Viernes 5 de Mayo de 2006

Blogs, por qué, para qué REDUX

En setiembre del año pasado participé de una mesa redonda para debatir el tema de los blogs. En esa ocasión escribí este texto. Como el texto va a ser incluido en un libro editado por el Rojas, decidí revisarlo y corregirlo. Eliminé párrafos enteros, agregué otros y reescribí casi todo. Como los cambios son significativos, decidí postear la versión corregida acá.

Hablemos de mí que es un tema fascinante
Christian Rodriguez
www.putoyaparte.com

Empecemos con un recuerdo. Es agosto del año 2000, es verano en San Francisco California, es sábado, son las 2 de la tarde. Estoy en una fiesta en la que no conozco a nadie. Cristóbal, el que me invitó a la fiesta, acaba de llamarme al celular para avisarme que no puede venir. Hay unas 30 personas dispersas por el jardín, yendo y viniendo entre las mesas que rebalsan de snacks y bebidas. A un costado humea la barbacoa. No es un cumpleaños ni una fiesta temática, es una reunión de entretejido difuso. Los invitados parecen perdidos, alguien les dio una tarjeta con una dirección y les dijo que iba a haber una fiesta en un jardín. La cerveza y la barbacoa gratis en un jardín son una oferta imposible de rechazar, sobre todo con este sol picante de verano, de sábado a las 2 de la tarde y sin nada para hacer, y acá estamos.

El problema de esta fiesta es su falta de motivo, más allá de que todos parecemos ser latinos (todos hablan castellano), no hay cumpleañero que homenajear, ni consigna que nos obligue a vestirnos todos de blanco o con onda ochentosa. Los invitados peregrinan de mesa en mesa, las conversaciones se empantanan más allá de los saludos y todos parecemos astronautas abandonados a la ingravidez sepia del sol del mediodía . Para colmo los perros calientes tardan en salir de la parrilla, los snacks se están acabando y aterrizamos en nuevos niveles de incomodidad con los platitos de cartón, ahora vacíos, en la mano.

Con la excusa de preguntar si alguien vio un destapador me integro a un grupo de unas ocho personas reunidas al costado de la parrilla. Destapo la cerveza, la espuma trepa por el cuello de la botella y una burbuja se infla en el pico. Crece, crece. La cerveza no hace este tipo de burbujas, parece una pompa de jabón. Todos nos quedamos mirando el globo atravesado por los rayos ondulados del sol. Diez segundos, quince. Explota.

Es en ese momento que aparece él: bermudas naranja flúo, camisa de gasa turquesa de cuello setentoso, lentes de contacto (también turquesas) y una boina de terciopelo rojo bermellón. No puedo evitar pensar que se trata de un animal mitológico resultante de la cópula de la diosa Olivia Newton John y el dios Che Guevara. “Me llamo René”, se presenta, sacándose de la boca la patita de sus lentes espejados Ray-Ban. “Al menos no soy el único gay en esta fiesta”, pienso. Todos sabemos que si te llamás René hay solo dos opciones: sos gay o sos uno de los muppets. El grupo lo recibe con una ola de holas tímidos y murmurados. Siguen unos momentos de silencio tenso, apenas interrumpidos por el crujido del pan entre los dientes o el chasquido de un encendedor prendiendo un cigarrillo. Finalmente se escucha carraspear a René y decir: “Bueno, hablemos de mí que es un tema fascinante”.

Y empieza a hablar y nos cuenta que es chileno, que se escapó de Chile a raíz de no sé qué escándalo, que su padre vive en Brasil pero nunca lo conoció en persona, que su mamá se llama Eloísa, que él es escritor, diseñador y “entrepeneur” y que vivió muchos años en África. Me pregunta de dónde soy yo y cuando le respondo que de Buenos Aires, nos cuenta que una vez se encontró en un supermercado de Viña del Mar con la mismísima Susana Gimenez. A continuación hace una imitación de Susana bailando en la apertura de su programa. Hace una pausa, respira y toma un poco de Pepsi Light con la pajita: “Yo trabajo en la sección de ropa de mujeres de la tienda Macy’s, ¿la conocen? Ayer, casualmente, tiré con un negro en la azotea del edificio. Eran las cuatro de la tarde y hacía un calor de morirse, pero desde ahí se ve toda la bahía, la vista es hermosa, y era, no sé, como muy íntimo…”. Reviso las caras de los otros integrantes del grupo. Me queda claro que ninguno es gay. A René parece no importarle y cuando vuelvo a sintonizar su emisora me doy cuenta que sigue hablando del negro de la azotea. “Tenía un pico fabuloso”, dice, y sus manos dibujan un cilindro curvo en el aire. Varios de los que están comiendo salchichas dejan de hacerlo inmediatamente.

Y es cierto, escuchar a René hablando de sí mismo es fascinante. El sol cae en picada sobre su boina y sobre sus manos que van y vienen en el aire. Su voz se pone grave con las confesiones escabrosas y aguda con los chillidos del varieté. La plastilina de su cara nos dibuja cada personaje de sus tragedias y sus comedias. De a poco los demás se van animando. El de anteojitos fue al colegio con uno de los Bee Gees. El pelirrojo viajó al Tibet y vio a un monje caminar sobre el agua. La chica de remera amarilla confiesa tener seis dedos en el pie izquierdo. Así se nos pasa la tarde. Al despedirnos le pido la dirección de email a René. “Es fácil de recordar”, dice, “renefashion arroba hotmail punto com. Sí, sí, fashion viene a ser como mi apellido”. René Fashion se convertiría en mi mejor amigo en San Francisco.

***

Cuando a mediados de 2002 descubrí el mundo de los weblogs me acordé de aquella tarde. Entrar en un weblog autobiográfico es como encontrar un personaje insólito en una fiesta aburrida. De pronto hacemos clic en un enlace, el navegador se pone en marcha, tiembla apenas la pantalla al refrescarse y alunizamos en una luna nueva y habitada por andá a saber qué ser mitológico. Es como si alguien que nadie invitó se apareciera de repente en el monitor de la pc, mordiera su perro caliente, hiciera una pausa y anunciara “hablemos de mí que es un tema fascinante”. Y se largara a hablar, y hablara de sus amores, de lo que le acelera el pulso, de su flaquezas, de lo que le humedece los ojos, de sus odios, de lo que le enrojece las mejillas, de lo fríos que son los días, de lo calientes que son las noches, de bueyes perdidos, de pájaros en mano. Como aquella tarde con René, el entusiasmo por la confesión resultó viralmente contagioso, y la internet se llenó de ventanas indiscretas abiertas desde adentro, de par en par.

El boom de los weblogs me sorprendió: la internet amenazaba (y parecía que esta vez en serio) con un futuro de fluidos multimedia que volvería obsoletos las viejas herramientas y las viejas interacciones (con otras personas y con otras máquinas) pero de pronto la “revolución blogger” (y dentro de ella la guerrilla de los weblogs autobiográficos) no hacía más que resuscitar tecnologías viejísimas como la palabra, el párrafo, la anécdota y la opinión. Lo escrito era otra vez lo relevante y la internet parecía volver a mirar sus orígenes de telaraña de texto enlazado (y más tarde, con la llegada de los fotologs, de fotos enlazadas). No solo eso, los blogs cambiaron también los hábitos de lectura en la red: hace unos años era inconcebible que alguien se dedicara a leer durante horas (o días, o meses) las historias, los chismes o las opiniones de un amateur, a veces, incluso, mal relatadas, carentes de rigor o de mínimos stándares de corrección periodística. Salvo en el caso de los diarios online, la recomendación por entonces era minimizar el número de palabras en la página web y darle énfasis a las ilustraciones o al diseño (“la gente no lee en la internet” era una verdad casi de perogrullo).

En septiembre de 2002, alentado por esos vientos revolucionarios, decidí armar mi propio weblog. Se llama Puto y aparte. Una manera sencilla de localizarlo es tipear la palabra “puto” en google. Si la versión de google usada es la castellana, seguramente mi weblog aparecerá en primer lugar en la lista de resultados (aunque el orden de los resultados cambia continuamente), pero si se utiliza la versión de google en inglés, el primer resultado de la búsqueda es un sitio de recetas de cocina. Parece que el “puto” es una especie de budincito que se prepara con arroz, clara de huevo y azúcar. En ese website se menciona una variedad maya y por eso me gusta suponer que se trata de un plato popular en América Central. Uno de mis sueños es estar sentado un día en un restaurant en Puerto Vallarta y escuchar a un parroquiano comentándole al mozo: “¡Cómo me comería un puto!”.

O mejor todavía, ¿sabían que los mexicanos le llaman cajeta a algo parecido al dulce de leche? Otro de mis sueños sería estar sentado en un restaurant en Cancún y escuchar a un señor acompañado de su mujer y pidiéndole al mozo: “Tráigame un puto con cajeta, por favor”.

El primer post “oficial” del weblog fue publicado en septiembre de 2002. Digo “oficial” porque siento que ya había empezado a escribir un weblog, sin saberlo, mucho antes, en septiembre de 1998, un mes después de mudarme a New Jersey para convertirme en becario de la universidad de Rutgers. Apenas llegué empecé a escribir emails a mi familia, amigos, ex compañeros de trabajo, ex compañeros de la UBA, etcétera, contándoles mis peripecias. El problema era que algunos de los destinatarios de mis relatos sabían que yo era gay (mi familia y amigos) y el resto no. Hasta que un día de septiembre de 1998, sentado frente a la computadora de mi oficina, seleccioné la totalidad de los contactos de mi libreta de direcciones, apreté el botón de “escribir email”, y, en el cuerpo del mensaje escribí: “Paso a anunciar la noticia bomba, chocolate por la noticia: soy gay”. Y después 5 páginas de blablá.

Ahí, siento, está el huevito del sea monkey que después se convertiría en Puto y Aparte: la confesión frente a una tribuna difusa y variopinta, la verborragia para frenar el miedo primal de que se me olvide el castellano, el exabrupto, el zapateo y el zarandeo en la cornisa. Y la intención, quizás ingenua, de ser lo más verdadero posible (con mi propia definición de “verdadero”). Escribí ese tipo de emails compulsivamente durante cuatro años, generalmente entre las 2 y las 6 de la mañana, en distintas oficinas o dormitorios de la universidad a través de los semestres, solo, apenas alumbrado por el cono de luz del monitor.

***

“Blogs, ¿por qué?¿para qué?” Esa es la consigna. Sólo puedo responder refiriéndome a mi propio weblog. La intención original era transpirar y quemar calorías psíquicas, “mantenerme entretenido”. Pero hay seguramente otras razones. Quería encontrar algún tipo de orden en el caos de haber dejado la casa de mis padres en Merlo - donde había vivido 28 años, desde que nací - para mudarme de país, de idioma, de casa y de todo, y todo al mismo tiempo. “Nos contamos historias para poder vivir.”, dice Joan Didion en su ensayo “El álbum blanco”, “Vivimos imponiéndole una línea narrativa a las imágenes dispares, imponiéndole ideas con las que hemos aprendido a congelar la fantasmagoría convulsa que es nuestra experiencia”.

Escribir, además, ensancha la percepción. No sé muy bien como explicar el fenómeno, pero sí sé que se produce. Quizás tenga que ver con el acto físico de escribir o de tipear, quizás esos movimientos induzcan un estado donde se abren puertas sensoriales nuevas. Supongo que cuando la gente escribía con pluma escribir se parecía a dibujar o a pintar, y quizás el movimiento de la pluma sobre el papel activaba algún centro cerebral más instintivo, más amigo de las siluetas y las sombras y las luces. Se me ocurre que algo distinto ocurrió con la llegada de la máquina de escribir, que es al fin y al cabo, un instrumento de percusión. El retumbar de los timbales o de las teclas, despierta, quizás, algún cúmulo neuronal o induce algún trance. En mi caso, meterme en la burbuja de luz que irradia el monitor para aplicar el shiatzu sobre la espalda del teclado me manda a un plano lisérgico lleno de luces, cielos y diamantes. Un lugar en el que la historias levan y ganan espesor, y donde las palabras coagulan y se hace la cascarita. Es decir, una forma de invadir la realidad, no de evadirla, un regreso para meterme en las cavernas de mi propia historia olvidada, con las palabras como linterna y como taladro.

O quizás, como lo señala Joan Didion en otro ensayo (“Sobre los libros de notas”), escribir sea guardar provisiones para tiempos de hambre, apilar latas de conserva para cuando llega el desabastecimiento y el apagón. “Me digo a mí misma: si veo lo suficiente y lo escribo, el día que el mundo parezca vacío de maravilla, el día en el que siga mecánicamente los movimientos de lo que se supone que tengo que hacer, ese día de bancarrota abriré mi cuaderno y allí estará todo, una cuenta bancaria de recuerdos con interés acumulado, un pasaje de vuelta al mundo que espera allá afuera.”

O quizás haya otra razón para escribir, como también lo señala Didion: escribimos para seguir en contacto, distante pero cortés, con esas personas que fuimos y ya no somos. “Escribo porque todo vuelve. Y las personas que fuimos también vuelven. Y es una buena idea seguir saludándonos, por lo menos, con las personas que fuimos, aunque no disfrutemos ya de su compañía. Sino aparecen sin anunciarse y golpean la puerta a las 4 de la madrugada de una mala noche y exigen saber quién los abandonó, quién los traicionó. Olvidamos demasiado pronto las cosas que pensamos que nunca olvidaríamos. Olvidamos los amores y las traiciones, olvidamos lo que susurramos y lo que gritamos, olvidamos lo que fuimos. Y por eso creo que es bueno mantenerse en contacto.”

***

Mantenerse ocupado, ordenar el caos de la propia historia, ensanchar la percepción, guardar recuerdos en una alcancía, seguir en contacto con lo que ya no somos. Se podría decir que todos estos beneficios pueden lograrse escribiendo simplemente un diario personal y privado, sin necesidad de hacerlo público en la internet. ¿Por qué cruzar entonces la barrera de lo privado hacia lo público? ¿Para qué arriesgarse, sobre todo considerando que hablar de uno mismo frente a una tribuna anónima no está bien visto? Desde siempre te enseñan que los demás siempre son más interesantes que vos, que primero hay que escuchar, que hay que informarse antes de hablar. La información que tenemos de nosotros mismos (de nuestras superficies, pero sobre todo de nuestras profundidades) es siempre provisoria y fragmentaria, nunca llegamos a averiguar lo suficiente, lo crucial siempre se escapa. Y aun si fuéramos capaces de saber lo suficiente sobre nosotros mismos, ¿qué valor, más allá del puro entretenimiento voyeur, puede tener ese conocimiento para otra persona? “Narcisismo” es lo más amable que se escucha. “Exhibicionismo masturbatorio” es la otra frase recurrente. El relato biográfico sólo parece justificarse si el retratado es una celebridad, un freak o ambas cosas a la vez.

Lo cierto es que escribir es ir al encuentro. Ir al encuentro del lector. Ir al encuentro de uno mismo. Ir al encuentro de una verdad. Ir al encuentro de una sensación. Ese ir al encuentro, ese riesgo de que el encuentro no se produzca, convierte a la escritura en una apuesta, o mejor dicho: convierte a la escritura en un acto de fe.

A veces ese acto de fe se cristaliza en un giro mágico y misterioso. Es decir, el encuentro se produce. En mi caso sentí ese contacto cuando recibí un email de un lector desconocido, que transcribo a continuación:

Amigo Xtian: Es posible que a veces te suceda lo que a mí me ha pasado esta noche: que cuando menos lo esperas, cuando no encuentras nada que te motive ni siquiera para pensar, encuentras algo que te interesa.

Soy español, y hoy ha sido jornada electoral en este país. He acudido a votar, pero no me interesaba para nada lo que ocurriera fuera de mi casa, que comparto con mi mujer y mi hijo de cinco años. Como sabes el pasado jueves hubo un atentado en Madrid y estamos saturados de muerte y dolor, de información y de la inmundicia de pensar que compartimos esta vida con gente a la que nada le importa una mierda.
Esto te lo cuento para decirte que hoy me he sentado a mi ordenador con el propósito de evitar cualquier conexión con lo sucedido y con lo por venir, al menos por un instante desde hace unos días. Así que, viendo los libros apilados en mi estudio y los cds amontonados, y sobre todo una breve y proletaria colección de coches de miniatura que mi mujer amenaza con sacar a la basura... he tecleado en el google las palabras mágicas que me han llevado hasta tu página, que no han sido muy místicas, pero han bastado: "estanterias" e "Ikea".
Pero como realmente no me apetecía nada, ni siquiera pensar en que estantería vendría a juego con el resto de las que ya tengo, he pinchado en una entrada desconocida y errática, y he encontrado tu blog.

Quiero que sepas que he leído de un tirón casi todo lo que tienes puesto. Los autoreportajes, las cartas enviadas con otras identidades, confesiones de tu vida y apreciaciones personales con las que coincido plenamente unas veces (me encanta Cortázar, tambien leí a Verne de adolescente, mi habitación de soltero era tal como la tuya...) y que no comparto en otras (no soy homosexual, ni he salido nunca de mi país mas que de viaje de novios...). Pero no he podido apartarme de contestarte al conocer que dudas si continuar, sin decirte que a mí me ha interesado leer tu página, que me ha gustado como expones las cosas y desearte que no desaproveches la oportunidad de escribir como una liberación, que es como siento yo que surgen tus palabras de estas "cartas" que acabo de leer.

Ojalá yo tuviera el coraje, por mucho que te quejes de tu inconstancia o de esa especie de exigencia con tu propio estilo, de plasmar mis sentimientos y experiencias como tu lo haces. Nada sabía de tí hace una hora, pero me has hecho sentir, en un momento en el que estaba buscando estanterías en internet completa y radicalmente SOLO, como el que camina acompañado de un viajero con el que uno no habla, pero te alivia saber que comparte tu mismo destino.

Recibe un saludo y muchos ánimos desde España.
Pepe

Le respondí el mensaje, agradeciéndole, y nunca más supe de él, aunque seguramente me lo volveré a encontrar haciendo dedo al costado de otra ruta vacía, o, quién te dice, mordiendo perros calientes en alguna fiesta aburrida.

Xtian, a las 5:54 AM | TrackBack

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