Estoy en una semana de furor cosmético. Fui a la óptica a hacerme lentes de contacto y anteojos. La chica de la óptica era delgada, casi sin tetas: el guardapolvos le quedaba bien. Me llevó al consultorio, nos inclinamos juntos sobre esa especie de telescopio de dos puntas. "Apoyá el mentón y la frente contra el soporte, ¿querés que te lo suba?". El trato con el oculista o el óptico es de una sensualidad mediata, siempre hay un puente tecnológico en el medio, una interface: el telescopio, los anteojos aparatosos en los que va deslizando lentes y girándolos, la pantallita en la que se encienden cajas de letras.
Pero finalmente llega el tacto: "Apoyá la nuca acá y mirá para arriba". Limpia la lente de contacto en solución salina, la apoya sobre mi ojo, el párpado la embiste, la arrastra, la arruga milimétricamente. "Ahora mirá hacia el frente, mirame a mí. Ahí está. ¿Te molesta?" "Sí, me molesta." "Cerrá el ojo un segundo." La yema de su dedo tibio se apoya sobre mi párpado inferior y masajea apenas, en círculos. La lente se acomoda. "¿Ahora está mejor o te sigue molestado?" "Ya no me molesta más."