Canto I
16 de Febrero del 2010
Hoy canto,
erguido,
vertical,
flotando sobre Palermo pegoteado.
Hoy canto,
erguido,
vertical,
flotando sobre Palermo pegoteado.
Si al final me lleno la boca diciendo que escribo el weblog para mí, debería aferrarme con uñas esculpidas y dientes flúor a la bendita consigna. Todos los demás que no sean yo pueden proceder hacia las puertas de atrás, las de emergencia, y emerger a la luz del día que no es lo mismo que la luz catódica, enteráte pelandrún.
Esta purga es cíclica, necesito hacerla cada tanto. Necesito purificar las vías respiratorias y vaciar los andenes sensoriales pegoteados de chicles y servilletas sucias de mostaza y piripipí. Y vaciar la mochila. “¿Por qué siempre escribís sobre sexo?” “¿Por qué no escribís ficción?” “¿Qué necesidad tenés de hacer siempre un chiste chabacano?” “Y si en vez de apilar 15 metáforas no serruchás 14 y dejás una?” “Todo lo que escribís es una mezcla de New York y Merlo, de chico moderno de esta época que te manda esos archivos por email que no se pueden abrir y que al mismo tiempo no termina de salir de la Pelopincho y de Patolandia” “Vos no sos feliz. Sos infeliz y se nota. Yo leo tu weblog y a mí no me podés mentir. Y tampoco entiendo esa necesidad de exponerse… ¿para qué?”
Los comandos para-paternales te tiran molotovs desde las terrazas. Y después viene el gas nervioso, los exocets, la roca de la catapulta, la estrella ninja y la flecha comechingona. Y uno que tiró una lona en el pasto y acomodó sahumerios y pulseritas para venderle a los melenudos y a los pelados de la placita tiene que correr, correr, correr a refugiarse en la boca del subte.
Por eso voy a escribir como si escribiera sobre un vidrio empañado. Hasta que lo que escribo lo borre el próximo aliento o el próximo Cif limpiavidrios. Voy a escribir sobre el capó sucio de un fitito. Hasta que lo borre el próximo Karate Kid limpiando así e inspirando, limpiando asá y expirando.
Así funcionan, al fin y al cabo, las pasiones inútiles. Están pegadas con moco. Apenas se levanta un vientito se te desparraman por el patio. El vientito puede ser el laburo de 8 horas, la paja Venus de 30 minutos, la conversación en el teléfono con tu vieja de 15 minutos. El viento puede ser el que te pregunta por qué no te dejás de joder y escribís un libro. El taller literario para el que hay que escribir algo todos los sábados. La idea de que tenés que estar en otra parte, de que te equivocaste de plataforma: el tren del otro andén se empieza a mover y deberías estar en ese, sentadito y mirando por la ventanilla al boludo que se equivocó de tren y de andén.
El único refugio, el pido gancho, el que me toca es un chancho, sigue siendo la irrelevancia, la inutilidad. Lanzarse a escribir donde empieza el tobogán de la noche y terminar con las rodillas enterradas en la arena del arenero del próximo día.
No es eso lo que quiero decir. Me tenté con una metáfora que lo único que hizo fue llenarme de arena las Flecha.
Lo que quiero decir es (no nos dejes caer en la tentación de la metáfora infantil): escribir no tiene un por qué ni un para qué. Es un caldo que hierve porque alguien se olvidó de apagar la hornalla. Es un zarpullido del lado de adentro. Es ese pendejo que se te traba en la garganta y no podés ni escupir ni tragar.
No es eso lo que quiero decir. Me tenté con una metáfora que lo que hace es tejerme una bufanda en las cuerdas vocales.
Pero sí, escribir es más o menos eso: algo que no se traga ni se escupe. Se regurgita. Se tose. Se carraspea. Cataratas de gárgaras, la coz de la tos, el rasgueo del carraspeo, la rumba que se rumia.
Y las explicaciones (”escribo para que el que seré dentro de 20 años me reconozca”, “escribo para encontrarme con ese extranjero que es el lector”) son mantelitos que tiro sobre esa mesita de mimbre desnuda y enclenque cuando llegan las visitas. Cuando las visitas se acomodan alrededor de la mesita redonda y preguntan por qué y para qué. Y por qué tanta historia y tanta histeria. Y tanto moblog y tanto monoblog.
No es eso lo que quiero decir. Pero se terminó el horario de atención, y lo que quiero decir y lo que tengo que escribir van a tener que volver mañana.
Llego tarde, como siempre. Me tengo que tomar un taxi desde la estación de trenes. El sol del mediodía me ciega al salir del taxi, la penumbra de los vitrales me ciega al entrar a la iglesia. La gente se amontona en los pasillos, porque los bancos rebalsaron de familiares y amigos.
Es domingo al mediodía y sin embargo veo a varios hombres vestidos con ropa de trabajo: el mecánico con su mameluco que se escapó del taller para ir al bautismo del sobrino, el policía con el arma en la cintura y la gorra en la mano.
Busco a mi familia en la multitud, pero no los encuentro. Me asomo y miro hacia el frente. En el altar veo un chico flotando sobre un mar de cuerpos. Es mi sobrino, que se hamaca entre las olas y encalla finalmente en el pecho de mi cuñado.
Finalmente encuentro con la vista a mi hermana Gabriela y me le acerco. Mientras, los parlantes chisporrotean y se animan con algún greatest hits religioso. Uno de los curas recorre los bancos con un micrófono inalámbrico y lo acerca a la boca de los cantantes improvisados, que se saben el temazo de memoria.
El cura movilero se acerca por el lado de mi hermana y está a punto de acercarle el micrófono. Mi hermana saca su cámara digital, la apunta hacia el altar y juega con la erección y flacidez del zoom. El cura se aleja.
Más tarde, ya en casa de mis padres y reunidos alrededor de los ravioles y el tuco le pregunto a mi hermana por el incidente. Y me responde:
- Qué pesado el cura ese. Yo estoy en el bautismo de mi sobrino, no haciendo karaoké con el himno a la alegría. Eso sí, repráctica la cámara nueva. Creo que se puso nervioso con el zoom y por suerte no jodió más. A partir de ahora voy a andar siempre con la cámara en la cartera, y cuando esté en alguna situación incómoda, me pongo a sacarle fotos a cualquier cosa.
Son las 4 de la mañana y el kiosquero me atiende detrás de la reja.
- ¿Me das dos paquetes de DRF?
- ¿Cuál querés?
- ¿Qué gustos tenés?
- Tengo todos.
- Dame uno de naranja y uno de limón.
- Acá están. Un peso.
- Esto no es naranja, esto es anís. Es un asco el anís.
- Ah, naranja no tengo entonces.
- ¿Ves que no tenés todo?
- Vos siempre pedís lo que no hay.
- No, vos sos el que nunca tenés lo que yo pido.
Sonríe. Se está quedando pelado, pero tiene la cara y la sonrisa redondas.
- ¿Cómo andás con la artritis?
- Bien, ayer no vine al kiosco porque me entregaron los análisis. Tengo mejor los nudillos, pero muy mal las rodillas. El doctor me prohibió coger de parado, con lo que me gusta.
Agarra a la mujer invisible por la cintura, la levanta y le acomoda las piernas detrás de su cadera. La penetra y bombea con la pelvis, delante de la vitrina llena de gaseosas y de pebetes de jamón y queso.
- Pero hay otras posiciones. Comprate el librito del Kamasutra, lo venden en el kiosco de revistas acá a la vuelta.
- Sí, ya me lo compré, pero el que yo tengo viene sin dibujitos y no se entiende nada.
Yo: A vos lo que te gusta es hacer clic en la cabeza de la gente. Abrir el menú contextual y subrayar y tachar y guardar los cambios.
Él: Vos pensás que yo juego con la gente.
Yo: No, a vos lo que te gusta es hacerles explotar una bombita de olor en la cabeza. Con control remoto.
Él: Vos pensás que a mí me gusta joder a la gente.
Yo: Admitilo, es tu morbo, como en otros el crochet o la numismática. Te gusta desviarles la trayectoria.
Él: Vos asumís que la gente me importa más de lo que en realidad me importa.
Yo: No, a vos lo que te gusta es ser el muñequito del metegol haciendo molinete. Y que la pelota rebote y termine aterrizando sobre el platito con los palitos y los maníes de la mesa de los viejos que juegan al tute en aquel rincón.
Él: Vos pensás que yo soy un hijo de puta.
Yo: No, a vos lo que te gusta es mojar una bolita de papel con saliva y escupirla con el tubito de la birome y agregarle así una verruguita blanca al retrato de Mariano Moreno que cuelga en la pared.
Esta vez, otra vez, voy a escribir empañando el vidrio con el aliento y dibujando las letras con la yema del dedo.
Otra vez, esta vez, voy a escribir sobre el capó cubierto de polvo.
LAVAME SUCIO.