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	<title>Puto y aparte</title>
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		<title>El primer trago de cerveza y Esta noche saco la basura, de Philippe Delerm</title>
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		<pubDate>Sat, 04 May 2013 10:07:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
				<category><![CDATA[citas y traducciones]]></category>

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		<description><![CDATA[El primer trago de cerveza Philippe Delerm del libro &#8220;El primer trago de cerveza&#8221; Es el único que vale la pena. Los siguientes, cada vez más largos, más anodinos, sólo te dejan una sensación de pastosidad tibia, de abundancia despilfarradora. Tal vez en el último resurge, con la desilusión de terminar, una apariencia de nervio&#8230; [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El primer trago de cerveza<br />
Philippe Delerm<br />
del libro &#8220;El primer trago de cerveza&#8221;</strong></p>
<p>Es el único que vale la pena. Los siguientes, cada vez más largos, más anodinos, sólo te dejan una sensación de pastosidad tibia, de abundancia despilfarradora. Tal vez en el último resurge, con la desilusión de terminar, una apariencia de nervio&#8230;<span id="more-1306"></span> </p>
<p>¡En cambio, el primer trago! ¿Trago? Empieza mucho antes de la garganta. En los labios aflora ya ese oro burbujeante, frescor amplificado por la espuma, y lentamente en el paladar un placer tamizado de amargor. ¡Qué largo parece el primer trago! Se bebe de un tirón, con avidez falsamente instintiva. En realidad todo está escrito: la cantidad, ese ni poco ni mucho que constituye el único ideal; el bienestar inmediato rematado por un suspiro, un chasquido de lengua o, tan importante como éstos, un silencio; la engañosa sensación de un goce que se abre al infinito&#8230; Al mismo tiempo, somos conscientes de que lo mejor ha pasado. Posamos el vaso, e incluso lo alejamos un poco, formando un bloque con el cuadradito de cartón secante. Saboreamos el color; falsa miel, sol frío. Siguiendo todo un ritual de sabiduría y espera, nos gustaría gobernar el milagro que acaba de producirse y de desvanecerse a un tiempo. En la pared del vaso leemos con satisfacción el nombre concreto de la cerveza que habíamos pedido. Continente y contenido pueden interrogarse, contestarse en un diálogo especular que no tarda en interrumpirse. Nos gustaría conservar el secreto del oro puro, y encerrarlo en fórmulas. Pero ante esa mesita blanca salpicada de sol, el decepcionado alquimista tan sólo salva las apariencias, y bebe cada vez más cerveza disfrutando cada vez menos. Es un placer amargo: bebemos para olvidar el primer trago.</p>
<p><strong>Esta noche saco la basura<br />
Philippe Delerm<br />
del libro &#8220;La siesta asesinada&#8221;</strong></p>
<p>No nos pasa cuando tiramos algo. No, entonces no miramos bien, nos limitamos a comprobar si el tacho está más o menos lleno. Solamente cuando empieza a salirse, cuando nos toca extraer la bolsa, antes mismo de cerrarla con la tira de plástico traslúcido, echamos una breve ojeada a ese tesoro heterogéneo. No nos parece repugnante. Los restos de café le dan unidad, se infiltran en los intersticios. Espolvorean sin empacho los sobres rotos, sin manchar la tinta azul de las cartas familiares, se demoran en los húmedos entresijos de las cáscaras de papa. Un corazón de manzana apergaminado se metió en el envase lechoso de un yogur con lactobacilos. La punta seca de una lapicera se obstina en pinchar la lámina alveolada de los comprimidos de magnesio. Extrañas soledades se aferran en ese espacio que creíamos haber prensado aplastándolo con la palma de la mano durante las últimas visitas. Pero apenas volvemos la espalda, todos esos cadáveres vuelven a respirar, recobran su forma y se tutean en libertad nocturna. Queríamos oprimir, abolir, borrar. Era puro desprecio. Ya no nos pertenecen esas fetas de melón que nunca terminamos de comer. Creemos tirar el revés de nosotros, lo sucio y lo inútil. Pero tal vez podríamos descifrar también el derecho en esos curiosos noviazgos entre las revistas, los pequeños paracaídas de las bolsitas de té, las cáscaras de naranja. Necesitamos unos segundos para captar todo eso: se nos parece y se nos escapa. Al final cerramos la bolsa con un nudo bien apretado. Pero nada ha muerto. Volverán a hablarse entre ellos, lejos de nosotros, testigos de descargo.</p>
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		<title>Cómo convertirse en escritora, de Lorrie Moore</title>
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		<pubDate>Sat, 27 Apr 2013 02:28:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
				<category><![CDATA[citas y traducciones]]></category>

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		<description><![CDATA[[Traducción de Xtian Rodriguez. Del libro "Autoayuda".] Primero intenta ser algo, cualquier otra cosa. Estrella de cine / astronauta. Estrella de cine / misionera. Estrella de cine / maestra jardinera. Presidente del Mundo. Fracasa horriblemente. Es mejor si fracasas a una edad temprana, por ejemplo, a los catorce. Una desilusión temprana, crítica, para que a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>[Traducción de Xtian Rodriguez. Del libro "Autoayuda".]</p>
<p>Primero intenta ser algo, cualquier otra cosa. Estrella de cine / astronauta. Estrella de cine / misionera. Estrella de cine / maestra jardinera. Presidente del Mundo. Fracasa horriblemente. Es mejor si fracasas a una edad temprana, por ejemplo, a los catorce. Una desilusión temprana, crítica, para que a los quince puedas escribir largas oraciones en forma de haiku sobre los deseos frustrados. Es un estanque, un cerezo en flor, un viento peinando las alas del gorrión rumbo a la montaña. Cuenta las sílabas. Muéstraselo a tu mamá. Ella es dura y práctica. Tiene un hijo en Vietnam y un marido que podría tener una amante. Ella cree que hay que usar ropa marrón porque disimula las manchas. Ella mirará brevemente tu texto y luego otra vez a tí con la cara vacía como una galletita. Ella dirá: “¿Por qué no vacías el lavavaplatos?”. Desvía la vista. Mete los tenedores en el cajón de los tenedores. Accidentalmente rompe uno de los vasos que te dieron gratis en la estación de servicio. Este es el dolor y el sufrimiento necesarios. Esto es solo el comienzo.<span id="more-1302"></span></p>
<p>En la clase de literatura en la escuela mira sólo la cara de Mister Killian. Decide que las caras son importantes. Escribe una villanelle sobre los poros. Esfuérzate. Escribe un soneto. Cuenta las sílabas: nueve, diez, once, trece. Decide experimentar con la ficción. Ahí no tienes que contar sílabas. Escribe un cuento corto sobre un anciano y una anciana que se disparan un tiro accidentalmente en la cabeza, uno al otro, resultado de una inexplicable falla en un rifle que aparece misteriosamente en el living, una noche. Dáselo a Mister Killian como trabajo final de la clase. Cuando te lo devuelve ha escrito en el papel: “Algunas imágenes son bastante buenas, pero no tienes sentido de la trama.” Cuando estás en tu casa, en la privacidad de tu cuarto, garabatea en lápiz, debajo de su comentario en tinta negra: “Las tramas son para los idiotas, cara-porosa”.<br />
Toma todos los trabajos de niñera que consigas. Eres bárbara con los chicos. Ellos te adoran. Les cuentas historias de ancianos que mueren de forma idiota. Les cantas canciones como “Las campanas azules de Escocia”, tu favorita. Y cuando están en pijama y finalmente dejaron de pellizcarse entre ellos; cuando se duermen, lees todos los manuales de sexo que hay en la casa, y te preguntas cómo alguien podría hacer esas cosas con alguien que ama. Quédate dormida en la silla mientras lees la Playboy de Mister McMurphy. Cuando los McMurphys vuelvan a casa, te tocarán en el hombro, mirarán la revista en tu falda y sonreirán ampliamente. Querrás morirte. Te preguntarán si Tracy se tomó el remedio. Explica que sí, que lo hizo, que le prometiste contarle una historia si se portaba como una señorita y que eso funcionó bastante bien. “Ah, maravilloso”, exclamarán.<br />
Trata de sonreír orgullosa.<br />
Anótate en Psicología Infantil en la universidad.</p>
<p>En Psicología tienes algunas materias optativas. Siempre te gustaron los pájaros. Te anotas en algo llamado: “Investigación Ornitológica Práctica”. Las clases son los martes y los jueves a las 2. Cuando llegas al salón 314 el primer día de clases, todos están sentados alrededor de una mesa discutiendo sobre metáforas. Alguna vez escuchaste algo al respecto. Luego de un corto e incómodo rato, levanta tu mano y di tímidamente: “Perdón, ¿esto no es Observación de Pájaros I?” Todos se quedan en silencio y giran para mirarte. Parecen tener todos una única cara: gigante y blanca, como un reloj destruido. Un barbudo ruge: “No, esto es Escritura Creativa”. Di: “Ah, okay”, haciendo como que ya sabías. Mira tu planilla de horarios. Pregúntate cómo cuernos caíste ahí. La computadora se equivocó, parece. Empiezas a levantarte para salir pero no lo haces. Las colas en la oficina de inscripción esta semana son larguísimas. Quizás deberías aferrarte a este error. Quizás la escritura creativa no sea tan mala. Quizás sea el destino. Quizás esto es lo que quiso decir tu padre cuando dijo: “Esta es la era de las computadoras, Francie, esta es la era de las computadoras.”</p>
<p>Decide que te gusta la universidad. En tu residencia conoces gente agradable. Algunos son más inteligentes que tú. Y algunos, te das cuenta, son más estúpidos. Continuarás viendo el mundo en estos términos, lamentablemente, por el resto de tu vida.</p>
<p>La consigna de escritura creativa esta semana es narrar un hecho violento. Entrega una historia sobre cómo maneja tu tío Gordon y otra sobre dos ancianos que se electrocutan accidentalmente cuando tocan una lámpara de escritorio que tiene un cable pelado. El profesor te devolverá los textos con comentarios: “Tu escritura es fluida y enérgica. Pero lamentablemente tus tramas son absurdas.” Escribe otra historia sobre un hombre y una mujer que, en el primer párrafo, son acribillados de la cintura para abajo debido a una explosión con dinamita. En el segundo párrafo, con el dinero del seguro, compran un puesto para vender helados. Hay seis párrafos más. Lees el texto completo en voz alta para la clase. A nadie le gusta. Dicen que tus tramas son exageradas y gratuitas. Después de clase alguien te pregunta si estás loca.</p>
<p>Decide que quizás deberías probar con la comedia. Empieza a salir con alguien divertido, alguien que tiene lo que en el secundario describías como “un sentido del humor buenísimo” y que ahora la gente de la clase de escritura creativa describe como “auto-indulgencia que toma forma cómica”. Anota todas sus bromas, pero no le digas que lo haces. Arma anagramas con el nombre de su ex-novia, ponle esos nombres a todos los personajes con problemas de sociabilidad y observa lo divertido que es él, observa qué sentido del humor buenísimo tiene.</p>
<p>Tu consejero académico te señala que estás descuidando las clases de psicología. Lo que te consume la mayor parte del tiempo no es tu especialidad. Di que sí, que entiendes.<br />
En las clases de escritura creativa de los próximos dos años todos siguen fumando y preguntando las mismas preguntas: “Pero, ¿funciona?”, “¿Por qué debería importarnos lo que le pasa a ese personaje?”, “¿Te ganaste el derecho a usar ese lugar común?” Parecen ser preguntas importantes.<br />
Los días en los que te toca a ti, miras a la clase con esperanza mientras buscan la trama en las hojas mimeografiadas, frunciendo el ceño. Te miran, aspiran el humo con intensidad y luego te sonríen dulcemente.</p>
<p>Pasas demasiado tiempo abatida y desmoralizada. Tu novio sugiere que salgas a andar en bicicleta. Tu compañera de cuarto sugiere que cambies de novio. Te dicen que te estás auto-castigando y perdiendo peso, pero continúas escribiendo. La única felicidad que tienes es escribir algo nuevo, en el medio de la noche, con las axilas transpiradas, el corazón golpeando, algo que todavía nadie leyó. Lo único que tienes son esos breves, frágiles, incontrastables momentos de éxtasis en los que sabes: eres una genia. Date cuenta lo que tienes que hacer. Cambia de carrera. Los chicos de la guardería se entristecerán, pero tienes una vocación, una urgencia, una falsa ilusión, un hábito desafortunado. Estás, como diría tu madre, juntándote con gente que no te conviene.</p>
<p>¿Por qué escribir? ¿De dónde viene la escritura? Estas son preguntas que te haces a ti misma. Se parecen a: ¿De dónde viene el polvo? O: ¿Por qué hay guerras? O: Si hay un Dios, ¿por qué mi hermano es ahora un paralítico?<br />
Estas son preguntas que guardas en tu billetera, como tarjetas telefónicas. Estas son preguntas que, como dice tu profesor de escritura creativa, es bueno explorar en tu diario personal, pero raramente en la ficción.<br />
El profesor de este semestre enfatiza el Poder de la Imaginación. Eso significa que no quiere largas historias descriptivas sobre tu viaje de campamento de julio pasado. Quiere que empieces en un contexto realista para luego alterarlo. Como si recombinaras ADN. Quiere que dejes navegar tu imaginación, y que tus velas se hinchen como una panza. Esto último es una cita de Shakespeare.</p>
<p>Cuéntale a tu compañera de cuarto tu gran idea, tu gran ejercicio de poder imaginativo: una transformación de Melville a la vida contemporánea. Será sobre la monomanía y sobre el mundo pez-grande-come-pez-chico de las compañías de seguros de vida de Rochester, New York. La primera línea será: “Llámame Pezchico”, y tratará sobre un hombre casado, menopáusico y suburbano, llamado Richard, a quién, como está todo el tiempo deprimido su ingeniosa esposa llama “Mufi Dick”. Dile a tu compañera de cuarto: “Mufi Dick, ¿entiendes?”. Tu compañera de cuarto te mira, su cara blanca como un Kleenex. Viene hasta ti, con aire compañero y pone su brazo en tu espalda encorvada. “Escúchame, Francie”, dice lentamente, como si fuera tu fonoaudióloga. “Salgamos a tomar una cerveza”.<br />
A la gente de la clase tampoco le gusta esta historia. Sospechas que están empezando a sentir lástima por ti. Ellos dicen: “Tienes que pensar en lo que pasa. ¿Cuál es la historia ahí?”.</p>
<p>El semestre siguiente el profesor está obsesionado con escribir a partir de experiencias personales. Tienes que escribir sobre lo que sabes, basándote en algo que te pasó. Quiere muertes, quiere viajes de campamento. Reflexiona sobre lo que te ha pasado. En los últimos tres años pasaron tres cosas: perdiste tu virginidad; tus padres se divorciaron; y tu hermano volvió de un bosque a 15 kilómetros de la frontera con Camboya con sólo la mitad de su muslo y una mueca permanente anidada en un costado de la boca.<br />
Sobre la primera cosa escribes: “Creó un nuevo espacio, que dolió y gritó con una voz que no era mía: ‘No soy más la que era, pero voy a estar bien’”.<br />
Sobre lo segundo escribes una larga historia sobre una pareja de ancianos que tropiezan accidentalmente con una mina en su cocina y vuelan en pedazos. La llamas: “Hasta que la mortadela nos separe”.<br />
Sobre lo último no escribes nada. No hay palabras para eso. Tu máquina de escribir zumba. No puedes encontrar palabras.</p>
<p>En las fiestas de la universidad, la gente dice: “Ah, ¿escribes? ¿sobre qué escribes?”. Tu compañera de cuarto, que ha tomado mucho vino, comido muy poco queso y casi ninguna galletita, dice: “Por dios, siempre escribe sobre el idiota del novio”.<br />
Más tarde aprenderás que los escritores son simplemente textos abiertos e indefensos, sin ningún entendimiento de lo que han escrito y que, por lo tanto, deben confiar en cualquier cosa que se diga de ellos. Tú, en cambio, no has alcanzado ese nivel de refinamiento literario. Te pones rígida y dices: “No hago eso”, de la misma manera en la que se lo dijiste a alguien en cuarto grado cuando te acusó de disfrutar las clases de oboe y dijo que no eran tus padres los que te forzaban a tomarlas.<br />
Insiste con que no estás muy interesada en ningún tema en particular, que estás interesada en la música del lenguaje, que estás interesada en, en, sílabas, porque son los átomos de la poesía, las células de la mente, la respiración del alma. Empieza a sentirte mareada. Fija la vista en tu vaso de plástico lleno de vino.<br />
“¿Sílabas?”, escucharás que alguien pregunta, a la distancia, alejándose lentamente hacia la seguridad del bol de salsa.</p>
<p>Comienza a preguntarte sobre qué escribes en realidad. O si tienes algo para decir. O si existe eso que llaman algo para decir. Limita tus pensamientos a no más de diez minutos al día; como las flexiones, pueden hacerte adelgazar.<br />
Leerás en algún lugar que toda la escritura tiene que ver con los genitales propios. No pienses demasiado en eso. Te pondría nerviosa.</p>
<p>Tu madre vendrá a visitarte. Examinará los círculos debajo de tus ojos y te entregará un libro marrón con un portafolios marrón en la tapa. Se llama: Cómo convertirse en una Ejecutiva de Negocios. También trajo la enciclopedia “Nombres para su bebé”, que tú misma le pediste; uno de tus personajes, la maestra de primaria / payaso, necesita un nombre. Tu madre sacudirá la cabeza y dirá: “Francie, Francie, ¿te acuerdas cuando ibas a ser psicóloga infantil?”<br />
Di: “Ma, me gusta escribir”.<br />
Ella dirá: “Claro que te gusta escribir. Por supuesto. Claro que te gusta escribir.”</p>
<p>Escribe una historia sobre una estudiante de música confundida y llámala: “Schubert Era el de Anteojos, ¿no?”. No es un gran éxito, aunque a tu compañera de cuarto le gusta la parte en la que los dos violinistas vuelan en pedazos accidentalmente durante un concierto. “Salí con un violinista una vez”, dice ella, reventando su globo de chicle.</p>
<p>Gracias a dios estás cursando otras clases. Puedes encontrar refugio en los enredos ontológicos del siglo XIX y en los rituales de apareo de los invertebrados. Algunos moluscos globulares practican lo que se denomina “Sexo por el brazo”. El pulpo macho, por ejemplo, pierde el extremo de su brazo cuando lo introduce en el cuerpo de la hembra durante el coito. Los biólogos marinos lo llaman “Séptimo cielo”. Alégrate de saber estas cosas. Alégrate de no ser solo una escritora. Inscríbete en la facultad de Derecho.</p>
<p>A partir de aquí pueden pasar muchas cosas. Pero la principal es ésta: decides no empezar abogacía después de todo, y, en cambio, pasas una gran parte de tu vida adulta diciéndole a la gente cómo decidiste al final no empezar abogacía. De alguna manera terminas escribiendo de nuevo. Quizás haces una licenciatura. Quizás tomas trabajos temporarios y clases de escritura a la noche. Quizás trabajas y escribes todos los comentarios interesantes y las confesiones íntimas que escuchas durante el día. Quizás estás perdiendo tus amigos, tus conocidos, tu equilibrio.<br />
Te peleaste con tu novio. Ahora sales con hombres que, en vez de susurrarte “Te quiero”, gritan: “Hagámoslo, nena”. Esto es bueno para tu escritura.<br />
Tarde o temprano terminas un manuscrito, más o menos. La gente lo mira vagamente confundida y dice: “Parece que ser escritora siempre fue un sueño para ti, ¿no?”. Tus labios se secan como la sal. Di que de todos los sueños de este mundo, no puedes imaginar que ser escritora siquiera esté entre los primeros veinte. Diles que ibas a ser psicóloga infantil. “Claro”, dirán suspirando, “eres bárbara con los chicos”. Frunce el entrecejo. Diles que eres una navaja caminando.</p>
<p>Abandona las clases. Abandona los trabajos. Retira los ahorros del banco. Ahora tienes tanto tiempo como picazón en las manos. Lentamente copia todas las direcciones de tus amigos en una nueva agenda.<br />
Pasa la aspiradora. Mastica chicles para la tos. Guarda una carpeta llena de notas.<br />
Un párpado oscureciéndose en el costado.<br />
El mundo como conspiración.<br />
¿Argumento posible? Una mujer sube al colectivo.<br />
Imagínate que organizas una historia de amor y nadie viene.</p>
<p>En casa toma mucho café. En el Howard Johnson pide ensalada de repollo. Piensa cómo la ensalada se parece a un mapa hecho papel picado: dónde estuviste, hacia dónde vas: “Usted está aquí”, dice la estrella roja en la parte de atrás del menú.<br />
Ocasionalmente una cita con la cara blanca como un papel te pregunta si los escritores se desaniman con frecuencia. Contesta que a veces se desaniman y a veces no. Di que se parece mucho a tener la polio.<br />
“Interesante”, sonríe tu cita, y luego mira los pelos de su brazo y empieza a alisarlos, a todos, siempre, en la misma dirección.</p>
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		<title>Entre seis y ocho hombres negros, de David Sedaris</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Dec 2012 17:08:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Acá una hilarante historia de Sedaris, comparando los absurdos relatos de Navidad de distintos países. Un poco de refrescante humor filoso entre tanto deseo almibarado. Entre seis y ocho hombres negros por David Sedaris Nunca me gustaron las guías turísticas y por eso, cuando necesito orientarme en alguna ciudad nueva de Estados Unidos, empiezo preguntándole [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Acá una hilarante historia de Sedaris, comparando los absurdos relatos de Navidad de distintos países. Un poco de refrescante humor filoso entre tanto deseo almibarado. </p>
<p><strong>Entre seis y ocho hombres negros<br />
por David Sedaris</strong></p>
<p>Nunca me gustaron las guías turísticas y por eso, cuando necesito orientarme en alguna ciudad nueva de Estados Unidos, empiezo preguntándole al taxista o al recepcionista del hotel algunas pavadas sobre las cifras del último censo. Digo &#8220;tonterías&#8221; porque realmente no me importa cuánta gente vive en Olympia, Washington, o en Columbus, Ohio. Son lugares bonitos, pero los números no significan nada para mí. Mi segunda pregunta suele ser sobre la cifra de precipitación media anual, lo que, de nuevo, no me dice nada acerca de las personas que han decidido que ese pueblo es su hogar.<span id="more-1295"></span></p>
<p>Lo que realmente me interesa son las leyes locales que reglamentan el uso de armas. ¿Puedo llevar un arma oculta, y si es así, en qué circunstancias? ¿Cuál es el período de espera para poder comprar una metralleta? ¿Podría comprar una Glock 7 si acabo de divorciarme o de ser despedido de mi trabajo? Aprendí, por experiencia, que lo mejor es llegar a este tema tan delicadamente como sea posible, especialmente si tú y el lugareño están solos y encerrados en un área relativamente pequeña. Eso sí, si administras bien el tiempo, puede que escuches algunas historias excelentes. Me enteré, por ejemplo, que los ciegos pueden cazar legalmente en Texas y en Michigan. Desde el punto de vista de la igualdad de oportunidades, supongo que eso es simplemente, justo, pero aun así me resulta bastante inquietante. En Texas los cazadores ciegos deben ir acompañados de un acompañante vidente, pero en Michigan se les permita ir solos, lo que plantea la pregunta: ¿Cómo encuentran aquello a lo que acaban de dispararle? Y ya que estamos, ¿cómo vuelven a sus casas? ¿Se les permite también, a los ciegos de Michigan, manejar? Pregunto sobre el tema de las armas no porque quiera una para mí, sino porque las respuestas varían ampliamente entre un estado y otro. En un país que se ha vuelto cada vez más homogéneo, es reconfortante apreciar estos últimos toques de regionalismo.</p>
<p>Las armas no son un problema en Europa, así que cuando viajo al extranjero, mi primera pregunta, por lo general, tiene que ver con animales de granja. &#8220;¿Qué dicen lo gallos?&#8221; es una buena pregunta para romper el hielo, porque cada país tiene su propia y única versión. En Alemania, donde los perros ladran &#8220;vau vau&#8221; y tanto la rana como el pato dicen &#8220;cuac&#8221;, el gallo saluda el amanecer con un caluroso &#8220;kik-a-riki&#8221;. Los gallos griegos dicen &#8220;kiri-a-ki&#8221;, y en Francia gritan &#8220;coco-rico&#8221;, que suena a uno de esos horribles cócteles premezclados que tienen un pirata en la etiqueta. Cuando les cuento que un gallo norteamericano dice &#8220;cuc-a-dudle-du&#8221;, mis anfitriones me miran con incredulidad y lástima.</p>
<p>&#8220;¿Cuándo abren ustedes los regalos de Navidad?&#8221; es otra buena pregunta, porque explica mucho sobre la personalidad de cada país. Las personas que tradicionalmente abren los regalos en Nochebuena parecen más piadosas y centradas en la familia que aquellas que esperan hasta la Navidad. Los que abren los regalos en Nochebuena van a misa, abren los regalos, cenan tarde, vuelven a la iglesia a la mañana siguiente, y dedican el resto del día a comer. Los regalos son generalmente para los niños, y los padres no cometen muchos excesos. No es que desearía eso para mí, pero supongo que funciona bien para aquellos que prefieren la comida y la familia en vez de cosas que tengan valor verdadero.</p>
<p>En Francia y en Alemania los regalos se intercambian en Nochebuena, mientras que en Holanda los niños abren sus regalos el 5 de diciembre en la celebración del Día de San Nicolás. A mí me parecía un poco raro hasta que hablé con un hombre llamado Oscar, que me puso al tanto sobre algunos de los detalles, mientras me llevaba desde mi hotel hasta la estación de trenes de Amsterdam.</p>
<p>A diferencia de nuestro obeso y alegre Santa Claus, San Nicolás es terriblemente delgado y se viste muy parecido al Papa, con un sombrero que parece uno de esos cubre-tetera de lana tejida. El atuendo, según me dijeron, es un remanente de su empleo anterior, donde se desempeñó como obispo en Turquía.</p>
<p>&#8220;Perdón&#8221;, dije, &#8220;¿puede repetirme esa parte?&#8221;</p>
<p>No me gusta ser un chovinista cultural, pero esto me parecía demasiado. Para empezar, Santa Claus no hacía nada antes de ser Santa. No pidió retiro voluntario, y, esto es importante, no tiene nada que ver con Turquía. Ese país es muy peligroso y la gente no apreciaría su trabajo. Cuando le pregunté cómo había llegado desde Turquía hasta el Polo Norte, Oscar me dijo con absoluta convicción que San Nicolás reside actualmente en España, cosa que es simplemente falsa. Aunque probablemente podría vivir donde quiera, Santa eligió el Polo Norte específicamente porque es duro para vivir y está aislado del resto del mundo. Ahí nadie puede espiar lo que hace, y no tiene que preocuparse porque nadie venga a golpearle la puerta. Cualquiera podría venir a golpearle la puerta en España y, con ese traje, seguramente lo reconocerían. Además, salvo por unas pocas palabras, Santa no habla español. &#8220;Hola. ¿Cómo estás? ¿Quieres unos caramelos?&#8221; Eso es todo. Sabe lo suficiente como para salir del paso, pero no habla con fluidez y, sin duda, no come tapas.</p>
<p>Mientras que nuestro Santa vuela en un trineo, la versión holandesa llega en barco y luego transfiere a un caballo blanco. El evento es televisado, y grandes multitudes se reúnen en la costa para saludarlo. No estoy seguro de si hay una fecha fija, pero generalmente llega a fines de noviembre y luego pasa un par de semanas dando vueltas por ahí y preguntándole a la gente qué regalo quieren.</p>
<p>&#8220;¿Viene solo?&#8221;, pregunté. &#8220;¿O tiene refuerzos?&#8221;</p>
<p>El inglés de Oscar era casi perfecto, pero pareció molestarse un poco con un término normalmente reservado a la fuerza policial.</p>
<p>&#8220;Ayudantes&#8221;, aclaré. &#8220;¿Viene con duendes?&#8221;</p>
<p>Puede que sea demasiado sensible, pero no pude evitar sentirme insultado cuando Oscar opinó que mi idea era grotesca y poco realista. &#8220;Duendes&#8221;, dijo. &#8220;Eso es simplemente una tontería.&#8221;</p>
<p>Tuve que encontrar nuevas definiciones para las palabras &#8216;tontería&#8217; y &#8216;poco realista&#8217; cuando me enteré de que San Nicolás viaja con lo que me describieron, de manera consistente y en varias oportunidades, como &#8220;entre seis y ocho hombres negros&#8221;. Le pregunté a varias personas holandesas para ver si podíamos ponernos de acuerdo en un número, pero ninguno me pudo dar un número exacto. Siempre eran &#8220;entre seis y ocho,&#8221; cosa que me resulta extraña, teniendo en cuenta que han tenido cientos de años para hacer un recuento decente.</p>
<p>Los seis a ocho hombres negros fueron descritos como esclavos personales hasta mediados de 1950, cuando el clima político cambió y se decidió que ya no eran más esclavos sino buenos amigos de San Nicolás. Creo que si algo ha probado la historia es que suele haber un periodo intermedio entre la esclavitud y la amistad, un período de tiempo marcado no por horas tranquilas horneando galletitas, sino por el derramamiento de sangre y la hostilidad mutua. Parece que tuvieron ese tipo de violencia en Holanda, pero en lugar de que Santa y sus antiguos esclavos la resolvieran en privado, decidieron purgarla en público. A principios de siglo, cuando un niño era travieso, San Nicolás y los seis a ocho hombres negros lo golpeaban con lo que Oscar describió como &#8220;la pequeña rama de un árbol.&#8221;</p>
<p>&#8220;¿Una vara?&#8221;</p>
<p>&#8220;Sí&#8221;, dijo. &#8220;Eso mismo. Lo pateaban un poco y lo golpeaban con una vara. Y si el joven era realmente malo lo metían en una bolsa y se lo llevaban a España.&#8221;</p>
<p>&#8220;¡Espere un minuto! ¿San Nicolás te pega patadas? &#8221;</p>
<p>&#8220;Bueno, ya no lo hace más&#8221;, dijo Oscar. &#8220;Ahora sólo finge que te pega patadas&#8221;.</p>
<p>Su idea es que esto es un progreso, pero yo creo que es casi más perverso que el castigo original. &#8220;Te voy a hacer daño, pero en realidad no.&#8221; ¿Cuántas veces hemos caído en esa trampa? La bofetada falsa invariablemente entra en contacto con tu mejilla real agregándole conmoción y traición a lo que anteriormente era, simplemente, miedo. ¿Qué clase de Santa se la pasa fingiendo patear gente para luego meterlos en una bolsa? Y a esto hay que agregarle que esos seis a ocho antiguos esclavos podrían sumarse a la golpiza en cualquier momento. Esa es, creo, la mayor diferencia entre nosotros y los holandeses. Mientras que un cierto segmento de la población estaría perfectamente feliz con la situación, si le dijeras a un norteamericano blanco promedio que entre seis y ocho anónimos hombres negros van a entrar a hurtadillas en su casa en medio de la noche, tapiarían las puertas y usarían cualquier arma que tuvieran a mano para evitarlo.</p>
<p>&#8220;¿Usted dice que son entre seis y ocho?&#8221;</p>
<p>Antes de que llegara la calefacción central, los niños holandeses dejaban sus zapatos junto a la chimenea, con la promesa de que a menos que te patearan, golpearan o te metieran en una bolsa, San Nicolás y sus seis a ocho hombres negros llenarían tus zuecos con regalos. Más allá de las amenazas de violencia y secuestros, no es muy diferente que colgar las medias de la chimenea. Como ahora tan poca gente tiene chimeneas, los holandeses tienen instrucciones de dejar sus zapatos al lado del radiador, caldera o estufa. San Nicolás y los seis a ocho hombres negros llegan a caballo y saltan desde el patio hasta el techo. En este punto supongo que vuelven a pegar un salto para bajar o se vaporizan y entran a través de las tuberías y el cableado eléctrico. Oscar no estaba muy al tanto de los detalles pero , ¿quién podría culparlo? Tenemos el mismo problema con nuestro Santa. Se supone que debe usar la chimenea, pero si no tienes una, de alguna manera se las arregla. Es mejor no pensar demasiado en estas cosas.<br />
Aunque ocho renos voladores es una historia más fácil de digerir, nuestro relato de la Navidad parece bastante aburrido. Santa vive con su mujer en un remoto pueblo del polo y pasa una noche al año viajando por todo el mundo. Si eres malo, te deja carbón. Si eres bueno, y vives en Estados Unidos, te dará todo lo que deseas. Les decimos a nuestros hijos que se porten bien y los mandamos a la cama, donde yacen despiertos, anticipando el gran botín. Un padre holandés tiene que contar una historia más complicada: &#8220;Oye, es posible que quieras empacar algunas cosas antes de meterte en la cama. El ex obispo de Turquía va a venir esta noche junto con seis a ocho hombres negros. Puede que pongan algunas golosinas en tus zapatos, puede que te metan en una bolsa y te lleven a España, o puede que fingan pegarte patadas. No sabemos a ciencia cierta, pero queremos que estés preparado&#8221;.</p>
<p>Esta es la recompensa por vivir en Holanda. Cuando eres niño escuchas esta historia y cuando eres adulto puedes contársela a tu hijo. Y como regalo adicional, el gobierno te da drogas y prostitución legal así que, ¿quién no querría ser holandés?</p>
<p>Oscar terminó su historia justo cuando llegamos a la estación. Era un hombre educado e interesante &#8211; muy buena compañía &#8211; pero cuando se ofreció a esperar hasta que mi tren llegara me excusé, alegando que tenía que hacer algunas llamadas. Sentado solo y esperando en la vasta y vibrante terminal de trenes, rodeado de miles de holandeses educados y aparentemente interesantes, no pude evitar sentirme de segunda categoría. Sí, Holanda es un país pequeño, pero tienen entre seis y ocho hombres negros y un relato de la Navidad realmente bueno. Soy una persona competitiva, así que me sentía celoso y triste. Estaba pasando de la tristeza a la hostilidad cuando me acordé del cazador ciego vagando solo en un bosque de Michigan. El cazador podría terminar con un venado en una bolsa, o dispararle en el estómago a alguien que estaba haciendo camping. Podría encontrar su camino de vuelta al auto o vagar una semana o dos hasta llegar a la puerta de su casa. No lo sabemos a ciencia cierta, pero al hacer posible ese tipo de relatos, nos inspira a todos y me hace sentirme orgulloso de ser norteamericano.</p>
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		<title>Limpieza</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Apr 2012 09:48:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Si voy a perderlo todo va a ser ahora, frente al espejo. Hay una vuelta hacia atrás, un pisotear de senderos de crema pastelera, un flipper con las lucecitas todas en TILT. Me invitás a subir a ese auto y después esa cinta blanca, esa ruta, ese halo alrededor de las luces altas, el camión [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Si voy a perderlo todo va a ser ahora, frente al espejo. Hay una vuelta hacia atrás, un pisotear de senderos de crema pastelera, un flipper con las lucecitas todas en TILT. Me invitás a subir a ese auto y después esa cinta blanca, esa ruta, ese halo alrededor de las luces altas, el camión que viene de frente y te toca bocina. Yo quiero ser tu hijo preferido. Digo eso y me levanto y me voy, con la botellita de agua mineral en la mano. <span id="more-1282"></span></p>
<p>Estamos los cuatro sentados en la vereda, pedimos, vos y yo, un café con leche, los otros dos una cerveza negra y hablamos de nosotros, pero hace 20 años. Vos decís que nunca lloraste por una mujer. Tu confesión viene de ninguna parte, o mejor dicho viene desde adentro, no se sigue de la conversación. ¿Qué es lo que realmente te importa?, pregunto yo. ¿Algo, alguien? Te quedás callado, no tenés nada que responder. Yo sí lloré, lloré por vos, pienso.</p>
<p>Me acuerdo de aquella noche, decís. Estaba borracho, en un boliche, y una chica me abrazaba desde atrás. Yo tenía la remera rota, y ella me abrazaba, me acariciaba. Pero no recuerdo su cara. Estás buscando hacia atrás, haciendo rewind 20 años, escarbar. ¿Pedimos otra cerveza negra? Yo ya tomé mi café, así que pedí cuatro vasos.</p>
<p>Marianela tiene un ataque de pánico. Me avisa a las 4 de la mañana en facebook, pero yo veo el mensaje al otro día. Por favor no le cuentes a Hernán, pide. Carlitos se sienta en la escalera, borarcho, se abraza al hierro y se queda ahí. Por favor no le digas a nadie, me pide. Damián me manda un mensaje de texto: le digo todo lo que siento y él hace el perrito abandonado en la lluvia, pero por favor vos no te metas, me dice.</p>
<p>Están todos así, como un senku trabado, si no te movés y dejás este agujerito no hay juego, no hay intercambio. Apagá ese celular en el que hundís la cara para esconderte, log out de facebook para que te pegue de nuevo el baldazo en la cara, manguereame, regame, despertame.</p>
<p>Escribo y borro, y después pienso y me abrazo a la almohada. No estoy hablando de impaciencia ni de soledad. Es una manera de estar otra vez acá. Vos venís y te instalás en el sofá, tomamos un té con unos alfajorcitos duros que compré en la panadería. No decís mucho porque estás somnolienta, empastillada, pero estás acá. Yo estoy buscando algo, decís. Hacés meditación y te quedás dormida y roncás. ¿Eras vos la que roncabas?</p>
<p>Mando mensaje de texto. Ya pasaron 4 años. Nada. Mando otro mensaje de texto, y ahí sí contestás, hablamos. Es como un huracán que arrasa la Bristol, y después tenés que ir y mirar con ojos de arqueólogo. Este envoltorio de un helado de 1974, esta palita de plástico igual herrumbrada, esta bollo de papel revista Siete Días.</p>
<p>Cuando quiero resumir me sale este pegote. Este puré de zapallo, esta pasta de almendras, este chocolate cobertura. Vuelvo al pasado, pero sólo para tomar impulso y empujar otra vez, hacia el ahora. Después descanso. Si miro y me fijo alrededor veo esta pantomima, ese biombo de telgopor. Si no me invitás yo no voy. No estoy enojado, no quiero nada. Voy a quedarme acá mirando. No a vos, sino la tierrita entre los dedos de los pies, ese lugar calentito donde podría crecer un hongo, y adentro un pitufo, y después de ahí crear un mundo, como lo hace Maru Botana.</p>
<p>No digo multiplicación, creced y multiplicaos. Me imagino otra cosa. Dos personas. No sé si yo, nunca vos, sentados de frente, saludándose, intercambiando un par de datos oblicuos, y después saludándose, deseándose de verdad que estés bien, que todo esto sea un principio de algo, no el rebote pesado de toda esta ropa mojada en el lavarropas, centrifugada. Otra cosa, un reset, un trampolín que se quiebra, una pileta vacía, un balcón que se desploma con un grupo de adolescentes borrachos encima.</p>
<p>Si no es eso, mejor me voy a dormir, que viene a ser como tirar Cif y limpiar esa superficie con un papel. Una vez que dejás caer esa pregunta puede empezar algo interesante. Hasta ese momento estoy acá, sin esperar, mirando para afuera, como si me miraran.</p>
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		<title>No estoy borracho</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Mar 2012 11:03:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Yo estaba recostado contra una columna, con un vaso en la mano. Al lado mío estaba el cordobés. Fue en ese momento que apareciste entre la gente. No, no apareciste, yo diría más bien que la gente te abrió y te dejó al descubierto. El cordobés y yo estábamos medio borrachos, sí, pero sobre todo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Yo estaba recostado contra una columna, con un vaso en la mano. Al lado mío estaba el cordobés. Fue en ese momento que apareciste entre la gente. No, no apareciste, yo diría más bien que la gente te abrió y te dejó al descubierto. El cordobés y yo estábamos medio borrachos, sí, pero sobre todo adormecidos, mecidos por el speed con vodka, y esa mezcla espesa de penumbra y luces que te pegan en la cara. La noche empezaba a maniobrar para emprender el descenso y ninguno de nosotros tenía puesto el cinturón de seguridad.</p>
<p>Vos venías con una botella en la mano, caminabas articulado, chueco y robocop. Chiquito, maleable. Traías una botella de sidra Real en la mano, que levantaste y pendulaste en el aire.<span id="more-731"></span></p>
<p>Nos tenemos que ir, le dejamos la botella, dijiste.</p>
<p>Venías con otro pibe, que no había visto hasta que te tuve encima. Miré la botella de sidra.</p>
<p>¿Viene con pan dulce y con turrones?, pregunté.</p>
<p>Te reíste.</p>
<p>No, recién la compramos y nos tenemos que ir, todavía está fría.</p>
<p>Te reías. Eras lindo. Ahora dejaste quieta la botella y el que pendulaste fuiste vos, apoyando un pie y después el otro, como los chicos cuando se están haciendo pis.</p>
<p>Quédense con nosotros y entre los cuatro nos tomamos la sidra en un ratito, dije. Todo el año es Navidad. Y sino armamos alguna otra fiesta.</p>
<p>Vos te reíste, el cordobés resopló por la nariz. Después hubo silencio, esperando que yo dijera que hablaba en chiste, pero yo me quedé callado. Vos te reíste de nuevo, pero tu amigo no se rió.</p>
<p>Podría ser, dijiste.</p>
<p>No, che, todo bien pero nos tenemos que ir, cortó tu amigo.</p>
<p>¿A vos cómo te gustan? ¿No te van los osos como yo?, dije, disfrutando de la incomodidad.<br />
No, al contrario. Mi novio se parece mucho a vos. Vos sos muy lindo, dijo, mucho más lindo que él, dijo, señalando con la cabeza al cordobés.</p>
<p>Cagamos, pensé. La culpa es mía por tirar cualquiera. La tensión de la incomodidad propele a algunos hacia lo que desean, hacia adelante, y otros se sacuden y revolean piñas para zafar.</p>
<p>¿Qué me tenés que decir a mí que soy feo, forro?, reaccionó el cordobés. Tiró los hombros para atrás y el pecho para adelante. Lo abracé para frenarlo.</p>
<p>Che, no le digas eso a él que no dijo nada, le dijiste vos a tu amigo.</p>
<p>Yo no dije nada malo, dijo tu amigo.</p>
<p>Soltame, no me agarres, me decía el cordobés, tratando de zafarse.</p>
<p>Eh, loco, no te enojés conmigo, le dije al cordobés. Traquilo, está en pedo. El boludo que armó el lío acá soy yo. Tranquilo.</p>
<p>Sacame las manos de encima, insistió el cordobés.</p>
<p>Vos viniste de este lado y le dijiste que tu amigo estaba en pedo, le pediste disculpas. Bajaste la voz, le pusiste al cordobés la mano por arriba del hombre. Te comías las eses, te patinaban las erres. Eras correntino.</p>
<p>No hablen los dos comiéndose las eses porque me calientan mal, les dije, asomándome.</p>
<p>Se miraron entre los dos y se rieron, aunque el cordobés seguía enojado.</p>
<p>¿Por qué me tiene que decir que soy feo?, insistió el cordobés.</p>
<p>Nene, sos muy lindo vos, y lo sabés, le dijiste vos al cordobés. Y a tu amigo, dijiste, señalándome a mí, ya lo tengo visto, y siempre tiene buena onda.</p>
<p>Ah, genial, él es el lindo y yo soy el macanudo, dije yo, haciéndome el ofendido.</p>
<p>Vos me clavaste la mirada.</p>
<p>No me busqués vos, que lo dejo a mi amigo acá y me voy a enfiestarme con ustedes dos.</p>
<p>El cordobés forcejeó para írsele encima a tu amigo.</p>
<p>Llevate vos a tu amigo, te dije, que yo me lo llevo a este, sino se van a agarrar.</p>
<p>Desapareciste. Yo le pregunté al cordobés si quería mear, si quería vomitar. No estoy en pedo, contestaba, pero no me voy a bancar que me bardeen así.</p>
<p>Salimos y ya estaba amaneciendo. Caminamos por avenida Santa Fé hasta la esquina de Callao. En apenas cien metros la conversación se fue a los caños. Yo le decía al cordobés que no hay que darle bola a la gente borracha, que no vale la pena enojarse, y que no podés andar por la vida cagando a piñas a todos los pelotudos que te cruzás. No dan los números, no alcanzan las piñas, sobran los pelotudos. Su discurso cambiaba gradualmente y me di cuenta que no estaba enojado con tu amigo, sino con otras cosas. No voy a bancarme que un porteño me pisotee, decía el cordobés. Cagamos, pensé, ¿seré yo el porteño que lo pisotea? Le pregunté. No, papá, me dijo el cordobés, no sos vos, si vos sabés lo que te quiero.</p>
<p>En la esquina de Callao se frenó. Se apoyó contra el semáforo y empezó a repetir. No voy a dejar que me pisoteen. Estoy cansado que se aprovechen de mí. Se le empezaron a caer lágrimas de los ojos. No se tapó la cara, ni se secó las lágrimas. Hablaba y dejaba que las lágrimas se le caigan. Lo abracé.</p>
<p>Acá estoy, escuché que decían atrás mío. Eras vos. A mi amigo lo subí a un taxi, que se vaya a cagar.</p>
<p>Cuando viste que el cordobés estaba llorando preguntaste qué pasa. Está en pedo, dije. ¡No estoy en pedo!, me cortó el cordobés. No grités, papá, dijiste vos.</p>
<p>Vamos a casa, dije yo.</p>
<p>Yo no voy a coger, dijo el cordobés.</p>
<p>A tomar un té, dije yo.</p>
<p>A vos se te escapó una carcajada.</p>
<p>A tomar un té, en serio, insistí yo. Decidí vos, nene, le dije al cordobés.</p>
<p>Okay, vamos.</p>
<p>El taxi lo pagaste vos. Dijiste yo invito, cuando el cordobés insistía en pagar él y no podía encontrar los bolsillos del jean, apretado en el asiento de atrás entre nosotros dos.</p>
<p>Cuando llegamos a casa puse el agua a hervir. Vos te sacaste las zapatillas y tenías un olor a pata tremendo.</p>
<p>No podés tener ese olor a pata, hijo de puta, dije. El cordobés se rió.</p>
<p>Laburé todo el día, dijiste.</p>
<p>¿Pero mirá si conocés a alguien en el boliche? ¿Con ese olor a pata te vas a coger?</p>
<p>¿Como ahora?, dijiste.</p>
<p>Yo no voy a coger, dijo el cordobés.</p>
<p>No vamos a coger, dije yo.</p>
<p>Le sacamos las zapatillas al cordobés. Vos una, yo otra. Se dejaba hacer. No hay nada más lindo que te saquen la ropa borracho.</p>
<p>No estoy borracho, dijo el cordobés.</p>
<p>Le sacamos la camisa. Se quiso levantar a doblarla en la silla, porque es maniático. Lo frené. Con el jean tuvimos que tironear un rato, porque los usa muy ajustados. Se reía, el boludo.</p>
<p>Quedó en slip, con las cadenitas plateadas brillándole contra la piel oscura, lampiña. El ombligo.</p>
<p>¿Puedo sacarme yo también?, dijiste vos.</p>
<p>Yo fui a apagar el agua. Cuando volví el cordobés meaba en el baño. El olor a pata me mata, vamos a la cama, dije.</p>
<p>Fuimos los tres a la cama. Ustedes dos se tiraron en la cama, boca arriba. Los dos en slip, los dos de piel oscura, lampiños. Vos con un tatuaje de una araña en el pecho, y en la ingle una telaraña con una mosca atrapada. El cordobés con sus cadenitas, que no se saca nunca.</p>
<p>Me saqué la ropa y vos me viste la lastimadura en la pierna.</p>
<p>¿Qué es esto?, preguntaste.</p>
<p>Me hice mierda contra un poste andando en rollers, dije.</p>
<p>Así me gusta, los hombres que salen al mundo y se golpean. Yo tengo muchas cicatrices. Mi favorita es una que me hice jugando a la escondida.</p>
<p>¿Jugás a la escondida todavía o es vieja?</p>
<p>Sí, juego.</p>
<p>¿Qué edad tenés?</p>
<p>25. ¿Vos?</p>
<p>41.</p>
<p>¿El cordobés?</p>
<p>34, dijo el cordobés.</p>
<p>Me tiré en la cama y nos quedamos los tres mirando el techo.</p>
<p>Yo no hago nada, dije yo.</p>
<p>Yo tampoco, dijiste vos.</p>
<p>El cordobés había quedado en el medio.</p>
<p>Yo sí, dijo el cordobés, y me dio un beso. Pensé que me iba a dar un piquito pero me metió la lengua.</p>
<p>Cogimos.</p>
<p>Cuando los tres nos lavamos y volvimos a la cama les pregunté si podía grabar la conversación. Me miraron raro. ¿Para qué? Para guardarla, para no olvidarme de todo esto. Yo no tengo drama, dijiste vos. Yo tampoco.</p>
<p>Hablamos durante dos horas. El cordobés ponía temas de su celular, temas melosos. Retumbaban horrible porque el parlantito del celular era pésimo, pero insistió. Lo dejamos. Hablamos un montón. Pero prometí que iba a mantener esa grabación en secreto.</p>
<p>Después nos dormimos, vos pediste dormir en el medio de los dos. Me desperté unas horas después porque la cama temblaba. Cuando giré te vi. Entraba ya la luz de la mañana en la habitación. Estabas boca arriba con las rodillas un poco flexionadas y las manos demasiado abiertas. Temblabas, como si te corriera electricidad por el cuerpo. Te temblaban los tatuajes, la araña del pecho y el de la ingle. Tenías la pija al palo. A la luz de la ventana la pija parecía como de masa, como una galletita alargada.</p>
<p>Me incorporé y por encima tuyo desperté al cordobés. Te señalé y le pregunté: ¿Qué le pasa?</p>
<p>El cordobés te miró la cara y después bajó por el cuerpo. Te vio la pija parada. Te la agarró y después te la soltó. Te volvió a mirar la cara. </p>
<p>Es un perro que sueña, dijo.</p>
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		<title>Atrás</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Feb 2012 11:57:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Atrás está todo eso. La llamada entra a las 8 de la mañana, vos borracho, aturdido, aterido, escuchás y pedís que te repitan, porque no puede ser, no es posible. Un zumbido y una explosión, en tu cabeza: murió tu mejor amigo y el resto chorrea y se cae. Todo en un spin, el tambor [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Atrás está todo eso. La llamada entra a las 8 de la mañana, vos borracho, aturdido, aterido, escuchás y pedís que te repitan, porque no puede ser, no es posible. Un zumbido y una explosión, en tu cabeza: murió tu mejor amigo y el resto chorrea y se cae. Todo en un spin, el tambor de un lavarropas, no, tampoco es eso, sin poder fijar o callar, todo gira como en una máquina tragaperras, pasan escenas como figuritas dibujadas pero no frenan, no se termina de alinear nada. Llamás vos, a tientas, lo primero que reconocés entre los contactos del celular, porque querés sacarte de encima todo eso que te ahoga, que te aprieta como un pulóver de esos de la primaria, que te acogotan y te raspa, que te va a matar, así que ayudame a tirar, agarrá la manga y tirá, aunque me duela.<span id="more-712"></span> </p>
<p>Son días antes que algo frene, algo se alinee. Nunca quisiste pastillas pero ahora pedís Alplax para poder dormir, porque sino el día es un alud, el barro te empuja para abajo y te arrastra. Y la media pastilla que te tomás te da un respiro, aunque sentís al despertar que seguiste empujando, durmiendo, contra algo correoso, algo fibroso, un frío lleno de músculo que hace palanca, trámites. Salís a la calle a caminar, para respirar. Caminás kilómetros, la ciudad como alfombra desenrrollada, voladora, pero a vuelo rasante. Elegís las calles laterales, te frenás a mirar las frutas en la verdulería, toda esa pulpa empaquetada y brillosa, los soretes de los perros en las plazas, toda esa mierda que te reclama. </p>
<p>Por Boedo, a las tres de la tarde, vas cruzándote de vereda buscando el sol y después la sombra, y ambas te dan escozor. Entrás colado a un Garbarino, querés ver eso, la gente comprando una Moulinex o un ventilador de pie, morboseando con el plan de 6 cuotas o de 12. Eso ya es un futuro, esa mujer se ve parada frente a la mesada, rallando zanahorias con la Moulinex, dentro de 6 meses, la primera sacudida cuando el cilindro naranja alcanza la cuchilla y después empuja, la impunidad del verdugo. O se ve transpirada, esperando que el ventilador de pie la barra en su bocanada, una vez que complete su ida y vuelta de radar. En el futuro está, para esa mujer, toda esa electricidad. </p>
<p>Cuando la ciudad muestra sus huecos, raleada, girás y volvés, atontado. Le mandás un mensaje de texto al profesor de geografía y pedís ir. Dice que sí, que pases, que dale, vení. Le contás cortito, conciso, para que no pinche. Pedís acostarte en la cama, pedís permiso. Dice que sí. Se acuesta al lado tuyo y los dos miran el techo. Las ventanas están cerradas, todo está cerrado, revuelto, las sábanas, el estómago. Girás para abrazarlo y él gira en paralelo y se acomoda. Te tragás todo, te atragantás, pero frenás antes de llorar. Metés la mano por abajo de la remera para tocar la carne, algo que no sea tu carne, que se sienta distinto. Después giran los dos media vuelta, como ventiladores de pie, y él te toca la panza a vos. Esto era lo que necesitaba, decís. Cerrás los ojos y te quedás callado. Después te levantás y vas al baño y te quedás un rato ahí, sentado en el inodoro, primero, y después mirándote al espejo, tratando de volverte transparente, de poder ver algo más allá. Pasa un rato largo, supongo. Salís y vas a la cocina y abrís la heladera. Volvés con una compotera con gelatina de naranja. Él está sentado en el sillón, vos te recostás y apoyás la cabeza en su regazo, le das la compotera y él te mete las cucharadas de gelatina en la boca. Qué rico esto, decís. Sonríe, una sonrisa que vos mirás desde abajo, como una cornisa. Prueba una cucharada. Es gelatina de naranja, dice. La gelatina que viaja a tu boca es una versión de la luz, luz detenida, poliédrica, la tragás y te hace un espacio adentro, te abre, hace palanca. </p>
<p>Se te cayó la guardia y ahora te entran por todos lados, de pronto estás indefenso, abandonado. Entra una canción del random en el teléfono, tres golpes de batería a destiempo, como si golpearan una puerta, apareciera un ojo en la mirilla y dieran una contraseña mafiosa. Y el verso lo recibís como un misil teledirigido, inesperado, &#8220;el mundo es grande (y está despierto) / me quedo despierto hasta tarde (para escuchar tu voz) /  esta luz está acá (para darte calor) / esta canción está acá (para darte fuerza)&#8221;, mientras vas camino al boliche, porque te recomiendan que sigas con tu vida normal. Nadie te pregunta qué te pasa, pero te ven raro y vienen, no saben por qué. Tu mirada no busca nada específico, sino que tantea tentacular, mide el espacio, para devolverle al cuerpo su contorno. Entra el chico cordobés (entrar es el único verbo que describe lo que pasa durante esos días, las cosas no pasan, sino que entran). Te pide perdón por todo lo que pasó. Te cuenta todo lo que le pasó en estos últimos meses, desde la última vez que se vieron. Es mucho. Habla, dice, mucho, pero siente que sus palabras se refractan en vos, que entran y salen, que no dejan marca, sedimento. Se frena y pregunta qué te pasa. Nada, decís. Abrazás. Él está sentado en la banqueta y vos te metés entre sus piernas y lo abrazás. Atrás de él está el espejo oscuro y te ves ahí. A vos te pasa algo, dice él. Eso levanta las lágrimas desde el estómago a los ojos y las suelta como papel picado, livianas, calientes. No quiero estar más solo, decís. Un momento antes de decirlo lo pensás como mentira estratégica, como cortina de humo, pero cuando lo estás diciendo lo sentís como una verdad repentina, desplegándose. Inventás alguna excusa y te vas. Caminás unas cuadras, el cielo se está revolviendo, celeste, sucio, como el agua de un lavarropas. Subís el volumen de la música y corrés, borracho, saltando los charcos de los porteros y los pilones de diarios de los diarieros. </p>
<p>Los días siguientes aprendés a correr. Renovás la membresía en el gimnasio por seis meses, te sumás a la fe de la mujer de Garbarino. Corrés en la cinta, te gusta que la máquina te diga cuántas calorías quemaste. Te gusta la palabra quemar, burn, en el tablero electrónico. Agarrás la barra para que te diga las pulsaciones. Corrés por los bosques, de noche. Caminás, también, más rápido. Te vas cuando no querés estar. Tratás de explicarle a los demás qué te pasa, pero no podés. Soy distinto, ahora, decís. Si decís más que eso te salen frases como galletitas de agua, para entretener la boca.</p>
<p>Pasa un mes y por fin un día escuchás los mensajes acumulados en el constestador y leés los emails. Llamás y pedís disculpas, decís que no pudiste llamar antes, que no te lo bancabas, que necesitaste este mes. Que ahora si podés ir, si hace falta. Te dicen que no hace falta. </p>
<p>Esa noche llamás al cordobés y lo invitás a dormir. Me gustó cuando lloraste el otro día, dice, acurrucado, mientras lo abrazás desde atrás. El aire frío del ventilador te pega en la espalda y lo sentís a él, tibio, envuelto contra el pecho. Te imaginás el cuerpo como un mapa con distintas zonas de temperatura, cruzado por líneas isotermas. Yo te quiero mucho, Christian, dice el cordobés. Te estoy escuchando, decís. Gira para mirarte pero la luz está apagada y no ves sus ojos, sino su aliento en la cara. El otro día estaba borracho y no escuché lo que me contaste, decís, pero ahora sí te estoy escuchando.</p>
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		<title>Pedro, Luciano, Mario y Ariel</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Nov 2011 06:10:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
				<category><![CDATA[indiscreciones]]></category>

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		<description><![CDATA[Pedro Pedro siempre está apoyado contra la misma columna, aturdido un poco por las luces de la pista de baile, que le pegan de frente, como esos tipos que miran el mar para que se le meta la sal en los ojos. Se viste siempre con pantalones cremita y chomba Legacy. Me regala el ticket [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Pedro </strong></p>
<p>Pedro siempre está apoyado contra la misma columna, aturdido un poco por las luces de la pista de baile, que le pegan de frente, como esos tipos que miran el mar para que se le meta la sal en los ojos. Se viste siempre con pantalones cremita y chomba Legacy. Me regala el ticket de la bebida, así yo aprovecho y tomo alcohol. Él pide una Pepsi light, toma unos sorbitos y después deja que la botellita de plástico se le caliente en la mano. </p>
<p>No baila. Mira. Su timidez me provoca. Me acerco.</p>
<p>– Estás lindo hoy, con tu chombita aburrida de siempre – le digo.</p>
<p>Me pega en la panza. Siempre hace eso. Me pega en la panza o me patea. Cogimos hace un tiempo. Coger, coger, una sola vez, el resto de las veces dormimos juntos y franeleamos.<span id="more-701"></span> A veces me seguía a mi casa, me tocaba el timbre y me traía hamburguesas del Burger King. Me fui de vacaciones y no le avisé y cuando volví encontré en el buzón un sobre de papel madera lleno de paquetes de pastillas Refresco, mis preferidas. </p>
<p>A la vigésima vez que se quedó a dormir en mi casa le pregunté su apellido. No me lo quiso decir. Su número de celular. Tampoco. Lo mandé a cagar. Ahora, cada vez que pasa, yo le toco el culo y él me responde pegándome. Ahora mismo lo tengo frente a mí, de espaldas, meando en el mingitorio. Están los cuatro mingitorios ocupados y me hago encima. </p>
<p>– Apurate que me meo, bebé – le digo.</p>
<p>Se pone todo duro. Me odia. Termina de mear, apurado, y retrocede para dejarme pasar, pero se queda maniobrando con la bragueta. </p>
<p>– Qué hacés, exhibicionista – le digo, mirándole la entrepierna.<br />
– Mirá – dice,  y me muestra que tiene botones en vez de cierre.<br />
–Bien ahí, pantalón nuevo… pero si estás borracho los botones te la complican. </p>
<p>Me pega una piña en la espalda.</p>
<p>– Pará, bebé, que estoy meando – le digo. Se va.</p>
<p><strong>Luciano</strong></p>
<p>Luciano usa chombas Kevingston con muchas inscripciones. Tiene el pelo enrulado, con gel y siempre que estoy bailando pasa y me toca el culo. Después me da un beso en la mejilla. Si le hago algún chiste se agarra el bulto y me dice “vení, chupala”. O algo así. En realidad murmura algo, que no se entiende. Tiene 25 años, baila como un soldadito, como si marchara arriba de una cinta de gimnasio, en cámara lenta. Cuando pasa algún viejo, les clava la mirada, se muerde el labio, dice “qué bombonazo” y, una vez que pasaron, les mira el culo. </p>
<p>Está bailando con otros amigos, saludo a todos con un beso en la mejilla. Me mira con cara de enojado. </p>
<p>– ¿Qué te pasa? – le pregunto.<br />
– No me pongas la cara, dame un beso bien.<br />
– Okay – digo, le agarro la cara con las dos manos y le doy un beso con ruidito. </p>
<p>Se ríe. Le convido un poco de mi Speed con vodka. Toma. Cuando me devuelve el vaso me doy cuenta de que ya tenía otro vaso en la mano. </p>
<p>– Estás borrachín – le digo –, tenés trago, pero igual aceptás el mío.<br />
– Estoy tomando desde las cinco de la tarde.<br />
– Sonamos… </p>
<p>Después, más tarde, nos cruzamos en la barra. </p>
<p>– Ayer salí a bailar – me cuenta –, y había cuatro turistas alemanes. Hice así – hace gesto con el dedito el gesto de “vengan” –, y pum, me los transé.<br />
– ¿A los cuatro juntos?</p>
<p>Me mira como diciendo “obvio”. Exagera, lo miro sonriendo. </p>
<p>– Me cogí a uno, pero me transé a los cuatro – corrige, como si eso hiciera más creíble la historia. Después me cuenta que la semana pasada se cogió a uno en el baño. Tampoco le creo. </p>
<p>Más tarde (y más borrachos) bailamos en grupo. De pronto se frena y le clava la mirada a alguien que está atrás mío. “Qué dulzón”, dice. Atrás mío hay un viejo de camisa negra que le sonríe. Se ponen a bailar juntos, marcando el ritmo con la pelvis, pero no hacen nada. Me acerco. </p>
<p>– ¿Y? Vamos, dense un beso que se termina la noche – les digo, abrazándolos. Se dan un piquito tímido –. Bien, ahora lo mismo, pero con lengua. </p>
<p>Juntan las bocas, las abren, se besan, y cuando se separan veo las lenguas enroscadas, iluminadas por las luces de colores.</p>
<p><strong>Mario</strong></p>
<p>Mario, el oso de musculosa, no se despega de la barra. Es argentino pero vive en Puerto Rico, y pronuncia las erres como eles. </p>
<p>– Eles un comemielda – me dice.<br />
– Hablá bien que sos de Lanús – le digo. </p>
<p>Para que me vaya me convida tragos. </p>
<p>–Toma – dice, y me da una copa de champán. Pero no me voy, me quedo ahí molestando.</p>
<p>Al final de la barra hay una caja grande con preservativos y otra con sobrecitos de lubricante. Veo que otro oso se acerca a agarrar un par. Cuando ve que lo miro se hace el distraído. </p>
<p>– Tenete fe – le digo –, agarrá más. </p>
<p>Se ríe y agarra dos más. </p>
<p>– Agarrá cuatro o cinco, canchereá, dale. </p>
<p>Agarra uno más. Se sienta en una banqueta, junto a otros tres osos, todos acodados en la barra. </p>
<p>– Les presento a mi amigo Mario – digo –, es de Lanús pero habla como Ricky Martin.<br />
– Ay pero tú si que eles un comemielda – dice Mario. </p>
<p>Los otros tres osos aprovechan para agarrar lubricante y preservativos. Veo que la caja de sobrecitos de lubricante ya está vacía pero la de forros está casi llena. </p>
<p>– Che, se llevan todos los lubricantes – digo –. Disimulen, al final son todos pasivos… </p>
<p>Se ríen. </p>
<p>– ¿Se van de fiesta los cuatro? – pregunto –, abarcándolos con un gesto. </p>
<p>Hay dos que asienten con la cabeza, el tercero duda, el cuarto niega enfáticamente. Habrían hecho los mismos gestos si les preguntaba si estaban borrachos. </p>
<p>– ¿Ustedes dos son pareja? – pregunta uno de ellos, señalándome a mí y a Mario.<br />
– Ojalá, pero él se resiste – digo yo, recostándome sobre el hombro carnoso del portoriqueño.<br />
– Ay bendito – dice Mario –, el que nunca quisiste eres tú.<br />
– Tiene un culo hermoso, lampiño, pulposo, muy muy chiquito – digo, cambiando de tema –. Es un osazo de la cintura para arriba, pero ahí abajo le implantaron dos naranjitas.<br />
– Pues whatever, cabrón – dice. Me llena la copita de champán y me voy. </p>
<p>Cuando más tarde voy a buscar preservativos y lubricante, no están.</p>
<p><strong>Ariel</strong></p>
<p>Ariel está siempre sentado en las gradas, abajo de los televisores que pasan películas porno. Es rubio y morrudo, sólido. Lo agarro fuerte del brazo y le doy un beso. Me gusta sentir el brazo ancho y carnoso. </p>
<p>Hay otro tipo muy parecido a él que anda por ahí. Durante mucho tiempo me los confundí. Le digo que me daría morbo verlo coger con su clon. </p>
<p>– Nada que ver conmigo – dice –, no somos parecidos.<br />
– Son los dos rubios, musculositos, machotes y con cara de orto – le digo. Se ríe.<br />
– Una vez me vino a hablar – me cuenta.<br />
– ¿Y?<br />
– Dio un montón de vueltas, miraba, y al final vino. Le di mi celular.<br />
– Esperá – interrumpo –, ¿no transaron y le diste el teléfono?<br />
– Sí, transamos.<br />
– Ah, contame bien la historia, no te saltees las partes eróticas.<br />
– Tenés razón – dice, y continúa–: Le di mi celular y quedó en llamarme para vernos. Me dijo que nos viéramos un viernes y ese mismo viernes a la noche canceló.<br />
– ¿Y desde ese día le cortaste el rostro?<br />
– Sí, no me gusta que me hagan eso.<br />
– Bueno&#8230; capaz le pasó algo.<br />
– No, no me gusta, es muy creído.<br />
– Bueno, al menos vino y te encaró. Vos, en cambio, cero, siempre en la misma columna con cara de orto. Además tiene lindo culo, mirá – digo, señalando con la cabeza. Justo pasa delante nuestro, tiene pantalones claros y el culo redondo.<br />
– Encaralo vos – me dice –, seguro te lo ganás.<br />
– No, yo quería ver dos clones transando y me cagaste la fantasía.<br />
– Sos terrible – me dice. </p>
<p>Le convido un poco de mi trago. No quiere. </p>
<p>– Tenés que tomar alcohol – le digo –, hay que intoxicarse un poquito para bajar las inhibiciones, sino no vas a coger nunca.<br />
– Hace mucho que no cojo – dice, aceptando el vaso.<br />
– ¿Cuánto?<br />
– No importa – dice, y se queda pensando –. Che, te tengo que contar algo – sigue, bajando la voz –. Yo tomo antidepresivos.<br />
– ¿Por eso tenés la libido baja?<br />
– No, antes también me pasaba. ¿Te acordás el otro día cuando nos encontramos en el colectivo?<br />
– Sí – le digo –, vos volvías del sauna, ¿no?<br />
– ¿Cómo sabés? – pregunta, sorprendido.<br />
– Eran las once de la noche de un martes – digo –, subiste en la esquina de Viamonte y Callao y tenías el pelo húmedo y la carita colorada. No hay que ser muy detective&#8230;<br />
– Sí, tenés razón. Dejé de tomar los antidepresivos un par de días y fui al sauna.<br />
– ¿Y, cogiste?<br />
– No – dice –, pero charlé con varios.<br />
– ¿Fuiste a charlar al sauna? ¿No te hiciste ni chupar la pija?<br />
– Me tocaron. Mucho.<br />
– No entiendo.<br />
– Yo me sentaba en el sauna húmedo, que es todo neblinoso por el vapor, y me dejaba tocar.<br />
– ¿La pija?<br />
– No, las piernas, los brazos, el pecho. Estuvo muy bueno. Mi psiquiatra se puso muy contento cuando le conté.</p>
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		<title>Dos besos</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Sep 2011 08:27:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Este teclado se ensució, y por eso de pronto pongo mayúsculas y queda trabado arriba, ahí arriba, gritando, a los cuatro vientos, todo. Es el estado del teclado (sucio) pero conectado con el estado de ánimo (primaveral, rebelde), que no le alcanza con tu susurrar o decir, sino que quiere gritar. Y por eso está [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Este teclado se ensució, y por eso de pronto pongo mayúsculas y queda trabado arriba, ahí arriba, gritando, a los cuatro vientos, todo. Es el estado del teclado (sucio) pero conectado con el estado de ánimo (primaveral, rebelde), que no le alcanza con tu susurrar o decir, sino que quiere gritar. Y por eso está historia empieza con un beso y termina con un beso.<span id="more-688"></span> </p>
<p>El primero en el jacuzzi, se me fue acercando, yo lo fui asimilando a través de la distorsión del agua, sólo le vi el pecho peludo y para abajo ondas, animal mitológico, sirena, mitad de cuerpo de hombre, la otra mitad sumergida en el agua. Estaba con otro, que por abajo, por esa parte difusa abajo del agua, lo tocaba. Me tiró la boca, como una dádiva, como una moneda a un mendigo, que hace clank y tenés la lengua en la boca. Pero era un beso ranura, un beso insert coin, una invitación a jugar al Pacman. Abría la boca así, horizontal, ranura, y vos tenías que insertar tu lengua y esperar una sacudida de su legua como una anguila eléctrica, una lengua que reaccionaba reptiliana, atacada. </p>
<p>Más abajo el tacto mejoraba el panorama, compensaba el espasmo linguístico, torpe, que me sacaba de marco todo el tiempo. Durito y tierno, invitación a tocar, abierto, pedigueño. Igual se sumó otro y yo me fui, no ofendido sino ofrendando, legando. Después el de la boca ranura vino a increparme con dulzura. Yo quiero estar con vos, el otro no me gusta. Y yo usé una diplomacia servil, una cortina de humo, para escaparme.</p>
<p>El otro beso es un beso continuo, de cuatro horas, donde apenas se vuelve a la superficie para respirar. Desde temprano le dije “vamos a casa” y se negó. Ese vamos a casa no eran ganas de coger, sino una sensación, la de estar otra vez en el lugar desde el que partí. Un nuevo comienzo. Como esas películas pedorras de terror, que de pronto sacan el capítulo “Un nuevo comienzo” y el asesino serial vuelve con cuchillos nuevos, más afilados.</p>
<p>Volvamos a casa, quise decir. Le pedí la cédula, porque yo estaba aturdido y él había dicho que tenía 18. Tuve que enfocar y desenfocar varias veces hasta que llegué al 1992 y tragué saliva. Justo cuando volvía con su boca, yo recostado en su falda, una Piedad de Miguel Ángel pero pedófila. No llego, insistía, avanzando con la boca, yo recostado sobre su falda. Es como cuando traté de chuparme la pija yo solo y no llegaba, dice. Tengo que dejar de pensar, pienso. No seguir la fila de miguitas obvias, Hansel y Gretel, de que este pibe no me besa a mí, sino que chupa su propia pija. Yo plomería que conecta, yo sorbete del narcisismo, ni siquiera la tenés tan grande. </p>
<p>Apretada retro en el reservado, excursión al baño, revisión en el espejo del baño para verme brutalmente disponible. El pelo revuelto, el cinturón desabrochado, la camisa abierta. Aparece atrás mío, como si apareciera desde dentro mío, en el espejo del baño, yo inclinado mojándome la cara con agua fría. Me inclino otra vez, él me abraza desde atrás. Yo hago sexo simulado, moviendo el culo, cintura hamaca, vení. Él se mete en una casilla del baño, para mear, se baja el cierre. Yo voy a meterme en el mismo casillero. Pero después le digo, en voz alta, bien clara, mejor no. Y meo en mi propio casillero. Tres días después, en el chat, desde cualquier lugar dice: No, si te me ponés así en el baño, estilo garchando, no te me vas a escapar. Me gusta ese “estilo garchando”, lo subrayo, me lo traigo. </p>
<p>Los besos empiezan en besos, en lengua, pero si me empiezo a reír adentro de tu boca, te reís conmigo, me decís qué te pasa boludo, pero me volvés a besar. Y después te frenás, me obligás a mirarte a los ojos y me decís “si esto es un garche and go avisame con tiempo”. Y yo te vuelvo a besar y me río, adentro de tu boca. Y esta vez me besás sin preguntar nada, sin preguntar qué te pasa boludo. Y el beso termina en la vereda, con ese enchastre de luz de madrugada mezclada con el neón. Te tenés que ir a tu casa, en colectivo, dos horas, con tus amigos. Vamos a tener que esperar pero dudás. Te reís. Volvés. Mirá cómo volvés.</p>
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		<title>Tótem</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Sep 2011 11:06:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
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		<description><![CDATA[- ¿Vos te das cuenta que son las cuatro de la mañana y es miércoles, no? &#8211; le digo a Johnny en el celular. Sí, se da cuenta pero quiere que me vista y que vaya a la Madeleine. - Yo te pago el taxi, dice. Vení rápido, no te duches ni nada. Es urgente. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>- ¿Vos te das cuenta que son las cuatro de la mañana y es miércoles, no? &#8211; le digo a Johnny en el celular. </p>
<p>Sí, se da cuenta pero quiere que me vista y que vaya a la Madeleine. </p>
<p>- Yo te pago el taxi, dice. Vení rápido, no te duches ni nada. Es urgente. </p>
<p>Me pongo un jogging, el sobretodo, una gorra de béisbol y me tomo un taxi, así, vestido como el degenerado que se abre el sobretodo y muestra la pija en la plaza.<span id="more-579"></span> </p>
<p>Cuando llego lo veo allá atrás, con la cabeza gacha, hablando por celular. Está comiendo una grande de muzzarella. Lo saludo y me hace señas de que no hable, que me siente, que coma. Está arreglando precio. </p>
<p>- Soy solo activo, no, no tengo merca, no, este fin de semana lo tengo ocupado, pero podés tomar un turno ahora. </p>
<p>Lo miro con odio. Me hace señas de que no me preocupe. Escucha en silencio, después dice: </p>
<p>- Cualquier cosa me llamás &#8211; y corta.</p>
<p>Yo como. Él ya me pidió la Coca light que sabe que me gusta. Mira todo el tiempo para abajo. </p>
<p>- Estoy al palo, me dice. Estoy triste. </p>
<p>Le pregunto qué tiene que ver con una cosa con la otra. Se para y me muestra. </p>
<p>- Sentate, pelotudo &#8211; le digo.<br />
- Estoy borracho &#8211; dice.<br />
- ¿Algo más? &#8211; le pregunto -. ¿Tomaste viagra?<br />
- No &#8211; me dice -, se me para sola cuando estoy triste. </p>
<p>Le sirvo una porción, pero pone cara de asco.</p>
<p>- ¿Hay algún lugar abierto? &#8211; pregunta.<br />
- Ni en pedo voy a ir a ningún lado vestido con jogging. Y menos un miércoles a esta hora.<br />
- Okay, entonces escuchame &#8211; dice. </p>
<p>Agarra un tenedor y empuja las aceitunas de la pizza, como si fueran fichas de un juego, alrededor del círculo de madera, como si fueran un sistema planetario. Me cuenta que su mamá se suicidó en Catamarca. </p>
<p>- ¿Cuándo? &#8211; le pregunto.<br />
- Hace 10 años. Mi viejo es borracho, nunca se recuperó.<br />
- ¿No era borracho antes de que ella se suicidara?<br />
- Sí &#8211; dice.<br />
- Johnny, ya me contaste toda esta historia mil veces. Pero me la cambiás todo el tiempo. A veces se suicida en el Chaco, otras en Misiones, hace 20 años, el año pasado&#8230;</p>
<p>Me mira como si hablara pavadas.</p>
<p>- Mi hermano se piensa que le robé el novio y me persigue, dice que me va a matar.<br />
- Eso también me lo contaste &#8211; digo -. Caín y Abel.<br />
- Okay &#8211; dice -, pero ahora estoy borracho.<br />
- Siempre me lo contás cuando estás borracho.</p>
<p>Voy a mear al baño. Juego con las bolitas de naftalina, que saltan con el chorro de pis, suben apenas en el mingitorio y giran. Otro sistema planetario. Vuelvo a la mesa. Le digo que termine, que lo llevo a su casa. </p>
<p>- Vamos a algún lado &#8211; dice.<br />
- Estás loco. A dormir. Abrí la boca, soplá. No tenés aliento a alcohol. Vos no estás borracho. </p>
<p>Se ríe. </p>
<p>- Sos un pelotudo &#8211; me dice -. Por eso estás solo.<br />
- Mirá que sos forro, eh. Dale, vamos.<br />
- Sigo con la pija parada &#8211; dice.<br />
- A mí que me importa, dale. </p>
<p>Paramos un taxi. Apenas subimos se me apoya en el hombro, se hace el dormido, empieza a respirar hondo, afloja el cuerpo que se balancea con las frenadas y aceleradas de los semáforos, después hace como que ronca, apunta la boca a mi cara. </p>
<p>- ¿No era que habías dejado de fumar? &#8211; le pregunto. </p>
<p>No contesta, pero cierra la boca para que no me llegue su aliento. </p>
<p>Lo tironeo para que se despierte y bajamos del taxi. </p>
<p>- No hagamos la comedia del borracho que hay que sostener para subir la escalera &#8211; le digo. </p>
<p>Tiene los cordones desatados. Le hago subir los escalones, me agacho para atarles los cordones. </p>
<p>- Cincuenta la chupada, dice, bajándose el cierre.<br />
- Por treinta cerramos &#8211; le digo. </p>
<p>Me arrodillo en el escalón, abro la boca, lo miro desde abajo, saco la lengua y me relamo. </p>
<p>- Vos sos capaz &#8211; dice, guardando la pija. </p>
<p>Arriba forcejeamos porque no me quiere dar las llaves. Se las tengo que sacar el bolsillo del jean a la fuerza. Se hace el que le da cosquillas. </p>
<p>- Vos con tal de manosearme hacés cualquier cosa &#8211; dice.<br />
- Estás todo fofo, nene, andá al gimnasio, dejá de robarle a los pobres viejos &#8211; le contesto. </p>
<p>Entramos y prendo la luz, unas dicroicas lúgubres, horribles. Cambió todos los muebles, que ahora son de cuero negro. </p>
<p>- ¿Vos no habías visto los muebles nuevos, no? &#8211; me dice. </p>
<p>Le digo que no, por suerte, y que me parece un lugar común que un taxi boy que se marketinea como amo dominante tenga todos los muebles de madera oscura, con cuero negro. </p>
<p>- No podés decorar así un departamento chico de dos ambientes, boludo. No me extraña que estés triste y te emborraches si vivís en esta catacumba. ¿Qué carajo es esto? &#8211; le pregunto -, señalándole una especie de poste de madera con inscripciones de lechuzas y jeroglíficos.<br />
- Son lámparas &#8211; tótem &#8211; dice.<br />
- ¿Me estás jodiendo?<br />
- Me las hicieron especialmente, me salieron carísimas &#8211; dice.<br />
- Genial. Podemos ponernos en bolas, bailar alrededor y sacrificarle ovejas al dios de la fertilidad.<br />
- Sigo con la pija parada &#8211; dice, poniéndose en bolas. </p>
<p>Lo empujo hacia su habitación. Camina haciéndose el Frankestein, levantando alto los pies para dar el siguiente paso, tambaleándose, estirando los brazos hacia adelante. Los muebles siguen la temática en el dormitorio. Hay dos veladores &#8211; tótem, y las sábanas de la cama son negras. Se hace el torpe y se tira torcido en la cama. Lo tengo que agarrar de las piernas y girarlo. El culo blanco, lampiño, rendondo, contrasta contra las sábanas negras. Gira para ponerse boca arriba, para que se le vea la pija, se tapa los ojos y se queja de la luz. Apago. Prendo un velador. Lo tapo con la sábana y la frazada. </p>
<p>- Sos un pelotudo &#8211; me dice.<br />
- Mañana te llamo &#8211; le digo.</p>
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		<title>Eclipse total</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Jul 2011 13:45:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ah todo eso. Echale la culpa a las luces, al alcohol y al sucundún y al eco y el pulso de la música que te pega en el pecho. El respingón de que se prende el aire acondicionado del boliche y de pronto estás otra vez ahí, los pies un poco pesados, el tacto que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ah todo eso. Echale la culpa a las luces, al alcohol y al sucundún y al eco y el pulso de la música que te pega en el pecho. El respingón de que se prende el aire acondicionado del boliche y de pronto estás otra vez ahí, los pies un poco pesados, el tacto que de pronto se te localiza en ese peso, en los pies, y ahora hay un pliegue ahí que jode, esa media, apoyás fuerte contra el piso y girás el pie para así el pliegue se va, pero no, siempre hay un pliegue en la media, y podés negociar empujarlo un poquito para acá o para allá, y en cuanto enfocaste el cuerpo y el pie y el pliegue te molesta también el elástico del calzoncillo, el jean que te cuelga y raspa un poco en la entrepierna, tirás un poco los hombros para atrás para que se te acomode la chomba que amenaza mutar en camisa de fuerza apretando los sobacos, y todo se vuelve picazón que empuja a picazón, piezas de dominó que caen una atrás de la otra haciendo un dibujito, pero antes que se cierre el dibujito lo perdés y volvés, metáfora de la vida, y la picazón se apaga toda junta como si te desenchufaran. Pero qué querés si ya van cuatro speeds con vodka que me tomé, medio apurado, no sé por qué, qué subte, qué último tren a Londres, qué fiebre del sábado por la noche, enjambre de murmullos descuidados, eclipse total de picazón.<span id="more-571"></span></p>
<p>Mi vista baja en vuelo rasante, como un 747 buscando pistas entre la ceniza volcánica: DJ fantasma borroso atrás del vidrio oscuro, caras de nada atrás de vidrios combos de vasos, que se reflejan en espejos, plataforma sobre la que bailan maniquíes espásticos, y ahí me freno y trato de conectar la letra de la canción con cosas que veo. Me divierto así, tengo una vida interior como una pecera, con pensamientos como pececitos, maquinas de hacer burbujitas, piedras fluorescentes e hilitos de mierda de pececitos en vaivén entre la burbuja, así que ahí vamos. Canción dice: bolsa de plástica flotando en el viento. Miro y no hay nada. Hay un viejo que baila enloquecido y tiene el pelo, quincho, como Richard Clayderman, pero sería exagerado conectar ese quincho a una bolsa de plástico en el viento. La canción sigue: como un castillo de naipes, a un soplo de distancia de desmoronarte. Viento del aire acondicionado, pedo de speed con vodka, sí, podría desmoronarme, pero lo que me pregunto es, ¿quién alrededor mío caería conmigo?</p>
<p>Dos ositos, bailando, como una interferencia de un dibujito animado, Hannah Barbera. Culito, culito, zarandeo, media vuelta, se ríen, son pareja, seguro. Son osos sección prolijo, inciso camisa a cuadros (pero planchada), apartado zapatitos lindos (no veo el material, pero no son zapatillas). Se parecen, como hermanos, pero de los hermanos distintos, se parecen en la cara de buenos, o capaz la cara de bueno es que son pendejos, que todavía la vida no los fermentó. Me mira uno, me mira el otro, cámara uno, corte, cámara dos, ponchame, plano general. Me miran, como si ya hubieran estado hablando de mí, como si se hubieran puesto a bailar ahí para mirarme, pero no se sonríen, son tímidos. O capaz me tomé el speed con vodka versión narcisismo 5 am. Ahora se van, demasiado Katy Perry para ellos y no quieren más bolsas de plástico en el viento ni castillos de naipes que se desmoran cuando el lobo sopla fuerte, el de la fábula, y tira abajo mi casa, la del oso holgazán.</p>
<p>Ahora voy yo atrás, transmutando de oso holgazán a lobo afilando comillos. No están abajo, en la barra, subieron al segundo piso, oscuro, tramposo, estancado. Dos escaleras y ahí están, rincón, sin vasos en la mano, pero sin charlar ni transar, o sea, esperando. Esperándome. Voy. Hola, qué tal, de dónde son, son muy lindos los dos, de Córdoba, ¿son culiados? Uso la versión del encare clásico modo levemente pavote. Funciona. Son pareja, cordobeses, tienen 21 y 22 años, ¿vos cuánto? Yo 40, digo, y se sorprenden y no parecés, pero un no parecés bien, no un no parecés gélido. Del clásico verbal paso al clásico manoseo. Le arreglo el cuello de la chomba a uno, amenazo con levantarle la remera al otro para ver si es peludo. Uno sí y uno no, dicen, adiviná cuál. Ya estamos juagando, empezamos con el veo veo, ya estamos en el adivina adivinador, después verdad consecuencia y después teto y después amigo invisible. Pero ahí me salgo del clasicismo, y en vez de dibujar la típica pera de este taller de pintura del levante, me voy para la mancha expresionista. Ahí atrás está Juancito, un pendejo de 22 años también, skater, que me encaró hace un par de años con otro skater, fuimos a coger y ambos tenían sendas pijas poroto, pero poroto de antes de tirar brotes antes del germinador. Encararon con el brío de la juventud, pero todo se desmoronó, como un castillo de porotos en el viento. ¿Te gusta él? Le digo a uno de los dos ositos culiados. Sí, es lindo. Vení, le digo a Juancito. Juancito viene recontento (con su porotito, pienso). Es simpático, dice muchas pelotudeces en estas situaciones, es como el perfecto extra para tu levante berreta, baby. Ya se franelea el skater con el otro y se dan un beso, atravesados. Queda un osito culiado de aquel lado, estos dos dándose un beso de lengua feroz y yo del otro lado. Se separan y coreográficamente me junto yo con el osito de la vereda opuesta y transamos. Ahora vos, ahora yo. Después los cuatro, para el final, pero de a cuatro es cualquier cosa que raspa, se necesitarían lenguas más tentaculares, o con dientes como engranajes. Todos con todos, de a dos, de a tres y después yo digo que quiero mirar, cinema verité. Pero me voy y los dejo jugando con el skater, que se entretengan un rato.</p>
<p>Vuelvo a la pista, a tomar un poco más, como si hiciera falta y ahí están, de nuevo los dos solos. Se me acercan. Te queremos a vos. No, Juancito es copado, les digo, como queriendo venderles unas medias baratas en un todo por dos pesos. Vamos todos, digo, para probar. Bueno, vamos, dicen. Me gusta este turismo de aventura, que viene decidido y consensuado. Bueno, vemos, digo, histeriqueando. Baja Juancito, le digo si le va irse los cuatro, me dice que conmigo sí. Me siento bien, porque a pesar de la noche de las narices y los porotos fríos, Juancito insiste. Consulto con los ositos para determinar los roles. Quién es activo, quién pasivo, quién flexible (pienso en un caño, de esos que venden en Easy). Voy a la barra a pedir otro trago y el barman de allá me llama y me dice yo también me prendo. Voy a la pista a bailar un rato y varios me cruzan y me dicen: qué turro, fiestita, me anoto.</p>
<p>Como una serie de clips conectados por sus extremos y magnetizados como un imán, en este mundo circular de la disco, todo se ve, todo se sabe, la paranoia es sabiduría, y cada palanquita que movés dispara chispazos, mueve engranajes y hace rebalsar tubitos de ensayos. Voy a consultar a dos pibes con los que cojo y cojo bien. ¿Quieren venir los dos? Uno dice: no, tengo milanesas en casa, tengo hambre. El otro dice yo sí, vamos. Pero cuando vuelvo donde están los dos ositos, la atmósfera cambió, sutilmente, pero lo noto. Es como si hubiera quebrado un banco y todos los ahorristas reclamaron con el puño en alto, atrás del vidrio espejado del banco. Ya somos cuatro, y me voy a ir al infierno si no sumo a Juancito, así que voy y le ofrezco. Me dice que conmigo sí, pero con mi amigo no. En esta reunión de directorio algunos empiezan a usar el poder del veto. Veto a aquél, porque es muy flaco. Este ya cogí, es pasivo. Este es amigo de mi amigo de mi amigo. Tengo ganas de decir: la red está ahí, estamos todos unidos, los cables y los caños van por abajo de la arena, se meten en el mar y lo atraviesan y vuelven a subir del otro lado, y ahora no es telégrafo, es fibra óptica, rápida, transparente, eterno presente.</p>
<p>Dame unos cuantos talonarios de números de distintos colores, unas seis o siete ventanillas y quince empleados públicos con buena disposición y te organizo la fiesta y todos contentos. Pero a esta altura el grafo de conexión sexual se complejizó demasiado y mi CPU hace gluglú con el speed con vodka. Elijo el algoritmo más fácil: vienen los categoría fiestero platinum, o sea, los que no tienen drama en encamarse con ninguno de los otros, los que entienden que la fiesta es la multiplicación del vinos y los panes, el acto de dar y recibir indiscriminadamente, donde se suspende la identidad del emisor y el receptor. Pero no digo eso, voy hasta los ositos y les digo. Mirá, se está complicando. Vayan con Juancito, que es buena onda. No, queremos ir con vos, nos gustás vos, dicen (claman, pienso, y después pienso, ay, qué pelotudo, qué mierda me creí). Vamos, digo, y me siguen los tres.</p>
<p>Salimos y vamos a esperar el 152. En la parada del colectivo me doy cuenta de que no presenté a nadie con nadie. Este es Fabián, estos son Lucas y Martín. Hola, se dicen. Bésense de lengua, che, digo. Se besan así de a uno, ordenados, en turno. Subimos al colectivo, ya en sincro, relajados, nadie se pelea para sacarle el boleto a nadie, todos esperan a que indique donde bajar. Engancho la llave en la cerradura perfecto, y yo presto atención a esos gestos, a esas confirmaciones. Subimos en dos ascensores, por las dudas.</p>
<p>Voy a mear y cuando vuelvo ya están besándose y en cuero, vamos para la pieza, digo. Y la palabra pieza me suena vieja, me siento viejo. Mi amigo agarra al gordito más peludo, el pasivo, y yo al lampiño, el activo. Besos, algunas risas cuando alguien trastabilla con el calzoncillo bajado en los pies, y algunas excursiones exploratorias, que se demoran. Yo busco forros y le acerco algunos a mi amigo. Mientras le chupo la pija a mi osito activo. Pero no se le para. Yo estoy al palo, pero él apenas amaga a endurecerse. Aprovecho y me hago chupar la pija por el osito pasivo, que está contento como perro con dos colas. Vuelvo a besar al osito activo y a chuparle la pija. Tiene abiertos los ojos cuando me besa. Qué pasa, está todo bien, me dice. Me besa pero como si me chupara de la boca, como un ternero que busca la teta de la madre.</p>
<p>Le doy un forro a mi amigo y le digo cogelo, señalando al osito pasivo. El osito pasivo ya está en cuatro, Winnie The Pooh episodio dámela toda. Me pongo de costado para que el osito activo vea como se cogen al novio. Y como esperaba, la pija se le pone al palo. Se la chupo un poco, rompo el sobrecito del forro y se lo pongo. Se acomoda para cogerme y en ese momento el osito pasivo empieza a gemir. Levemente, sin estridencias, pero transmitiendo en morse a través de la habitación: cómo me gusta esta pija. Al osito activo se le baja. Lo beso de nuevo. Mi amigo me mira, sigue cogiendo con todo. Después para, porque se da cuenta que le está matando la pjia al otro osito. Igual mi amigo y el osito pasivo siguen transando. Yo le digo al oído al osito activo: ¿qué pasa, bonito? Me mira, con los ojos gigantes azules brillando en la penumbra. Tu amigo se lo coge re bien a mi novio, se lo coge mucho mejor que yo. Y después hincha los labios en un pucherito involuntario. No, papá, no pasa nada, digo. Hago el gesto de que voy a frenar a los otros dos, pero me dice que no, que los deje. La pjia se le pone dura de nuevo, y cuando se la agarro se le baja. Mi amigo le da con todo al osito y el osito acaba. Mi amigo sigue bombeando un poco más y acaba también. Se tiran en la cama. El osito activo vuelve a tener la pija dura, automáticamente, apenas su rival queda fuera de juego. Parecen ET y Elliot, al final de la película, uno tiene que morir para que el otro sobreviva, sutilmente conectados, espejados, invertidos.</p>
<p>Insiste con ponerse el forro, pero se le vuelve a bajar. Yo ya estoy cansado de remar con la pija blanda una hora. Todo bien, no tenemos que coger, le digo. Los otros están volviendo del sopor y se suman para morder pezones, besar, remar este bote inflable pinchado contracorriente las cataratas del Iguazú. Al final le digo, con suavidad y mirándolo a los ojos, que paremos. El osito activo se queda mudo, se sale de la cama y se queda ahí parado. Pero yo te quería coger, me dice. No pasa nada, le digo, no todo es meterla, está todo bien con franelear y chuparse un rato. Vení, le digo, y palmeo el centro de la cama. Pienso que hace mucho que no doy vuelta el colchón, no debería palmear con tanta fuerza, y casi veo en la oscuridad un polvo mágico subiendo en el aire. Si no se te para, poné el culito hermoso que tenés y mi amigo te coge. Santo remedio. No se mueve, me mira fijo. Christian, no seas zarpado, me dice mi amigo. Es un chiste, che.</p>
<p>Se acuesta y se hace un ovillo. Lo abrazo, de frente, y después trato de que me apoye la cabeza en el pecho, pero insiste con ovillarse. La cama se empieza a mover, como si estuviera a punto de despegar, Mary Poppins. Es el osito activo que llora, acongojado, y mueve toda la cama. Ey, loquito, qué pasa, le digo. Vení, mirame. Se tapa los ojos con las dos manos, un gesto también de dibujito animado. Le saco las manos de los ojos. Tiene los ojos hermosísimos, azules, y la mirada triste, cada vez más grande. No pasa nada, insisto. ¿Sabés la cantidad de veces que no se me paró a mí? ¿Sabés la cantidad de catástrofes que me pasaron en este tipo de fiestas? A veces uno piensa que quiere algo, pero no lo quiere. O lo quiere en la cabeza, pero no en la realidad. O lo que más deseás, cuando lo tenés te da miedo. Nos pasa a todos. ¿No es cierto?, digo enfocando la boca hacia arriba, buscando sexo. Tal cual, dice mi amigo.</p>
<p>Soy un desastre, dice el osito activo. No, nene, nada que ver. He tenido camas mucho mucho peores. Esta fue un desastre porque tenía todas las ganas de que me regarcharas, pero tuve otras 60 o 70 peores. Me mira fijo. Me río. Es un chiste, boludo. Aparte, mirá, todavía estás acá, si fueras tan desastre ya te hubiera echado. Me acuerdo de que mi amigo tiene que laburar a las 8 y de reojo veo que ya son las 7. Nos quedan unos pocos minutos. Sos un osito hermoso, vas a tener muchas garchadas en tu vida, muchas fiestas, y la mayoría, como las mías, van a ser con la pija parada. No te preocupes, digo. Ahora todos a abrazar al osito llorón. Me pongo de frente y lo abrazo. El novio lo abraza de atrás y mi amigo se acuesta un poco encima de todos, como en una montaña rusa.</p>
<p>Sentimos la respiración de los demás acumulándose en el centro, calentando el aire, mientras los pliegues de los sobacos, la panza y las piernas empiezan a humedecerse de transpiración y a abrirse, y la luz de afuera empieza a entrar, entrar, entrar en la habitación.</p>
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