viaje, aunque debería. Recién ahora, escribiendo esto, me doy cuenta de la simetría, mi tío llevando a mi vieja a que me pariera, yo acompañando a mi tío muerto.

Nací, fue complicado, no respiré por unos cuantos minutos. A mi mamá le dijeron que tendría problemas. Mi mamá preguntó que problemas: deficiente mental o problemas psiquiátricos. Me encanta contar esa historia. Tengo dos hermanas mayores. Mi viejo era panadero y Merlo estaba llena de baldíos y calles de tierra. Me acuerdo de ir a tomar helado a la avenida. Casi nada más. La casa de mis abuelos estaba comunicada con la nuestra. Mi abuela Lala era del campo. Mi abuelo era albañil. Me acuerdo del olor a transpiración de ambos. También del olor a milanesas y a arroz con leche y a manzanas asadas. También me acuerdo que la mesa de la casa de la cocina tenía patas de hierro. En esas patas de hierro había un anillo de otro color o de otro material, que si tirabas con fuerza se desprendía. Me acuerdo de estar sentado debajo de la mesa, con los muslos contra el mosaico frío y de deslizar ese anillo metálico hacia arriba y abajo en la pata de chapa. Esa mesa los acompañó siempre. Los muebles de mis abuelos, todos los muebles, duraron toda la vida que yo les conocí. Por eso el escenario me borra a los personajes, la misma mesada oscura, los mismos aparadores torcidos. Incluso los platos nunca se rompían. Todo duraba en esa casa.

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Sandra Russo me dedica una contratapa

6 de Enero del 2007

Estoy emocionado. Abrí el email y vi que Sandra me había mandado un mensaje diciendo “X, espero que te guste la contratapa de hoy, porque te la dediqué con mucho amor”. Y fui y leí. Me encanta que esta en especial me esté dedicada, porque son de mis contratapas favoritas, en las que Sandra mezcla su excepcional agudeza con emoción. Así que acá estoy, todo emocionado y contento y honrado.

Como nota simpática, mi vieja no sabe que vine a Mardel con mi novio. Es más, mi vieja no sabe que tengo novio. Es más, nunca tuve novio y ahora que tengo, nunca se lo dije. Así que se pensó que me había rayado y me había venido a la costa a pasar el fin de año solo. Le acabo de mandar un mensaje de texto para que vaya a comprar el Página y lo lea, así que en este momento estoy saliendo del ropero del noviazgo con mi vieja. Si esto no es blog - verdad, no sé qué es.

La contratapa está acá:

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-78675-2007-01-06.html

Cumulus literarius

27 de Noviembre del 2006

Empecé a escribir este blog cuando me fui de Argentina en 1998, sin darme cuenta. Un email, después otro, otro más, la compulsión de escribir por escribir, de salir del ropero, de airear todos los roperos, de abrir todos los cajones, de sacar todos los trapitos al sol sin frenarme a pensar, nunca frenar. Estaba en New Jersey, las personas entraban y salían de mi vida todo el tiempo y nadie le prestaba demasiada atención a lo que escribía. Leía con despreocupación, escribía por escribir.

Después me metí en blogger.com y armé un blog y la cosa no cambió demasiado. Escribir porque sí, como si armara un casete con canciones favoritas para algún amigo imaginario, como si todavía fueran emails, que ahora me enviaba a mí mismo.

Quizás estaba deprimido o triste o perdido. Las palabras salían de ahí, de algún pozo nocturno, como chispitas alineadas. No la estaba pasando bien, pero había intensidad e ingravidez, dos cosas que necesito para escribir y que hoy me faltan. Necesito flotar a centímetros del piso y sentir electricidad en la yema de los dedos. El mejor lugar desde donde escribir: flotando en una nube en el medio de una tormenta eléctrica.

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El pakistaní, parte 11

31 de Agosto del 2006

[Primer epílogo. Falta otro y creo que con ese termino]

Epílogo I: San Francisco y Shabeh

Volé a San Francisco a buscar otra vida hervida.

SF: en la escenografía brillantina de mi optimismo conseguiría pronto un trabajo con mi visa de práctica profesional. Se hinchaba la burbuja puntocom y yo estaba parado en su centro como ese hombre desnudo en ese círculo desnudo que dibujó da vinci, con las piernas abiertas y los brazos extendidos para abrazar el futuro con las 4 extremidades. El clima sería amable, nada de lluvias desde marzo a noviembre, los fantasmas de canterville beat arrastrarían sus cadenas por las calles empinadas. Los patos en san francisco no dicen cuac, dicen kerouac. La gente no toma té de ginseng, toma té de ginsberg y aúlla. Bohemia y sex clubs y bares leather con lockers para encadenar a tu esclavo. Tranvías y terremotos, jacuzzis en ebullición en las terrazas, puentes colgantes anaranjados que cuelgan de nubes colgantes anaranjadas que patinan en patines de rueditas al ritmo disco hacia el atlántico. Dicen que la gente se ahoga en bakers beach que el agua te chupa. Dicen que en el parque golden gate, allá donde está el molino, hay canastitas colgadas de los árboles llenas de preservativos. Me llega una invitación electrónica anónima: “estaré con los ojos vendados y arrodillado y dejaré la puerta del patio abierta, el otro día me tragué 17 acabadas y ahora quiero batir mi récord”, la dirección y la foto vendada y arrodillada. La bandera arco iris flameando en la distancia allá en el castro. El loco de la guitarra que canta hotel california y tiene los brazos llenos de agujeros violetas. La entrevista de trabajo con la primera compañía que no se entiende pero que tiene un nombre hawaiano. “Significa amarrillo en hawaiano”. Pero qué idea tienen para esta puntocom. La idea es: servicio usuario sinergia cool social potencialidad quick pluralizar ecommerce expandir new amigable. Barajá y da de nuevo y es el mismo póker con cara de culo sucio. En dos meses me quedé en la calle porque hubo tormenta eléctrica en la cabaña del tío. Sobre el colchón inflable remando, flotando en ese mar de 2 metros cuadrados que alquilé a 500 dólares. La guita que se evapora pero no se condensa, se evapora pero nunca llueve. De esos 2 metros cuadrados a otra habitación alquilada y de ahí a otra, en el sunset, lejos, en el culo del mundo a 6 cuadras del pacífico. Otros 6 lugares de peregrinación. El sótano de un croata, el garage de un negro. El sexo como hilván, cosiendo los días como una máquina de coser, de coser a fuego lento infernal. La máquina de coser, la máquina de coger, la aguja que entra y sale de la tela, el microscópico nudo atragantando el género, y el número. Otra vez sin departamento y las entrevistas para conseguir uno. El cinéfilo que solo quiere vivir con los que vieron eraserhead de lynch. La lesbiana vegetariana que odia cualquier alimento animal, puedo comer atún, no, no podés. El servicio de inmigración me enviará la visa de trabajo en 90 días pero no, perdieron los papeles. Pero me dan una provisoria, supongo. No. Pero tengo el sello del correo, o sea los papeles los perdieron ustedes. Pero igual tiene que esperar que se cumplan los 90 días para reclamar. Puedo irme a argentina a esperar que se resuelva esto, porque vio, en esta ciudad no se puede vivir, me cobraron 600 dólares el mes pasado por el alquiler de un ropero. No puede salir del país sin visa. No puedo volver a argentina, no puedo trabajar, cómo hago. No sé señor, que pase el que sigue. Eso es así en versión videoclip tarantino con ruptura de secuencia temporal, mezclando el antes y el durante y el después, ese soy yo en san francisco, postales de la deriva, de la derivada que mide la inclinación de la tangente que señala el infinito retorno de la mala leche hervida.

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El pakistaní, parte 10

26 de Agosto del 2006

[Última parte de la saga. Aunque quizás después agregue un breve epílogo]

- No te enojás si me lo cojo a él también, ¿no?

En ese momento decidí que nunca más volvería a ver a Shabeh. Fui a buscar agua para borrar de mi cara cualquier gesto de bronca o sorpresa. Volví y mientras me vestía le dije que tenía que terminar de ordenar y limpiar el departamento porque al otro día venía el encargado de edificio a inspeccionar el departamento, ya que me iba en unos días. Era mentira, claro, pero ahora que me había movido más allá de su campo de fuerza no toleraba tenerlo cerca. Para que no sospechara que me estaba despidiendo lo acompañé hasta la parada. El colectivo llegó, nos abrazamos como siempre y volvió a decirme:

- No te molesta si me lo cojo, ¿no? Si vos me decís que no me lo coja no lo hago. A mí me interesás vos, no él. Nosotros dos tenemos que seguir juntos y vos lo sabés.
- Te doy permiso para que te lo cojas y para que hagas lo que quieras. Lo único que te digo es que si mencionás una vez más a Rajul, por cualquier motivo, no me ves más.

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El pakistaní, parte 9

16 de Agosto del 2006

- Yo que vos no le prestaría demasiada atención. No es el primer musulmán pakistaní con el que tengo este tipo de problemas – dijo la voz de Rajul en el teléfono.
- Pero explicame qué pasó.
- Es muy largo de explicar, te tendría que contar toda la historia del conflicto entre indios y pakistaníes y ahí entenderías. Pasar, no pasó mucho. Charlamos, le conté que estudié en el Indian Institute of Technology de Bombay y ya ahí se puso medio a la defensiva, porque el IIT es muy conocido y en Pakistán no tienen buenas universidades. Le pregunté que había estudiado él y me dijo que Administración y yo entonces le conté que estaba preparándome para entrar en Stanford a hacer un MBA y me dijo que eso no servía para nada.
- Vos también pavoneándote con tus credenciales…
- Sí, por eso cambié de tema. Pero cada tema que tocaba era peor, porque decía cosas medio incoherentes y esperaba que yo estuviera de acuerdo.
- ¿Te la pasaste peleando todo el viaje?
- No, pero hay cosas que son medio difíciles de tragar.
- ¿Cómo qué?
- El dice que es persa, no pakistaní. Te lo resumo diciendo que habla del imperio persa como si todavía existiera y dice cosas odiosas todo el tiempo. Dice que el urdu es superior al hindi, que el hindi es un lenguaje degradado y cosas así, que no tienen ni pie ni cabeza pero que las dice como si fueran ley.

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El pakistaní, parte 8

11 de Agosto del 2006

El viernes a las siete y media sonó el timbre del departamento: era Shabeh cargando un bolso gigante. Rajul nos pasaría a buscar en el auto a las ocho. Nos duchamos juntos, rápido y me vestí en cinco minutos. Shabeh, mientras, extraía prendas de vestir de su bolso como si fueran palomas de una galera sin fondo y las extendía sobre el sofá. Dos musculosas, tres remeras, tres camisas; dos jeans, uno más claro que el otro y un pantalón de tela negro; un par de borceguíes, un par de zapatos y un par de zapatillas azules con rayas anaranjadas.

Se puso el jean más oscuro, un borceguí en un pie y una zapatilla en el otro y una de las musculosas. “¿Qué te parece?”, dijo, mientras desfilaba por el pasillo que va de la cocina al baño, giró, se metió el pulgar en el bolsillo del jean, torció la boca y puso cara de galán de cine noir. Me parecía bien y se lo dije, pero se sacó toda la ropa y volvió a probar una combinación distinta.

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El pakistaní, parte 7

10 de Agosto del 2006

Al día siguiente esperé su llamado, pero no llamó. A la noche me fabriqué un perfil nuevo en el chat y me quedé esperando que apareciera, pero no apareció. Me costó dormirme, Shabeh me obsesionaba y no entendía del todo por qué: apenas lo había visto dos veces, no habíamos hablado demasiado y el sexo había sido torpe y apresurado. Había un bonus de énfasis en sus gestos y en sus palabras, un subrayado teatral que me forzaba a responder con una pirueta aun más acrobática. Con Shabeh siempre estaba jugando una final, nunca un amistoso; con Shabeh siempre estaba batiéndome a duelo: dos caballeros medievales con lanzas larguísimas que se acercan hacia su colisión final a toda velocidad subidos a sus monociclos. Al principio confundí esa expectación con calentura pero ahora la calentura se había retirado para ser reemplazada por una inquietud más llana pero no menos intensa. Lo de Shabeh no era enamoramiento, ni calentura, ni química alquímica. Operaba en mi cabeza con la intermitencia R.E.M. de una obsesión cutánea, si iba en busca de la picazón para rascarla la multiplicaba en otros pliegues, la esparcía hasta confundirla con la extensión completa de mi lucidez. Simultáneamente con este diagnóstico automedicado llegaba la certeza de la duración de esta invasión de hormigas marcianas en el hormiguero de mi conciencia: en 15 días me iba a San Francisco y la cosa se terminaba.

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El pakistaní, parte 6

28 de Julio del 2006

La carrocería del ómnibus torció arriba en la colina hinchada, se detuvo, abrió sus puertas, expulsó dos figuras sobre el terraplén y volvió a deslizarse convertida en un punto azul en el mapa satelital interactivo. Subieron apenas siguiendo el sendero que bordea la calle, cruzaron y descendieron ya del otro lado, hacia el parque trasero, espeso de árboles, del que surgen como rayos de cemento los cuatro edificios. Él señalaba los carteles, extendía el brazo hacia lo lejos, hacia el gimnasio, el estadio de football, el río. Introdujo la llave y empujó con el hombro, la mezcla de olores lo trajo otra vez: curry, ajo, cebolla. La nube de todo esto, pensó, pero no dijo nada. Señaló la escalera, subieron, introdujo la llave en otra puerta, el pestillo saltó del otro lado, empujó con el hombro, sostuvo la puerta y lo dejó pasar. El sofá y la televisión recostada fue lo primero que vio, a la izquierda; la mesada de la cocina, vacía, la heladera, a la derecha; y él señalando el pasillo, hacia el fondo. Le ofreció algo para tomar, solo tengo agua, aclaró. El dijo que agua estaba bien. Dónde, preguntó. La última habitación, respondió. Caminaron con los vasos de agua uno detrás del otro hasta la última puerta, enfrente del espejo. Las miradas se cruzaron en el espejo y la puerta se cerró.

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