Domingo 8 de Mayo de 2005

El centro y la periferia: una exploración arqueológica

Borrador 0 (idea disparadora):

"[...] Para la semana que viene estoy pensando en escribir algo sobre mi abuela que se me disparó con una pregunta que leí en un artículo político: "Qué es centro y qué es periferia?" Pero en este caso de los recuerdos, o mejor dicho, de la psiquis. Yo no me creo mucho esa cosa freudiana de que nuestra siquis es todo líbido, etc. Mi abuela estuvo ahí toda mi infancia, y sin embargo no tengo "grandes eventos" con ella. Era callada, nunca se enojaba, etc, pero por alguna razón, me parece central en la formación de mi personalidad. O sea, ¿es posible que alguien sea central en tu historia, sin que haya ningún evento "épico"? No sé si les resulta interesante la pregunta. Eso me planteé, pero la verdad es que tengo muy poco para escribir por ahora, salvo eso... supongo que la cosa vendrá cortita, onda 2 páginas. Veremos si sale."

Borrador 1 (listado de ideas):

"[...] no escribí nada para mañana. Sigo con el centro y la periferia y la puta que lo recontra parió. Y se me siguen acumulando cosas en la cabeza, pero eso no me sirve porque no tengo un hilo para coser todas estas lentejuelas.

Acá tiro algo de lo que me burbujea en la cabeza porque capaz que algo les sirve (viste que Luz agarro lo de centro y periferia y lo usó a su manera, que no tiene nada que ver con la mía).

Tengo algunas cosas interesantes, a saber:

1. era una asistente, no una directora. Casi no tengo fotos de ella. Ni tengo momentos "traumáticos" o críticos.

2. tenía muchas alacenas, pero las alacenas estaban llenas de frascos vacíos. Y de bolsas vacías. O sea, si alguien comía un yogur, ella lavaba el vasito de plástico y lo guardaba. Así con cualquier cosa que fuera recipiente (bolsa, frasco, papel). No era coleccionista ni estaba loca, lo cierto era que nos proveía a toda la familia cuando necesitábamos algo de eso.

3. le decíamos Lala, mi abuelo era Lolo. Había tres gatos que llamamos: Tenedor, Cuchillo y Cuchara.

4. tenía una quinta con "almácigos" (me encanta esa palabra). Cuando le pregunté, con mi practicidad tan asquerosa, para qué se pasaba sufriendo 2 meses con los tomates atacados por la helada y los gusanos si podía comprarlos en la verdulería, me miró y no dijo nada.

5. cuando se murió y fuimos a vaciar su casa, encontramos el primer cajón de la cómoda cerrado con llave. Pensamos que encontraríamos algo secreto. Pero sólo había sobres con semillas (para los almácigos) y unas castañuelas.

6. me acordé de mi abuela el otro día, cuando escuchaba una compilación en CD de Crowded House. En el sobre interno hablaba de la música de esta gente. No son innovadores, ni épicos, ni mórbidos, ni rebeldes. Había un texto que los describía como un vaso de agua. O mejor dicho, decía algo así: "Me subí a una escalera para arreglar una lámpara. Patiné horriblemente y me caí y terminé desparramado en el piso, con los brazos en cruz y tratando de verificar que no me había roto ningún hueso. Apareció mi hija de 6 años, dejó un vaso de agua sobre la mesa y se fue." Eso exactamente fue mi abuela.

La cagada es que tengo todo esos carbones incadescentes en mi cabeza, pero no los puedo bajar a la hoja. O mejor dicho, me arriesgo a que sea horriblemente mersa, sentimental o ridículo. O que sea uno de esos textos que no pueden cruzar la barrera de lo privado a lo público o a lo universal. Hay alguna lógica que podría hilvanar todo esto, alguna estructura, pero sigo sin encontrarla. Hoy me espera otra larga noche de insomnio."

Borrador 2 (intento de ensayo):

"¿Qué es el centro y qué es la periferia? No hablo de geopolítica, sino de la geometría de mi historia personal. En esos términos pienso cuando llega el momento de revisar mi vida; de clavar los frenos, pegar el volantazo y desandar el almanaque a contramano.

Así voy sacando momentos, personas y lugares de la gran bolsa negra de mi memoria y armando un mapa celeste: agarro una cosa la dejo caer, y abandonada a su propio peso se ubica como centro o como periferia, como estrella o planeta (centro) o como satélite o asteroide (periferia). Mis viejos; el profesor de gimnasia Emilio, del que me enamoré cuando tenía 8 años; la señorita Noemí, que me leyó un cuento por primera vez, y Alejandra, la única mujer que se metió desnuda en mi cama (y salió de ella igual de desnuda e igual de pura, pero llorando, después de 3 minutos): centrales. Mi hermano; Miguel, mi mejor amigo del primario, y Renata, mi psicóloga en Estados Unidos, periféricos. Centrales: el día que mi viejo se fue a Europa, el día que la señorita Noemí nos explicó que el momento que vivimos es único y nunca lo vamos a volver a vivir, el día que le rompí un diente al vecino de un hondazo, el día que me fui a Estados Unidos. Periféricos: el día que me eligieron mejor compañero en quinto grado, el día que la mujer biónica le envió una postal a mi vecina y no a mí (ambos le habíamos mandado cartas declarando nuestra admiración).

Se me ocurre que esta clasificación en centro y periferia no es equivalente a relevante versus irrelevante, o importante versus anecdótico, o a masa versus relleno. Y eso porque cuando pienso en mi vida no veo dos pilas de objetos sino constelaciones de recuerdos luminosos alrededor de los cuales orbitan anécdotas y contratiempos. El centro y la periferia existen el uno para el otro, el planeta y el satélite se sostienen en sus engranajes gracias a las correas de la gravitación. Por ejemplo: mi metejón con Emilio, el profesor de gimnasia, no permitió que me enamorara con la misma pasión de Tino, de los Parchís, o de Mister Moto, de Titanes en el ring. Por ejemplo: la entrada y salida nudista de Alejandra de mi cama hizo que la posterior entrada y salida de la lengua de Nora en mi boca, con idénticos resultados (el llanto de la mujer involucrada), funcionara como confirmación y no como despertador a una realidad irrefutable: por eso Nora llora en la periferia y Alejandra y yo en el centro.

Basura (¿reciclable?):

estrellas que irradian centros de atracción, grandes objetos , quizás, rodeado de asteroides que flotan a su alrededor.

religión, ladilla, abuela tótem, ángel guardián, flautista de hamelin
mi abuela no como personaje sufriente, sino como tótem de mi panteísmo doméstico.

el eucaliptus de enfrente que perfumó toda mi infancia. un día desperté y lo habían talado, sin avisarme.

mi abuela con el changuito, siempre caminando, con el changuito detrás, orgullosa de haber conseguido el aceite 5 centavos más barato.

mi abuela en el aeropuerto, se encuentra con Jorge Rial. Le agarrá un ataque de alegría libre de impuestos. Rial se queda petrificado, como si no entendiera del todo el fanatismo trascendental de mi abuela.
única vez que mi abuela se enojó: cuándo con mis hermanas descubrimos las castañuelas y las sacamos del cajón de la cómoda."

Borrador 3 (salir de la parálisis de una vez: empezar de cualquier manera, amagar a escribir un ensayo, pero sólo esbozar el concepto que da unidad al texto y pasar al relato de las anécdotas). Marqué en itálica las partes del texto que quedaron en la versión final, en caso de que se quieran saltear:

"Hace ya una semana que me despierto con los martillazos y los taladros. Empiezan a las 8 am y es imposible ignorarlos. Me mudo desde una habitación a la otra, intento cerrar todas las ventanas y puertas herméticamente pero no hay caso: los golpes siguen lloviéndome.

Y así, como hoy, estoy a las 9.30 am despierto, insomne, con los párpados vencidos y con la cabeza llena de estopa, frente a la computadora. Estoy acostumbrado al insomnio 5 am, pero no al de las 9.30 am. Sé también que en media hora me va a terminar por vencer el sueño de nuevo, hasta el mediodía.

Los taladros y los martillazos no son los únicos golpes que me impiden dormir: hace ya 3 semanas que quiero escribir algo que no termina de solidificar. Tengo solo una serie de trazos en la cabeza, y la intuición de que podrían ser una historia o un ensayo, pero se niegan a adquirir consistencia, en pasar del estado de polvo para preparar a la gelatina que tiembla o a la torta que esponja.

No hay nada peor que tener ideas y sospechar que hay un hilo que las une, pero no encontrarlo. Es mejor tener una sola idea y listo. Agarrás la idea, la atás a un piolín y esperás que la levante el viento. Le dás hilo y si tenés suerte, tenés un barrilete. Pero enganchar 5 ideas, hacerlas funcionar a todas polifónicamente puede convertirse en una tarea titánica, o mejor dicho en una frustración titánica.

Y es todavía peor si, aparte de ideas, tenés sensaciones. Si lo que intentás es armar un bizcochuelo conceptual relleno con crema poética. Ojo, que la poesía no es una intención, es una necesidad. Sabés que la verdad de lo que decís sólo puede ser transmitida metiéndote por el rabillo del ojo o disparando como mono con escopeta y acertando un par de tiros en la sien del pobre indefenso que lee o que pasa por ahí.

La idea que se me ocurrió fue la de centro y periferia, pero no como política o geopolítica, sino como brújula psíquica. En esa oración podés ver de lo que hablo. Es la primera idea, y ya suena almidonada y pelotuda. Igual paso a explicar: ¿en el mapa físico político de nuestra psiquis, que es centro y que es periferia? ¿qué es potencia imperial y qué tercer mundo o país en vías de desarrollo? ¿dónde está la antártida, el sahara, el yukón, el amazonas?

Mejor no creerme Marco Polo y bajar a la pregunta simple: ¿qué es centro y periferia? Mucha psicología parece ocuparse solo del centro: prefiere la situación traumática a la caricia de la rutina. También se me ocurrió pensar en los personajes periféricos en mi vida. Dejar de lado los actores principales de mi película, ignorar al director y a los guionistas y rescatar a los asistentes, a esos que antes de que suene la claqueta vuelven a enderezar el clavel en el florero allá atrás, en la repisa de la cocina, ese clavel que igual no se va a ver, porque la cámara enfoca las caras en primer plano o porque todo va a morir en la mesa de edición.

Mi abuela fue ese asistente, se escapó sigilosamente de todas las fotos familiares, de todos mis traumas, de todas las grandes peleas y epopeyas, se bajó de todas mis efemérides. Lo que hizo fue peinarme antes de ir al colegio, meter un pañuelito en bolsillo de mi delantal o enderezarme el bléiser. Me convidó un poco del arroz con leche y las manzanas asadas que le preparaba a mi abuelo. Nunca me gritó, nunca me pegó, nunca me confesó nada terrible.

Leí alguna vez, no me acuerdo dónde, una imagen que la describía a la perfección. Un tipo se trepa a una escalerita para bajar un libro de una estantería alta. Patina y termina cayendo al piso de espaldas. Aún conciente, intenta moverse pero le duele todo el cuerpo. En ese momento aparece su hija de 5 años que se acerca, deja un vaso de agua sobre la mesa y se aleja en silencio. Mi abuela fue esa nena, ese vaso de agua y ese silencio.

Para mí, que me desembaracé de la religión como si fuera un lastre o una ladilla, mi abuela representa el borde de la magia, el misterio, la ranura en la pared del iglú por la que se cuela el olor a arroz con leche o manzanas asadas.

El silencio: mi abuela tenía una quinta dónde plantaba verdura: tomates, perejil, radicheta, zanahorias. La veo otra vez inclinada sobre la tierra, removiendo tierra, plantando o cubriendo los almácigos con bolsas de nylon de colores para proteger los brotes de las heladas. Cuando tenía 5 años y ya me invadía el virus de la practicidad, le pregunté para qué pasaba todo el día cultivando verduras que se compraban baratas en la verdulería. Me miró y no me dijo nada, no se enojó, ni se molestó en explicarse. El silencio fue el del viento contra los flecos del espantapájaros.

Dije antes que mi abuela nunca fue protagonista, pero una vez estuvo a punto. Un mediodía apareció un loro parado sobre la pared alta del jardín. Se convocó a cabildo abierto (mis dos hermanas, mi mamá y mi abuela), para decidir cómo proceder. Se decidió proceder a la captura del pajarraco. Mi abuela pidió que la dejen a ella. Era del campo, y por lo tanto nos pareció pertinente delegarle la misión. La veo caminar tranquila hasta la base de la pared, mientras yo la observo desde el jardín, con mi mamá y mi hermana Gabriela. Mi hermana Andrea espera refugiada en la galería, a 10 metros de distancia: le tiene fobia a los animales y el loro le despierta un temor ancestral. Mi abuela decidió que el nombre del loro es Pepe y por eso lo llama por su nombre: "Pepe, Pepito, bajá, dale". Pepe la ignora, y opta por caminar por la cornisa como si fuera su pasarela, como si las plumas verdes y el pico curvo fuera lo que se viene para el otoño - invierno. Es ahí cuando mi abuela tiene su primer plano, cuando la cámara la enfoca de lleno. Y es porque se pone a hacer unos ruidos guturales con la boca: empieza a hablar en loro. Son unas gárgaras secas pero musicales. Levanta apenas las manos como si fuera a revolear un pañuelo blanco mientras baila una zamba y empieza a chasquear los dedos. Mi abuela no es mi abuela, es un fantasma en ojotas en el medio del jardín, envuelto en un concierto para garganta y dedos arrugados en do menor. El loro interrumpe el desfile, se asoma a la cornisa, abre las alas y se deja caer en el aire caliente del mediodía. Veo las alas verdes desplegadas y el pájaro que cruza el jardín hacia la galería. Todo sucede en un segundo: el loro aterriza en la cabeza de mi hermana Andrea y se aferra con las uñas a su pista de aterrizaje. Veo el horror en la cara de mi hermana y escucho el grito. Y la veo correr en círculos por el jardín, convertida súbitamente en una deidad egipcia: cuerpo de mujer, cabeza de pájaro.

Mi abuela se llamaba Carmen, pero le decíamos Lala. Mi abuelo era Lolo, y mi tío Lalo. Si hubiéramos tenido una tía, le hubiéramos llamado Lola. Los nombres se me ocurrieron a mí. A los tres gatos que teníamos (una gata y dos gatos, en realidad) les puse Tenedor, Cuchillo y Cuchara.

Dónde meto esto:

1. Lala, Lolo, Lalo. Tenedor, Cuchillo y Cuchara.
2. Los frascos, los papeles.
3. Lo que encontramos en el cajón cuando se murió."

Xtian, a las 11:49 PM | TrackBack

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