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	<title>Puto y aparte</title>
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		<title>Limpieza</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Apr 2012 09:48:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
				<category><![CDATA[nocturnos]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Si voy a perderlo todo va a ser ahora, frente al espejo. Hay una vuelta hacia atrás, un pisotear de senderos de crema pastelera, un flipper con las lucecitas todas en TILT. Me invitás a subir a ese auto y después esa cinta blanca, esa ruta, ese halo alrededor de las luces altas, el camión que viene de frente y te toca bocina. Yo quiero ser tu hijo preferido. Digo eso y me levanto y me voy, con la botellita de agua mineral en la mano. La próxima sesión es el martes.<span id="more-1282"></span></p>
<p>Estamos los cuatro sentados en la vereda, pedimos, vos y yo, un café con leche, los otros dos una cerveza negra y hablamos de nosotros, pero hace 20 años. Vos decís que nunca lloraste por una mujer. Tu confesión viene de ninguna parte, o mejor dicho viene desde adentro, no se sigue de la conversación. ¿Qué te importa?, pregunto yo. Te quedás callado, no tenés nada que responder. Yo sí lloré, lloré por vos, pienso.</p>
<p>Me acuerdo de aquella noche, decís. Estaba borracho, en un boliche, y una chica me abrazaba desde atrás. Yo tenía la remera rota, y ella me abrazaba, me acariciaba. Pero no recuerdo su cara. Estás buscando hacia atrás, haciendo rewind 20 años, escarbar. ¿Pedimos otra cerveza negra? Yo ya tomé mi café, así que pedí cuatro vasos.</p>
<p>Marianela tiene un ataque de pánico. Me avisa a las 4 de la mañana en facebook, pero yo veo el mensaje al otro día. Por favor no le cuentes a Hernán, pide. Carlitos se sienta en la escalera, borarcho, se abraza al hierro y se queda ahí. Por favor no le digas a nadie, me pide. Damián me manda un mensaje de texto: le digo todo lo que siento y él hace el perrito abandonado en la lluvia, pero por favor vos no te metas, me dice.</p>
<p>Están todos así, como un senku trabado, si no te movés y dejás este agujerito no hay juego, no hay intercambio. Apagá ese celular en el que hundís la cara para esconderte, log out de facebook para que te pegue de nuevo el baldazo en la cara, manguereame, regame, despertame.</p>
<p>Escribo y borro, y después pienso y me abrazo a la almohada. No estoy hablando de impaciencia ni de soledad. Es una manera de estar otra vez acá. Vos venís y te instalás en el sofá, tomamos un té con unos alfajorcitos duros que compré en la panadería. No decís mucho porque estás somnolienta, empastillada, pero estás acá. Yo estoy buscando algo, decís. Hacés meditación y te quedás dormida y roncás. ¿Eras vos la que roncabas?</p>
<p>Mando mensaje de texto. Ya pasaron 4 años. Nada. Mando otro mensaje de texto, y ahí sí contestás, hablamos. Es como un huracán que arrasa la Bristol, y después tenés que ir y mirar con ojos de arqueólogo. Este envoltorio de un helado de 1974, esta palita de plástico igual herrumbrada, esta bollo de papel revista Siete Días.</p>
<p>Cuando quiero resumir me sale este pegote. Este puré de zapallo, esta pasta de almendras, este chocolate cobertura. Vuelvo al pasado, pero sólo para tomar impulso y empujar otra vez, hacia el ahora. Después descanso. Si miro y me fijo alrededor veo esta pantomima, ese biombo de telgopor. Si no me invitás yo no voy. No estoy enojado, no quiero nada. Voy a quedarme acá mirando. No a vos, sino la tierrita entre los dedos de los pies, ese lugar calentito donde podría crecer un hongo, y adentro un pitufo, y después de ahí crear un mundo, como lo hace Maru Botana.</p>
<p>No digo multiplicación, creced y multiplicaos. Me imagino otra cosa. Dos personas. No sé si yo, nunca vos, sentados de frente, saludándose, intercambiando un par de datos oblicuos, y después saludándose, deseándose de verdad que estés bien, que todo esto sea un principio de algo, no el rebote pesado de toda esta ropa mojada en el lavarropas, centrifugada. Otra cosa, un reset, un trampolín que se quiebra, una pileta vacía, un balcón que se desploma con un grupo de adolescentes borrachos encima.</p>
<p>Si no es eso, mejor me voy a dormir, que viene a ser como tirar Cif y limpiar esa superficie con un papel. Una vez que dejás caer esa pregunta puede empezar algo interesante. Hasta ese momento estoy acá, sin esperar, mirando para afuera, como si me miraran.</p>
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		<title>No estoy borracho</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Mar 2012 11:03:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Yo estaba recostado contra una columna, con un vaso en la mano. Al lado mío estaba el cordobés. Fue en ese momento que apareciste entre la gente. No, no apareciste, yo diría más bien que la gente te abrió y te dejó al descubierto. El cordobés y yo estábamos medio borrachos, sí, pero sobre todo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Yo estaba recostado contra una columna, con un vaso en la mano. Al lado mío estaba el cordobés. Fue en ese momento que apareciste entre la gente. No, no apareciste, yo diría más bien que la gente te abrió y te dejó al descubierto. El cordobés y yo estábamos medio borrachos, sí, pero sobre todo adormecidos, mecidos por el speed con vodka, y esa mezcla espesa de penumbra y luces que te pegan en la cara. La noche empezaba a maniobrar para emprender el descenso y ninguno de nosotros tenía puesto el cinturón de seguridad.</p>
<p>Vos venías con una botella en la mano, caminabas articulado, chueco y robocop. Chiquito, maleable. Traías una botella de sidra Real en la mano, que levantaste y pendulaste en el aire.<span id="more-731"></span></p>
<p>Nos tenemos que ir, le dejamos la botella, dijiste.</p>
<p>Venías con otro pibe, que no había visto hasta que te tuve encima. Miré la botella de sidra.</p>
<p>¿Viene con pan dulce y con turrones?, pregunté.</p>
<p>Te reíste.</p>
<p>No, recién la compramos y nos tenemos que ir, todavía está fría.</p>
<p>Te reías. Eras lindo. Ahora dejaste quieta la botella y el que pendulaste fuiste vos, apoyando un pie y después el otro, como los chicos cuando se están haciendo pis.</p>
<p>Quédense con nosotros y entre los cuatro nos tomamos la sidra en un ratito, dije. Todo el año es Navidad. Y sino armamos alguna otra fiesta.</p>
<p>Vos te reíste, el cordobés resopló por la nariz. Después hubo silencio, esperando que yo dijera que hablaba en chiste, pero yo me quedé callado. Vos te reíste de nuevo, pero tu amigo no se rió.</p>
<p>Podría ser, dijiste.</p>
<p>No, che, todo bien pero nos tenemos que ir, cortó tu amigo.</p>
<p>¿A vos cómo te gustan? ¿No te van los osos como yo?, dije, disfrutando de la incomodidad.<br />
No, al contrario. Mi novio se parece mucho a vos. Vos sos muy lindo, dijo, mucho más lindo que él, dijo, señalando con la cabeza al cordobés.</p>
<p>Cagamos, pensé. La culpa es mía por tirar cualquiera. La tensión de la incomodidad propele a algunos hacia lo que desean, hacia adelante, y otros se sacuden y revolean piñas para zafar.</p>
<p>¿Qué me tenés que decir a mí que soy feo, forro?, reaccionó el cordobés. Tiró los hombros para atrás y el pecho para adelante. Lo abracé para frenarlo.</p>
<p>Che, no le digas eso a él que no dijo nada, le dijiste vos a tu amigo.</p>
<p>Yo no dije nada malo, dijo tu amigo.</p>
<p>Soltame, no me agarres, me decía el cordobés, tratando de zafarse.</p>
<p>Eh, loco, no te enojés conmigo, le dije al cordobés. Traquilo, está en pedo. El boludo que armó el lío acá soy yo. Tranquilo.</p>
<p>Sacame las manos de encima, insistió el cordobés.</p>
<p>Vos viniste de este lado y le dijiste que tu amigo estaba en pedo, le pediste disculpas. Bajaste la voz, le pusiste al cordobés la mano por arriba del hombre. Te comías las eses, te patinaban las erres. Eras correntino.</p>
<p>No hablen los dos comiéndose las eses porque me calientan mal, les dije, asomándome.</p>
<p>Se miraron entre los dos y se rieron, aunque el cordobés seguía enojado.</p>
<p>¿Por qué me tiene que decir que soy feo?, insistió el cordobés.</p>
<p>Nene, sos muy lindo vos, y lo sabés, le dijiste vos al cordobés. Y a tu amigo, dijiste, señalándome a mí, ya lo tengo visto, y siempre tiene buena onda.</p>
<p>Ah, genial, él es el lindo y yo soy el macanudo, dije yo, haciéndome el ofendido.</p>
<p>Vos me clavaste la mirada.</p>
<p>No me busqués vos, que lo dejo a mi amigo acá y me voy a enfiestarme con ustedes dos.</p>
<p>El cordobés forcejeó para írsele encima a tu amigo.</p>
<p>Llevate vos a tu amigo, te dije, que yo me lo llevo a este, sino se van a agarrar.</p>
<p>Desapareciste. Yo le pregunté al cordobés si quería mear, si quería vomitar. No estoy en pedo, contestaba, pero no me voy a bancar que me bardeen así.</p>
<p>Salimos y ya estaba amaneciendo. Caminamos por avenida Santa Fé hasta la esquina de Callao. En apenas cien metros la conversación se fue a los caños. Yo le decía al cordobés que no hay que darle bola a la gente borracha, que no vale la pena enojarse, y que no podés andar por la vida cagando a piñas a todos los pelotudos que te cruzás. No dan los números, no alcanzan las piñas, sobran los pelotudos. Su discurso cambiaba gradualmente y me di cuenta que no estaba enojado con tu amigo, sino con otras cosas. No voy a bancarme que un porteño me pisotee, decía el cordobés. Cagamos, pensé, ¿seré yo el porteño que lo pisotea? Le pregunté. No, papá, me dijo el cordobés, no sos vos, si vos sabés lo que te quiero.</p>
<p>En la esquina de Callao se frenó. Se apoyó contra el semáforo y empezó a repetir. No voy a dejar que me pisoteen. Estoy cansado que se aprovechen de mí. Se le empezaron a caer lágrimas de los ojos. No se tapó la cara, ni se secó las lágrimas. Hablaba y dejaba que las lágrimas se le caigan. Lo abracé.</p>
<p>Acá estoy, escuché que decían atrás mío. Eras vos. A mi amigo lo subí a un taxi, que se vaya a cagar.</p>
<p>Cuando viste que el cordobés estaba llorando preguntaste qué pasa. Está en pedo, dije. ¡No estoy en pedo!, me cortó el cordobés. No grités, papá, dijiste vos.</p>
<p>Vamos a casa, dije yo.</p>
<p>Yo no voy a coger, dijo el cordobés.</p>
<p>A tomar un té, dije yo.</p>
<p>A vos se te escapó una carcajada.</p>
<p>A tomar un té, en serio, insistí yo. Decidí vos, nene, le dije al cordobés.</p>
<p>Okay, vamos.</p>
<p>El taxi lo pagaste vos. Dijiste yo invito, cuando el cordobés insistía en pagar él y no podía encontrar los bolsillos del jean, apretado en el asiento de atrás entre nosotros dos.</p>
<p>Cuando llegamos a casa puse el agua a hervir. Vos te sacaste las zapatillas y tenías un olor a pata tremendo.</p>
<p>No podés tener ese olor a pata, hijo de puta, dije. El cordobés se rió.</p>
<p>Laburé todo el día, dijiste.</p>
<p>¿Pero mirá si conocés a alguien en el boliche? ¿Con ese olor a pata te vas a coger?</p>
<p>¿Como ahora?, dijiste.</p>
<p>Yo no voy a coger, dijo el cordobés.</p>
<p>No vamos a coger, dije yo.</p>
<p>Le sacamos las zapatillas al cordobés. Vos una, yo otra. Se dejaba hacer. No hay nada más lindo que te saquen la ropa borracho.</p>
<p>No estoy borracho, dijo el cordobés.</p>
<p>Le sacamos la camisa. Se quiso levantar a doblarla en la silla, porque es maniático. Lo frené. Con el jean tuvimos que tironear un rato, porque los usa muy ajustados. Se reía, el boludo.</p>
<p>Quedó en slip, con las cadenitas plateadas brillándole contra la piel oscura, lampiña. El ombligo.</p>
<p>¿Puedo sacarme yo también?, dijiste vos.</p>
<p>Yo fui a apagar el agua. Cuando volví el cordobés meaba en el baño. El olor a pata me mata, vamos a la cama, dije.</p>
<p>Fuimos los tres a la cama. Ustedes dos se tiraron en la cama, boca arriba. Los dos en slip, los dos de piel oscura, lampiños. Vos con un tatuaje de una araña en el pecho, y en la ingle una telaraña con una mosca atrapada. El cordobés con sus cadenitas, que no se saca nunca.</p>
<p>Me saqué la ropa y vos me viste la lastimadura en la pierna.</p>
<p>¿Qué es esto?, preguntaste.</p>
<p>Me hice mierda contra un poste andando en rollers, dije.</p>
<p>Así me gusta, los hombres que salen al mundo y se golpean. Yo tengo muchas cicatrices. Mi favorita es una que me hice jugando a la escondida.</p>
<p>¿Jugás a la escondida todavía o es vieja?</p>
<p>Sí, juego.</p>
<p>¿Qué edad tenés?</p>
<p>25. ¿Vos?</p>
<p>41.</p>
<p>¿El cordobés?</p>
<p>34, dijo el cordobés.</p>
<p>Me tiré en la cama y nos quedamos los tres mirando el techo.</p>
<p>Yo no hago nada, dije yo.</p>
<p>Yo tampoco, dijiste vos.</p>
<p>El cordobés había quedado en el medio.</p>
<p>Yo sí, dijo el cordobés, y me dio un beso. Pensé que me iba a dar un piquito pero me metió la lengua.</p>
<p>Cogimos.</p>
<p>Cuando los tres nos lavamos y volvimos a la cama les pregunté si podía grabar la conversación. Me miraron raro. ¿Para qué? Para guardarla, para no olvidarme de todo esto. Yo no tengo drama, dijiste vos. Yo tampoco.</p>
<p>Hablamos durante dos horas. El cordobés ponía temas de su celular, temas melosos. Retumbaban horrible porque el parlantito del celular era pésimo, pero insistió. Lo dejamos. Hablamos un montón. Pero prometí que iba a mantener esa grabación en secreto.</p>
<p>Después nos dormimos, vos pediste dormir en el medio de los dos. Me desperté unas horas después porque la cama temblaba. Cuando giré te vi. Entraba ya la luz de la mañana en la habitación. Estabas boca arriba con las rodillas un poco flexionadas y las manos demasiado abiertas. Temblabas, como si te corriera electricidad por el cuerpo. Te temblaban los tatuajes, la araña del pecho y el de la ingle. Tenías la pija al palo. A la luz de la ventana la pija parecía como de masa, como una galletita alargada.</p>
<p>Me incorporé y por encima tuyo desperté al cordobés. Te señalé y le pregunté: ¿Qué le pasa?</p>
<p>El cordobés te miró la cara y después bajó por el cuerpo. Te vio la pija parada. Te la agarró y después te la soltó. Te volvió a mirar la cara. </p>
<p>Es un perro que sueña, dijo.</p>
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		<title>Atrás</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Feb 2012 11:57:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Atrás está todo eso. La llamada entra a las 8 de la mañana, vos borracho, aturdido, aterido, escuchás y pedís que te repitan, porque no puede ser, no es posible. Un zumbido y una explosión, en tu cabeza: murió tu mejor amigo y el resto chorrea y se cae. Todo en un spin, el tambor [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Atrás está todo eso. La llamada entra a las 8 de la mañana, vos borracho, aturdido, aterido, escuchás y pedís que te repitan, porque no puede ser, no es posible. Un zumbido y una explosión, en tu cabeza: murió tu mejor amigo y el resto chorrea y se cae. Todo en un spin, el tambor de un lavarropas, no, tampoco es eso, sin poder fijar o callar, todo gira como en una máquina tragaperras, pasan escenas como figuritas dibujadas pero no frenan, no se termina de alinear nada. Llamás vos, a tientas, lo primero que reconocés entre los contactos del celular, porque querés sacarte de encima todo eso que te ahoga, que te aprieta como un pulóver de esos de la primaria, que te acogotan y te raspa, que te va a matar, así que ayudame a tirar, agarrá la manga y tirá, aunque me duela.<span id="more-712"></span> </p>
<p>Son días antes que algo frene, algo se alinee. Nunca quisiste pastillas pero ahora pedís Alplax para poder dormir, porque sino el día es un alud, el barro te empuja para abajo y te arrastra. Y la media pastilla que te tomás te da un respiro, aunque sentís al despertar que seguiste empujando, durmiendo, contra algo correoso, algo fibroso, un frío lleno de músculo que hace palanca, trámites. Salís a la calle a caminar, para respirar. Caminás kilómetros, la ciudad como alfombra desenrrollada, voladora, pero a vuelo rasante. Elegís las calles laterales, te frenás a mirar las frutas en la verdulería, toda esa pulpa empaquetada y brillosa, los soretes de los perros en las plazas, toda esa mierda que te reclama. </p>
<p>Por Boedo, a las tres de la tarde, vas cruzándote de vereda buscando el sol y después la sombra, y ambas te dan escozor. Entrás colado a un Garbarino, querés ver eso, la gente comprando una Moulinex o un ventilador de pie, morboseando con el plan de 6 cuotas o de 12. Eso ya es un futuro, esa mujer se ve parada frente a la mesada, rallando zanahorias con la Moulinex, dentro de 6 meses, la primera sacudida cuando el cilindro naranja alcanza la cuchilla y después empuja, la impunidad del verdugo. O se ve transpirada, esperando que el ventilador de pie la barra en su bocanada, una vez que complete su ida y vuelta de radar. En el futuro está, para esa mujer, toda esa electricidad. </p>
<p>Cuando la ciudad muestra sus huecos, raleada, girás y volvés, atontado. Le mandás un mensaje de texto al profesor de geografía y pedís ir. Dice que sí, que pases, que dale, vení. Le contás cortito, conciso, para que no pinche. Pedís acostarte en la cama, pedís permiso. Dice que sí. Se acuesta al lado tuyo y los dos miran el techo. Las ventanas están cerradas, todo está cerrado, revuelto, las sábanas, el estómago. Girás para abrazarlo y él gira en paralelo y se acomoda. Te tragás todo, te atragantás, pero frenás antes de llorar. Metés la mano por abajo de la remera para tocar la carne, algo que no sea tu carne, que se sienta distinto. Después giran los dos media vuelta, como ventiladores de pie, y él te toca la panza a vos. Esto era lo que necesitaba, decís. Cerrás los ojos y te quedás callado. Después te levantás y vas al baño y te quedás un rato ahí, sentado en el inodoro, primero, y después mirándote al espejo, tratando de volverte transparente, de poder ver algo más allá. Pasa un rato largo, supongo. Salís y vas a la cocina y abrís la heladera. Volvés con una compotera con gelatina de naranja. Él está sentado en el sillón, vos te recostás y apoyás la cabeza en su regazo, le das la compotera y él te mete las cucharadas de gelatina en la boca. Qué rico esto, decís. Sonríe, una sonrisa que vos mirás desde abajo, como una cornisa. Prueba una cucharada. Es gelatina de naranja, dice. La gelatina que viaja a tu boca es una versión de la luz, luz detenida, poliédrica, la tragás y te hace un espacio adentro, te abre, hace palanca. </p>
<p>Se te cayó la guardia y ahora te entran por todos lados, de pronto estás indefenso, abandonado. Entra una canción del random en el teléfono, tres golpes de batería a destiempo, como si golpearan una puerta, apareciera un ojo en la mirilla y dieran una contraseña mafiosa. Y el verso lo recibís como un misil teledirigido, inesperado, &#8220;el mundo es grande (y está despierto) / me quedo despierto hasta tarde (para escuchar tu voz) /  esta luz está acá (para darte calor) / esta canción está acá (para darte fuerza)&#8221;, mientras vas camino al boliche, porque te recomiendan que sigas con tu vida normal. Nadie te pregunta qué te pasa, pero te ven raro y vienen, no saben por qué. Tu mirada no busca nada específico, sino que tantea tentacular, mide el espacio, para devolverle al cuerpo su contorno. Entra el chico cordobés (entrar es el único verbo que describe lo que pasa durante esos días, las cosas no pasan, sino que entran). Te pide perdón por todo lo que pasó. Te cuenta todo lo que le pasó en estos últimos meses, desde la última vez que se vieron. Es mucho. Habla, dice, mucho, pero siente que sus palabras se refractan en vos, que entran y salen, que no dejan marca, sedimento. Se frena y pregunta qué te pasa. Nada, decís. Abrazás. Él está sentado en la banqueta y vos te metés entre sus piernas y lo abrazás. Atrás de él está el espejo oscuro y te ves ahí. A vos te pasa algo, dice él. Eso levanta las lágrimas desde el estómago a los ojos y las suelta como papel picado, livianas, calientes. No quiero estar más solo, decís. Un momento antes de decirlo lo pensás como mentira estratégica, como cortina de humo, pero cuando lo estás diciendo lo sentís como una verdad repentina, desplegándose. Inventás alguna excusa y te vas. Caminás unas cuadras, el cielo se está revolviendo, celeste, sucio, como el agua de un lavarropas. Subís el volumen de la música y corrés, borracho, saltando los charcos de los porteros y los pilones de diarios de los diarieros. </p>
<p>Los días siguientes aprendés a correr. Renovás la membresía en el gimnasio por seis meses, te sumás a la fe de la mujer de Garbarino. Corrés en la cinta, te gusta que la máquina te diga cuántas calorías quemaste. Te gusta la palabra quemar, burn, en el tablero electrónico. Agarrás la barra para que te diga las pulsaciones. Corrés por los bosques, de noche. Caminás, también, más rápido. Te vas cuando no querés estar. Tratás de explicarle a los demás qué te pasa, pero no podés. Soy distinto, ahora, decís. Si decís más que eso te salen frases como galletitas de agua, para entretener la boca.</p>
<p>Pasa un mes y por fin un día escuchás los mensajes acumulados en el constestador y leés los emails. Llamás y pedís disculpas, decís que no pudiste llamar antes, que no te lo bancabas, que necesitaste este mes. Que ahora si podés ir, si hace falta. Te dicen que no hace falta. </p>
<p>Esa noche llamás al cordobés y lo invitás a dormir. Me gustó cuando lloraste el otro día, dice, acurrucado, mientras lo abrazás desde atrás. El aire frío del ventilador te pega en la espalda y lo sentís a él, tibio, envuelto contra el pecho. Te imaginás el cuerpo como un mapa con distintas zonas de temperatura, cruzado por líneas isotermas. Yo te quiero mucho, Christian, dice el cordobés. Te estoy escuchando, decís. Gira para mirarte pero la luz está apagada y no ves sus ojos, sino su aliento en la cara. El otro día estaba borracho y no escuché lo que me contaste, decís, pero ahora sí te estoy escuchando.</p>
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		<title>Pedro, Luciano, Mario y Ariel</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Nov 2011 06:10:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
				<category><![CDATA[indiscreciones]]></category>

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		<description><![CDATA[Pedro Pedro siempre está apoyado contra la misma columna, aturdido un poco por las luces de la pista de baile, que le pegan de frente, como esos tipos que miran el mar para que se le meta la sal en los ojos. Se viste siempre con pantalones cremita y chomba Legacy. Me regala el ticket [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Pedro </strong></p>
<p>Pedro siempre está apoyado contra la misma columna, aturdido un poco por las luces de la pista de baile, que le pegan de frente, como esos tipos que miran el mar para que se le meta la sal en los ojos. Se viste siempre con pantalones cremita y chomba Legacy. Me regala el ticket de la bebida, así yo aprovecho y tomo alcohol. Él pide una Pepsi light, toma unos sorbitos y después deja que la botellita de plástico se le caliente en la mano. </p>
<p>No baila. Mira. Su timidez me provoca. Me acerco.</p>
<p>– Estás lindo hoy, con tu chombita aburrida de siempre – le digo.</p>
<p>Me pega en la panza. Siempre hace eso. Me pega en la panza o me patea. Cogimos hace un tiempo. Coger, coger, una sola vez, el resto de las veces dormimos juntos y franeleamos.<span id="more-701"></span> A veces me seguía a mi casa, me tocaba el timbre y me traía hamburguesas del Burger King. Me fui de vacaciones y no le avisé y cuando volví encontré en el buzón un sobre de papel madera lleno de paquetes de pastillas Refresco, mis preferidas. </p>
<p>A la vigésima vez que se quedó a dormir en mi casa le pregunté su apellido. No me lo quiso decir. Su número de celular. Tampoco. Lo mandé a cagar. Ahora, cada vez que pasa, yo le toco el culo y él me responde pegándome. Ahora mismo lo tengo frente a mí, de espaldas, meando en el mingitorio. Están los cuatro mingitorios ocupados y me hago encima. </p>
<p>– Apurate que me meo, bebé – le digo.</p>
<p>Se pone todo duro. Me odia. Termina de mear, apurado, y retrocede para dejarme pasar, pero se queda maniobrando con la bragueta. </p>
<p>– Qué hacés, exhibicionista – le digo, mirándole la entrepierna.<br />
– Mirá – dice,  y me muestra que tiene botones en vez de cierre.<br />
–Bien ahí, pantalón nuevo… pero si estás borracho los botones te la complican. </p>
<p>Me pega una piña en la espalda.</p>
<p>– Pará, bebé, que estoy meando – le digo. Se va.</p>
<p><strong>Luciano</strong></p>
<p>Luciano usa chombas Kevingston con muchas inscripciones. Tiene el pelo enrulado, con gel y siempre que estoy bailando pasa y me toca el culo. Después me da un beso en la mejilla. Si le hago algún chiste se agarra el bulto y me dice “vení, chupala”. O algo así. En realidad murmura algo, que no se entiende. Tiene 25 años, baila como un soldadito, como si marchara arriba de una cinta de gimnasio, en cámara lenta. Cuando pasa algún viejo, les clava la mirada, se muerde el labio, dice “qué bombonazo” y, una vez que pasaron, les mira el culo. </p>
<p>Está bailando con otros amigos, saludo a todos con un beso en la mejilla. Me mira con cara de enojado. </p>
<p>– ¿Qué te pasa? – le pregunto.<br />
– No me pongas la cara, dame un beso bien.<br />
– Okay – digo, le agarro la cara con las dos manos y le doy un beso con ruidito. </p>
<p>Se ríe. Le convido un poco de mi Speed con vodka. Toma. Cuando me devuelve el vaso me doy cuenta de que ya tenía otro vaso en la mano. </p>
<p>– Estás borrachín – le digo –, tenés trago, pero igual aceptás el mío.<br />
– Estoy tomando desde las cinco de la tarde.<br />
– Sonamos… </p>
<p>Después, más tarde, nos cruzamos en la barra. </p>
<p>– Ayer salí a bailar – me cuenta –, y había cuatro turistas alemanes. Hice así – hace gesto con el dedito el gesto de “vengan” –, y pum, me los transé.<br />
– ¿A los cuatro juntos?</p>
<p>Me mira como diciendo “obvio”. Exagera, lo miro sonriendo. </p>
<p>– Me cogí a uno, pero me transé a los cuatro – corrige, como si eso hiciera más creíble la historia. Después me cuenta que la semana pasada se cogió a uno en el baño. Tampoco le creo. </p>
<p>Más tarde (y más borrachos) bailamos en grupo. De pronto se frena y le clava la mirada a alguien que está atrás mío. “Qué dulzón”, dice. Atrás mío hay un viejo de camisa negra que le sonríe. Se ponen a bailar juntos, marcando el ritmo con la pelvis, pero no hacen nada. Me acerco. </p>
<p>– ¿Y? Vamos, dense un beso que se termina la noche – les digo, abrazándolos. Se dan un piquito tímido –. Bien, ahora lo mismo, pero con lengua. </p>
<p>Juntan las bocas, las abren, se besan, y cuando se separan veo las lenguas enroscadas, iluminadas por las luces de colores.</p>
<p><strong>Mario</strong></p>
<p>Mario, el oso de musculosa, no se despega de la barra. Es argentino pero vive en Puerto Rico, y pronuncia las erres como eles. </p>
<p>– Eles un comemielda – me dice.<br />
– Hablá bien que sos de Lanús – le digo. </p>
<p>Para que me vaya me convida tragos. </p>
<p>–Toma – dice, y me da una copa de champán. Pero no me voy, me quedo ahí molestando.</p>
<p>Al final de la barra hay una caja grande con preservativos y otra con sobrecitos de lubricante. Veo que otro oso se acerca a agarrar un par. Cuando ve que lo miro se hace el distraído. </p>
<p>– Tenete fe – le digo –, agarrá más. </p>
<p>Se ríe y agarra dos más. </p>
<p>– Agarrá cuatro o cinco, canchereá, dale. </p>
<p>Agarra uno más. Se sienta en una banqueta, junto a otros tres osos, todos acodados en la barra. </p>
<p>– Les presento a mi amigo Mario – digo –, es de Lanús pero habla como Ricky Martin.<br />
– Ay pero tú si que eles un comemielda – dice Mario. </p>
<p>Los otros tres osos aprovechan para agarrar lubricante y preservativos. Veo que la caja de sobrecitos de lubricante ya está vacía pero la de forros está casi llena. </p>
<p>– Che, se llevan todos los lubricantes – digo –. Disimulen, al final son todos pasivos… </p>
<p>Se ríen. </p>
<p>– ¿Se van de fiesta los cuatro? – pregunto –, abarcándolos con un gesto. </p>
<p>Hay dos que asienten con la cabeza, el tercero duda, el cuarto niega enfáticamente. Habrían hecho los mismos gestos si les preguntaba si estaban borrachos. </p>
<p>– ¿Ustedes dos son pareja? – pregunta uno de ellos, señalándome a mí y a Mario.<br />
– Ojalá, pero él se resiste – digo yo, recostándome sobre el hombro carnoso del portoriqueño.<br />
– Ay bendito – dice Mario –, el que nunca quisiste eres tú.<br />
– Tiene un culo hermoso, lampiño, pulposo, muy muy chiquito – digo, cambiando de tema –. Es un osazo de la cintura para arriba, pero ahí abajo le implantaron dos naranjitas.<br />
– Pues whatever, cabrón – dice. Me llena la copita de champán y me voy. </p>
<p>Cuando más tarde voy a buscar preservativos y lubricante, no están.</p>
<p><strong>Ariel</strong></p>
<p>Ariel está siempre sentado en las gradas, abajo de los televisores que pasan películas porno. Es rubio y morrudo, sólido. Lo agarro fuerte del brazo y le doy un beso. Me gusta sentir el brazo ancho y carnoso. </p>
<p>Hay otro tipo muy parecido a él que anda por ahí. Durante mucho tiempo me los confundí. Le digo que me daría morbo verlo coger con su clon. </p>
<p>– Nada que ver conmigo – dice –, no somos parecidos.<br />
– Son los dos rubios, musculositos, machotes y con cara de orto – le digo. Se ríe.<br />
– Una vez me vino a hablar – me cuenta.<br />
– ¿Y?<br />
– Dio un montón de vueltas, miraba, y al final vino. Le di mi celular.<br />
– Esperá – interrumpo –, ¿no transaron y le diste el teléfono?<br />
– Sí, transamos.<br />
– Ah, contame bien la historia, no te saltees las partes eróticas.<br />
– Tenés razón – dice, y continúa–: Le di mi celular y quedó en llamarme para vernos. Me dijo que nos viéramos un viernes y ese mismo viernes a la noche canceló.<br />
– ¿Y desde ese día le cortaste el rostro?<br />
– Sí, no me gusta que me hagan eso.<br />
– Bueno&#8230; capaz le pasó algo.<br />
– No, no me gusta, es muy creído.<br />
– Bueno, al menos vino y te encaró. Vos, en cambio, cero, siempre en la misma columna con cara de orto. Además tiene lindo culo, mirá – digo, señalando con la cabeza. Justo pasa delante nuestro, tiene pantalones claros y el culo redondo.<br />
– Encaralo vos – me dice –, seguro te lo ganás.<br />
– No, yo quería ver dos clones transando y me cagaste la fantasía.<br />
– Sos terrible – me dice. </p>
<p>Le convido un poco de mi trago. No quiere. </p>
<p>– Tenés que tomar alcohol – le digo –, hay que intoxicarse un poquito para bajar las inhibiciones, sino no vas a coger nunca.<br />
– Hace mucho que no cojo – dice, aceptando el vaso.<br />
– ¿Cuánto?<br />
– No importa – dice, y se queda pensando –. Che, te tengo que contar algo – sigue, bajando la voz –. Yo tomo antidepresivos.<br />
– ¿Por eso tenés la libido baja?<br />
– No, antes también me pasaba. ¿Te acordás el otro día cuando nos encontramos en el colectivo?<br />
– Sí – le digo –, vos volvías del sauna, ¿no?<br />
– ¿Cómo sabés? – pregunta, sorprendido.<br />
– Eran las once de la noche de un martes – digo –, subiste en la esquina de Viamonte y Callao y tenías el pelo húmedo y la carita colorada. No hay que ser muy detective&#8230;<br />
– Sí, tenés razón. Dejé de tomar los antidepresivos un par de días y fui al sauna.<br />
– ¿Y, cogiste?<br />
– No – dice –, pero charlé con varios.<br />
– ¿Fuiste a charlar al sauna? ¿No te hiciste ni chupar la pija?<br />
– Me tocaron. Mucho.<br />
– No entiendo.<br />
– Yo me sentaba en el sauna húmedo, que es todo neblinoso por el vapor, y me dejaba tocar.<br />
– ¿La pija?<br />
– No, las piernas, los brazos, el pecho. Estuvo muy bueno. Mi psiquiatra se puso muy contento cuando le conté.</p>
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		<title>Dos besos</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Sep 2011 08:27:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Este teclado se ensució, y por eso de pronto pongo mayúsculas y queda trabado arriba, ahí arriba, gritando, a los cuatro vientos, todo. Es el estado del teclado (sucio) pero conectado con el estado de ánimo (primaveral, rebelde), que no le alcanza con tu susurrar o decir, sino que quiere gritar. Y por eso está [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Este teclado se ensució, y por eso de pronto pongo mayúsculas y queda trabado arriba, ahí arriba, gritando, a los cuatro vientos, todo. Es el estado del teclado (sucio) pero conectado con el estado de ánimo (primaveral, rebelde), que no le alcanza con tu susurrar o decir, sino que quiere gritar. Y por eso está historia empieza con un beso y termina con un beso.<span id="more-688"></span> </p>
<p>El primero en el jacuzzi, se me fue acercando, yo lo fui asimilando a través de la distorsión del agua, sólo le vi el pecho peludo y para abajo ondas, animal mitológico, sirena, mitad de cuerpo de hombre, la otra mitad sumergida en el agua. Estaba con otro, que por abajo, por esa parte difusa abajo del agua, lo tocaba. Me tiró la boca, como una dádiva, como una moneda a un mendigo, que hace clank y tenés la lengua en la boca. Pero era un beso ranura, un beso insert coin, una invitación a jugar al Pacman. Abría la boca así, horizontal, ranura, y vos tenías que insertar tu lengua y esperar una sacudida de su legua como una anguila eléctrica, una lengua que reaccionaba reptiliana, atacada. </p>
<p>Más abajo el tacto mejoraba el panorama, compensaba el espasmo linguístico, torpe, que me sacaba de marco todo el tiempo. Durito y tierno, invitación a tocar, abierto, pedigueño. Igual se sumó otro y yo me fui, no ofendido sino ofrendando, legando. Después el de la boca ranura vino a increparme con dulzura. Yo quiero estar con vos, el otro no me gusta. Y yo usé una diplomacia servil, una cortina de humo, para escaparme.</p>
<p>El otro beso es un beso continuo, de cuatro horas, donde apenas se vuelve a la superficie para respirar. Desde temprano le dije “vamos a casa” y se negó. Ese vamos a casa no eran ganas de coger, sino una sensación, la de estar otra vez en el lugar desde el que partí. Un nuevo comienzo. Como esas películas pedorras de terror, que de pronto sacan el capítulo “Un nuevo comienzo” y el asesino serial vuelve con cuchillos nuevos, más afilados.</p>
<p>Volvamos a casa, quise decir. Le pedí la cédula, porque yo estaba aturdido y él había dicho que tenía 18. Tuve que enfocar y desenfocar varias veces hasta que llegué al 1992 y tragué saliva. Justo cuando volvía con su boca, yo recostado en su falda, una Piedad de Miguel Ángel pero pedófila. No llego, insistía, avanzando con la boca, yo recostado sobre su falda. Es como cuando traté de chuparme la pija yo solo y no llegaba, dice. Tengo que dejar de pensar, pienso. No seguir la fila de miguitas obvias, Hansel y Gretel, de que este pibe no me besa a mí, sino que chupa su propia pija. Yo plomería que conecta, yo sorbete del narcisismo, ni siquiera la tenés tan grande. </p>
<p>Apretada retro en el reservado, excursión al baño, revisión en el espejo del baño para verme brutalmente disponible. El pelo revuelto, el cinturón desabrochado, la camisa abierta. Aparece atrás mío, como si apareciera desde dentro mío, en el espejo del baño, yo inclinado mojándome la cara con agua fría. Me inclino otra vez, él me abraza desde atrás. Yo hago sexo simulado, moviendo el culo, cintura hamaca, vení. Él se mete en una casilla del baño, para mear, se baja el cierre. Yo voy a meterme en el mismo casillero. Pero después le digo, en voz alta, bien clara, mejor no. Y meo en mi propio casillero. Tres días después, en el chat, desde cualquier lugar dice: No, si te me ponés así en el baño, estilo garchando, no te me vas a escapar. Me gusta ese “estilo garchando”, lo subrayo, me lo traigo. </p>
<p>Los besos empiezan en besos, en lengua, pero si me empiezo a reír adentro de tu boca, te reís conmigo, me decís qué te pasa boludo, pero me volvés a besar. Y después te frenás, me obligás a mirarte a los ojos y me decís “si esto es un garche and go avisame con tiempo”. Y yo te vuelvo a besar y me río, adentro de tu boca. Y esta vez me besás sin preguntar nada, sin preguntar qué te pasa boludo. Y el beso termina en la vereda, con ese enchastre de luz de madrugada mezclada con el neón. Te tenés que ir a tu casa, en colectivo, dos horas, con tus amigos. Vamos a tener que esperar pero dudás. Te reís. Volvés. Mirá cómo volvés.</p>
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		<title>Tótem</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Sep 2011 11:06:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
				<category><![CDATA[nocturnos]]></category>

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		<description><![CDATA[- ¿Vos te das cuenta que son las cuatro de la mañana y es miércoles, no? &#8211; le digo a Johnny en el celular. Sí, se da cuenta pero quiere que me vista y que vaya a la Madeleine. - Yo te pago el taxi, dice. Vení rápido, no te duches ni nada. Es urgente. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>- ¿Vos te das cuenta que son las cuatro de la mañana y es miércoles, no? &#8211; le digo a Johnny en el celular. </p>
<p>Sí, se da cuenta pero quiere que me vista y que vaya a la Madeleine. </p>
<p>- Yo te pago el taxi, dice. Vení rápido, no te duches ni nada. Es urgente. </p>
<p>Me pongo un jogging, el sobretodo, una gorra de béisbol y me tomo un taxi, así, vestido como el degenerado que se abre el sobretodo y muestra la pija en la plaza.<span id="more-579"></span> </p>
<p>Cuando llego lo veo allá atrás, con la cabeza gacha, hablando por celular. Está comiendo una grande de muzzarella. Lo saludo y me hace señas de que no hable, que me siente, que coma. Está arreglando precio. </p>
<p>- Soy solo activo, no, no tengo merca, no, este fin de semana lo tengo ocupado, pero podés tomar un turno ahora. </p>
<p>Lo miro con odio. Me hace señas de que no me preocupe. Escucha en silencio, después dice: </p>
<p>- Cualquier cosa me llamás &#8211; y corta.</p>
<p>Yo como. Él ya me pidió la Coca light que sabe que me gusta. Mira todo el tiempo para abajo. </p>
<p>- Estoy al palo, me dice. Estoy triste. </p>
<p>Le pregunto qué tiene que ver con una cosa con la otra. Se para y me muestra. </p>
<p>- Sentate, pelotudo &#8211; le digo.<br />
- Estoy borracho &#8211; dice.<br />
- ¿Algo más? &#8211; le pregunto -. ¿Tomaste viagra?<br />
- No &#8211; me dice -, se me para sola cuando estoy triste. </p>
<p>Le sirvo una porción, pero pone cara de asco.</p>
<p>- ¿Hay algún lugar abierto? &#8211; pregunta.<br />
- Ni en pedo voy a ir a ningún lado vestido con jogging. Y menos un miércoles a esta hora.<br />
- Okay, entonces escuchame &#8211; dice. </p>
<p>Agarra un tenedor y empuja las aceitunas de la pizza, como si fueran fichas de un juego, alrededor del círculo de madera, como si fueran un sistema planetario. Me cuenta que su mamá se suicidó en Catamarca. </p>
<p>- ¿Cuándo? &#8211; le pregunto.<br />
- Hace 10 años. Mi viejo es borracho, nunca se recuperó.<br />
- ¿No era borracho antes de que ella se suicidara?<br />
- Sí &#8211; dice.<br />
- Johnny, ya me contaste toda esta historia mil veces. Pero me la cambiás todo el tiempo. A veces se suicida en el Chaco, otras en Misiones, hace 20 años, el año pasado&#8230;</p>
<p>Me mira como si hablara pavadas.</p>
<p>- Mi hermano se piensa que le robé el novio y me persigue, dice que me va a matar.<br />
- Eso también me lo contaste &#8211; digo -. Caín y Abel.<br />
- Okay &#8211; dice -, pero ahora estoy borracho.<br />
- Siempre me lo contás cuando estás borracho.</p>
<p>Voy a mear al baño. Juego con las bolitas de naftalina, que saltan con el chorro de pis, suben apenas en el mingitorio y giran. Otro sistema planetario. Vuelvo a la mesa. Le digo que termine, que lo llevo a su casa. </p>
<p>- Vamos a algún lado &#8211; dice.<br />
- Estás loco. A dormir. Abrí la boca, soplá. No tenés aliento a alcohol. Vos no estás borracho. </p>
<p>Se ríe. </p>
<p>- Sos un pelotudo &#8211; me dice -. Por eso estás solo.<br />
- Mirá que sos forro, eh. Dale, vamos.<br />
- Sigo con la pija parada &#8211; dice.<br />
- A mí que me importa, dale. </p>
<p>Paramos un taxi. Apenas subimos se me apoya en el hombro, se hace el dormido, empieza a respirar hondo, afloja el cuerpo que se balancea con las frenadas y aceleradas de los semáforos, después hace como que ronca, apunta la boca a mi cara. </p>
<p>- ¿No era que habías dejado de fumar? &#8211; le pregunto. </p>
<p>No contesta, pero cierra la boca para que no me llegue su aliento. </p>
<p>Lo tironeo para que se despierte y bajamos del taxi. </p>
<p>- No hagamos la comedia del borracho que hay que sostener para subir la escalera &#8211; le digo. </p>
<p>Tiene los cordones desatados. Le hago subir los escalones, me agacho para atarles los cordones. </p>
<p>- Cincuenta la chupada, dice, bajándose el cierre.<br />
- Por treinta cerramos &#8211; le digo. </p>
<p>Me arrodillo en el escalón, abro la boca, lo miro desde abajo, saco la lengua y me relamo. </p>
<p>- Vos sos capaz &#8211; dice, guardando la pija. </p>
<p>Arriba forcejeamos porque no me quiere dar las llaves. Se las tengo que sacar el bolsillo del jean a la fuerza. Se hace el que le da cosquillas. </p>
<p>- Vos con tal de manosearme hacés cualquier cosa &#8211; dice.<br />
- Estás todo fofo, nene, andá al gimnasio, dejá de robarle a los pobres viejos &#8211; le contesto. </p>
<p>Entramos y prendo la luz, unas dicroicas lúgubres, horribles. Cambió todos los muebles, que ahora son de cuero negro. </p>
<p>- ¿Vos no habías visto los muebles nuevos, no? &#8211; me dice. </p>
<p>Le digo que no, por suerte, y que me parece un lugar común que un taxi boy que se marketinea como amo dominante tenga todos los muebles de madera oscura, con cuero negro. </p>
<p>- No podés decorar así un departamento chico de dos ambientes, boludo. No me extraña que estés triste y te emborraches si vivís en esta catacumba. ¿Qué carajo es esto? &#8211; le pregunto -, señalándole una especie de poste de madera con inscripciones de lechuzas y jeroglíficos.<br />
- Son lámparas &#8211; tótem &#8211; dice.<br />
- ¿Me estás jodiendo?<br />
- Me las hicieron especialmente, me salieron carísimas &#8211; dice.<br />
- Genial. Podemos ponernos en bolas, bailar alrededor y sacrificarle ovejas al dios de la fertilidad.<br />
- Sigo con la pija parada &#8211; dice, poniéndose en bolas. </p>
<p>Lo empujo hacia su habitación. Camina haciéndose el Frankestein, levantando alto los pies para dar el siguiente paso, tambaleándose, estirando los brazos hacia adelante. Los muebles siguen la temática en el dormitorio. Hay dos veladores &#8211; tótem, y las sábanas de la cama son negras. Se hace el torpe y se tira torcido en la cama. Lo tengo que agarrar de las piernas y girarlo. El culo blanco, lampiño, rendondo, contrasta contra las sábanas negras. Gira para ponerse boca arriba, para que se le vea la pija, se tapa los ojos y se queja de la luz. Apago. Prendo un velador. Lo tapo con la sábana y la frazada. </p>
<p>- Sos un pelotudo &#8211; me dice.<br />
- Mañana te llamo &#8211; le digo.</p>
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		<title>Eclipse total</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Jul 2011 13:45:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ah todo eso. Echale la culpa a las luces, al alcohol y al sucundún y al eco y el pulso de la música que te pega en el pecho. El respingón de que se prende el aire acondicionado del boliche y de pronto estás otra vez ahí, los pies un poco pesados, el tacto que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ah todo eso. Echale la culpa a las luces, al alcohol y al sucundún y al eco y el pulso de la música que te pega en el pecho. El respingón de que se prende el aire acondicionado del boliche y de pronto estás otra vez ahí, los pies un poco pesados, el tacto que de pronto se te localiza en ese peso, en los pies, y ahora hay un pliegue ahí que jode, esa media, apoyás fuerte contra el piso y girás el pie para así el pliegue se va, pero no, siempre hay un pliegue en la media, y podés negociar empujarlo un poquito para acá o para allá, y en cuanto enfocaste el cuerpo y el pie y el pliegue te molesta también el elástico del calzoncillo, el jean que te cuelga y raspa un poco en la entrepierna, tirás un poco los hombros para atrás para que se te acomode la chomba que amenaza mutar en camisa de fuerza apretando los sobacos, y todo se vuelve picazón que empuja a picazón, piezas de dominó que caen una atrás de la otra haciendo un dibujito, pero antes que se cierre el dibujito lo perdés y volvés, metáfora de la vida, y la picazón se apaga toda junta como si te desenchufaran. Pero qué querés si ya van cuatro speeds con vodka que me tomé, medio apurado, no sé por qué, qué subte, qué último tren a Londres, qué fiebre del sábado por la noche, enjambre de murmullos descuidados, eclipse total de picazón.<span id="more-571"></span></p>
<p>Mi vista baja en vuelo rasante, como un 747 buscando pistas entre la ceniza volcánica: DJ fantasma borroso atrás del vidrio oscuro, caras de nada atrás de vidrios combos de vasos, que se reflejan en espejos, plataforma sobre la que bailan maniquíes espásticos, y ahí me freno y trato de conectar la letra de la canción con cosas que veo. Me divierto así, tengo una vida interior como una pecera, con pensamientos como pececitos, maquinas de hacer burbujitas, piedras fluorescentes e hilitos de mierda de pececitos en vaivén entre la burbuja, así que ahí vamos. Canción dice: bolsa de plástica flotando en el viento. Miro y no hay nada. Hay un viejo que baila enloquecido y tiene el pelo, quincho, como Richard Clayderman, pero sería exagerado conectar ese quincho a una bolsa de plástico en el viento. La canción sigue: como un castillo de naipes, a un soplo de distancia de desmoronarte. Viento del aire acondicionado, pedo de speed con vodka, sí, podría desmoronarme, pero lo que me pregunto es, ¿quién alrededor mío caería conmigo?</p>
<p>Dos ositos, bailando, como una interferencia de un dibujito animado, Hannah Barbera. Culito, culito, zarandeo, media vuelta, se ríen, son pareja, seguro. Son osos sección prolijo, inciso camisa a cuadros (pero planchada), apartado zapatitos lindos (no veo el material, pero no son zapatillas). Se parecen, como hermanos, pero de los hermanos distintos, se parecen en la cara de buenos, o capaz la cara de bueno es que son pendejos, que todavía la vida no los fermentó. Me mira uno, me mira el otro, cámara uno, corte, cámara dos, ponchame, plano general. Me miran, como si ya hubieran estado hablando de mí, como si se hubieran puesto a bailar ahí para mirarme, pero no se sonríen, son tímidos. O capaz me tomé el speed con vodka versión narcisismo 5 am. Ahora se van, demasiado Katy Perry para ellos y no quieren más bolsas de plástico en el viento ni castillos de naipes que se desmoran cuando el lobo sopla fuerte, el de la fábula, y tira abajo mi casa, la del oso holgazán.</p>
<p>Ahora voy yo atrás, transmutando de oso holgazán a lobo afilando comillos. No están abajo, en la barra, subieron al segundo piso, oscuro, tramposo, estancado. Dos escaleras y ahí están, rincón, sin vasos en la mano, pero sin charlar ni transar, o sea, esperando. Esperándome. Voy. Hola, qué tal, de dónde son, son muy lindos los dos, de Córdoba, ¿son culiados? Uso la versión del encare clásico modo levemente pavote. Funciona. Son pareja, cordobeses, tienen 21 y 22 años, ¿vos cuánto? Yo 40, digo, y se sorprenden y no parecés, pero un no parecés bien, no un no parecés gélido. Del clásico verbal paso al clásico manoseo. Le arreglo el cuello de la chomba a uno, amenazo con levantarle la remera al otro para ver si es peludo. Uno sí y uno no, dicen, adiviná cuál. Ya estamos juagando, empezamos con el veo veo, ya estamos en el adivina adivinador, después verdad consecuencia y después teto y después amigo invisible. Pero ahí me salgo del clasicismo, y en vez de dibujar la típica pera de este taller de pintura del levante, me voy para la mancha expresionista. Ahí atrás está Juancito, un pendejo de 22 años también, skater, que me encaró hace un par de años con otro skater, fuimos a coger y ambos tenían sendas pijas poroto, pero poroto de antes de tirar brotes antes del germinador. Encararon con el brío de la juventud, pero todo se desmoronó, como un castillo de porotos en el viento. ¿Te gusta él? Le digo a uno de los dos ositos culiados. Sí, es lindo. Vení, le digo a Juancito. Juancito viene recontento (con su porotito, pienso). Es simpático, dice muchas pelotudeces en estas situaciones, es como el perfecto extra para tu levante berreta, baby. Ya se franelea el skater con el otro y se dan un beso, atravesados. Queda un osito culiado de aquel lado, estos dos dándose un beso de lengua feroz y yo del otro lado. Se separan y coreográficamente me junto yo con el osito de la vereda opuesta y transamos. Ahora vos, ahora yo. Después los cuatro, para el final, pero de a cuatro es cualquier cosa que raspa, se necesitarían lenguas más tentaculares, o con dientes como engranajes. Todos con todos, de a dos, de a tres y después yo digo que quiero mirar, cinema verité. Pero me voy y los dejo jugando con el skater, que se entretengan un rato.</p>
<p>Vuelvo a la pista, a tomar un poco más, como si hiciera falta y ahí están, de nuevo los dos solos. Se me acercan. Te queremos a vos. No, Juancito es copado, les digo, como queriendo venderles unas medias baratas en un todo por dos pesos. Vamos todos, digo, para probar. Bueno, vamos, dicen. Me gusta este turismo de aventura, que viene decidido y consensuado. Bueno, vemos, digo, histeriqueando. Baja Juancito, le digo si le va irse los cuatro, me dice que conmigo sí. Me siento bien, porque a pesar de la noche de las narices y los porotos fríos, Juancito insiste. Consulto con los ositos para determinar los roles. Quién es activo, quién pasivo, quién flexible (pienso en un caño, de esos que venden en Easy). Voy a la barra a pedir otro trago y el barman de allá me llama y me dice yo también me prendo. Voy a la pista a bailar un rato y varios me cruzan y me dicen: qué turro, fiestita, me anoto.</p>
<p>Como una serie de clips conectados por sus extremos y magnetizados como un imán, en este mundo circular de la disco, todo se ve, todo se sabe, la paranoia es sabiduría, y cada palanquita que movés dispara chispazos, mueve engranajes y hace rebalsar tubitos de ensayos. Voy a consultar a dos pibes con los que cojo y cojo bien. ¿Quieren venir los dos? Uno dice: no, tengo milanesas en casa, tengo hambre. El otro dice yo sí, vamos. Pero cuando vuelvo donde están los dos ositos, la atmósfera cambió, sutilmente, pero lo noto. Es como si hubiera quebrado un banco y todos los ahorristas reclamaron con el puño en alto, atrás del vidrio espejado del banco. Ya somos cuatro, y me voy a ir al infierno si no sumo a Juancito, así que voy y le ofrezco. Me dice que conmigo sí, pero con mi amigo no. En esta reunión de directorio algunos empiezan a usar el poder del veto. Veto a aquél, porque es muy flaco. Este ya cogí, es pasivo. Este es amigo de mi amigo de mi amigo. Tengo ganas de decir: la red está ahí, estamos todos unidos, los cables y los caños van por abajo de la arena, se meten en el mar y lo atraviesan y vuelven a subir del otro lado, y ahora no es telégrafo, es fibra óptica, rápida, transparente, eterno presente.</p>
<p>Dame unos cuantos talonarios de números de distintos colores, unas seis o siete ventanillas y quince empleados públicos con buena disposición y te organizo la fiesta y todos contentos. Pero a esta altura el grafo de conexión sexual se complejizó demasiado y mi CPU hace gluglú con el speed con vodka. Elijo el algoritmo más fácil: vienen los categoría fiestero platinum, o sea, los que no tienen drama en encamarse con ninguno de los otros, los que entienden que la fiesta es la multiplicación del vinos y los panes, el acto de dar y recibir indiscriminadamente, donde se suspende la identidad del emisor y el receptor. Pero no digo eso, voy hasta los ositos y les digo. Mirá, se está complicando. Vayan con Juancito, que es buena onda. No, queremos ir con vos, nos gustás vos, dicen (claman, pienso, y después pienso, ay, qué pelotudo, qué mierda me creí). Vamos, digo, y me siguen los tres.</p>
<p>Salimos y vamos a esperar el 152. En la parada del colectivo me doy cuenta de que no presenté a nadie con nadie. Este es Fabián, estos son Lucas y Martín. Hola, se dicen. Bésense de lengua, che, digo. Se besan así de a uno, ordenados, en turno. Subimos al colectivo, ya en sincro, relajados, nadie se pelea para sacarle el boleto a nadie, todos esperan a que indique donde bajar. Engancho la llave en la cerradura perfecto, y yo presto atención a esos gestos, a esas confirmaciones. Subimos en dos ascensores, por las dudas.</p>
<p>Voy a mear y cuando vuelvo ya están besándose y en cuero, vamos para la pieza, digo. Y la palabra pieza me suena vieja, me siento viejo. Mi amigo agarra al gordito más peludo, el pasivo, y yo al lampiño, el activo. Besos, algunas risas cuando alguien trastabilla con el calzoncillo bajado en los pies, y algunas excursiones exploratorias, que se demoran. Yo busco forros y le acerco algunos a mi amigo. Mientras le chupo la pija a mi osito activo. Pero no se le para. Yo estoy al palo, pero él apenas amaga a endurecerse. Aprovecho y me hago chupar la pija por el osito pasivo, que está contento como perro con dos colas. Vuelvo a besar al osito activo y a chuparle la pija. Tiene abiertos los ojos cuando me besa. Qué pasa, está todo bien, me dice. Me besa pero como si me chupara de la boca, como un ternero que busca la teta de la madre.</p>
<p>Le doy un forro a mi amigo y le digo cogelo, señalando al osito pasivo. El osito pasivo ya está en cuatro, Winnie The Pooh episodio dámela toda. Me pongo de costado para que el osito activo vea como se cogen al novio. Y como esperaba, la pija se le pone al palo. Se la chupo un poco, rompo el sobrecito del forro y se lo pongo. Se acomoda para cogerme y en ese momento el osito pasivo empieza a gemir. Levemente, sin estridencias, pero transmitiendo en morse a través de la habitación: cómo me gusta esta pija. Al osito activo se le baja. Lo beso de nuevo. Mi amigo me mira, sigue cogiendo con todo. Después para, porque se da cuenta que le está matando la pjia al otro osito. Igual mi amigo y el osito pasivo siguen transando. Yo le digo al oído al osito activo: ¿qué pasa, bonito? Me mira, con los ojos gigantes azules brillando en la penumbra. Tu amigo se lo coge re bien a mi novio, se lo coge mucho mejor que yo. Y después hincha los labios en un pucherito involuntario. No, papá, no pasa nada, digo. Hago el gesto de que voy a frenar a los otros dos, pero me dice que no, que los deje. La pjia se le pone dura de nuevo, y cuando se la agarro se le baja. Mi amigo le da con todo al osito y el osito acaba. Mi amigo sigue bombeando un poco más y acaba también. Se tiran en la cama. El osito activo vuelve a tener la pija dura, automáticamente, apenas su rival queda fuera de juego. Parecen ET y Elliot, al final de la película, uno tiene que morir para que el otro sobreviva, sutilmente conectados, espejados, invertidos.</p>
<p>Insiste con ponerse el forro, pero se le vuelve a bajar. Yo ya estoy cansado de remar con la pija blanda una hora. Todo bien, no tenemos que coger, le digo. Los otros están volviendo del sopor y se suman para morder pezones, besar, remar este bote inflable pinchado contracorriente las cataratas del Iguazú. Al final le digo, con suavidad y mirándolo a los ojos, que paremos. El osito activo se queda mudo, se sale de la cama y se queda ahí parado. Pero yo te quería coger, me dice. No pasa nada, le digo, no todo es meterla, está todo bien con franelear y chuparse un rato. Vení, le digo, y palmeo el centro de la cama. Pienso que hace mucho que no doy vuelta el colchón, no debería palmear con tanta fuerza, y casi veo en la oscuridad un polvo mágico subiendo en el aire. Si no se te para, poné el culito hermoso que tenés y mi amigo te coge. Santo remedio. No se mueve, me mira fijo. Christian, no seas zarpado, me dice mi amigo. Es un chiste, che.</p>
<p>Se acuesta y se hace un ovillo. Lo abrazo, de frente, y después trato de que me apoye la cabeza en el pecho, pero insiste con ovillarse. La cama se empieza a mover, como si estuviera a punto de despegar, Mary Poppins. Es el osito activo que llora, acongojado, y mueve toda la cama. Ey, loquito, qué pasa, le digo. Vení, mirame. Se tapa los ojos con las dos manos, un gesto también de dibujito animado. Le saco las manos de los ojos. Tiene los ojos hermosísimos, azules, y la mirada triste, cada vez más grande. No pasa nada, insisto. ¿Sabés la cantidad de veces que no se me paró a mí? ¿Sabés la cantidad de catástrofes que me pasaron en este tipo de fiestas? A veces uno piensa que quiere algo, pero no lo quiere. O lo quiere en la cabeza, pero no en la realidad. O lo que más deseás, cuando lo tenés te da miedo. Nos pasa a todos. ¿No es cierto?, digo enfocando la boca hacia arriba, buscando sexo. Tal cual, dice mi amigo.</p>
<p>Soy un desastre, dice el osito activo. No, nene, nada que ver. He tenido camas mucho mucho peores. Esta fue un desastre porque tenía todas las ganas de que me regarcharas, pero tuve otras 60 o 70 peores. Me mira fijo. Me río. Es un chiste, boludo. Aparte, mirá, todavía estás acá, si fueras tan desastre ya te hubiera echado. Me acuerdo de que mi amigo tiene que laburar a las 8 y de reojo veo que ya son las 7. Nos quedan unos pocos minutos. Sos un osito hermoso, vas a tener muchas garchadas en tu vida, muchas fiestas, y la mayoría, como las mías, van a ser con la pija parada. No te preocupes, digo. Ahora todos a abrazar al osito llorón. Me pongo de frente y lo abrazo. El novio lo abraza de atrás y mi amigo se acuesta un poco encima de todos, como en una montaña rusa.</p>
<p>Sentimos la respiración de los demás acumulándose en el centro, calentando el aire, mientras los pliegues de los sobacos, la panza y las piernas empiezan a humedecerse de transpiración y a abrirse, y la luz de afuera empieza a entrar, entrar, entrar en la habitación.</p>
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		<title>Viaje</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Jul 2011 11:10:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace tres meses viajé a Estados Unidos, por primera vez desde que volví a Argentina en el 2004. Fue un viaje de un mes, diez días de trabajo en Dallas, luego volar a San Francisco, una semana ahí, donde viví 2 años, del 2000 al 2002, luego volar a Nueva York, diez días ahí, volar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace tres meses viajé a Estados Unidos, por primera vez desde que volví a Argentina en el 2004. Fue un viaje de un mes, diez días de trabajo en Dallas, luego volar a San Francisco, una semana ahí, donde viví 2 años, del 2000 al 2002, luego volar a Nueva York, diez días ahí, volar a Miami, 4 días ahí, y luego volar de vuelta a Buenos Aires. Unas semanas antes de salir empecé a sentirme raro, como si me creciera por adentro de la piel una membrana de goma, se me taparan los oídos, y las cosas retrocedieran hasta aplastarse a media distancia. Era algo sutil, nada de ataques de pánico, ni nada de eso. Más bien una preparación para un choque, un airbag emocional a medio inflar.<span id="more-567"></span></p>
<p>Dos días antes del viaje me despertó con plomo en la boca. Se me había salido el arreglo de una muela. No pude conseguir turno con mi odontóloga de siempre, así que me puse a buscar desesperado a cualquier odontólogo que me hiciera un arreglo provisorio. Finalmente conocí una, luego de llamar a unos quince, y fui. La mujer me atendió de mala manera. La cuerina del sillón del dentista estaba amarillenta. Me acuerdo de eso. Y todo daba la sensación de gastado y sucio.</p>
<p>Fueron 3 horas de trabajo, con la mujer quejándose de que el conducto estaba mal hecho, de que ella mucho no podía hacer, de que yo hasta ahí llego, de que está calcificado, que yo no te garantizo nada. Me pasa demasiado seguido en el dentista. “Es la primera vez que veo esto en 15 años de trabajar como odontólogo”, es una frase que ya escuché demasiadas veces. Y después horas de tironeos, torno. El problema no está en los dientes en sí, que se carian como cualquier diente de vecino, sino en las raíces. Siempre tengo más raíces de las que debería y siempre van demasiado hondo. Mis dientes quizás me estén diciendo algo y sería mejor que el odontólogo hable directamente con el psicoanalista: mientras los dentadura externa exige arreglos y ajustes, las raíces se multiplican y se hunden en el cráneo, con un empecinamiento samurai.</p>
<p>Viaje preocupado por esa muela arreglada al tuntún, y eso me distrajo del malestar psíquico que sentía. Los diez días en Dallas pasaron rápidamente, y no tuve tiempo de pensar en nada. Llegué a San Francisco esperando el sacudón emocional. Ahí estaba la ciudad a la que me mudé en 2000, con ganas de volverme cada vez más rico y cada vez más gay, y donde terminé sin un peso, durmiendo solo en un colchón inflable pinchado. Pero no me pasó nada, o mejor dicho, me pasó menos que nada, porque no disfruté de San Francisco, ni siquiera en calidad de turista. La ciudad me parecía linda, pero con la lindura de una torta en una vidriera, sí, dame una porción para probar. Volé a Nueva York y me fue un poco mejor. Caminé mucho, de noche, pensando estupideces, que ya ni recuerdo. Perder el tiempo, pensar en nada, en una gran ciudad, siempre funciona.</p>
<p>Un amigo me llevó a Rutgers, en New Jersey, la universidad en la que estudié 4 años. Ese es el lugar al que me escapé cuando me escapé de Merlo. Mi pasaje a la vida de adulto, estar solo, ser libre, estar en otro lado, ser otro. Pasamos por el edificio en el que me alojé, donde empecé a escribir. No me pasó nada. Le dije que pasáramos de nuevo, y después otra vez. Nada. Vamos a cenar mejor, dije finalmente.</p>
<p>No sé que esperaba que pasara, pero esperaba que pasara algo. Sólo persistía esa sensación rara, de piel engomada, cosas aplastadas, oídos tapados. Seguí funcionando en la superficie, y eso en sí era placentero, como si todo fuera una cinta móvil que te lleva de un punto a otro, en un aeropuerto.</p>
<p>Finalmente volví a Buenos Aires. Viaje de noche, llegué a la mañana. Abrí la puerta de mi departamento. Prendí la luz, o mejor dicho, giré el dimmer, porque hace unos meses instalé dicroicas con dimmers en casi todas las habitaciones. Giré el dimmer lentamente, al máximo, y miré el futón, la mesa ratona, el televisor, los libros, la ventana con la persiana baja. Y sentí que no quería estar ahí. Tampoco en San Francisco, ni en Nueva York. Todo lo que había “logrado” me parecía ahora superfluo. Me acuerdo que pensé en la palabra “logrado” y me pareció ridícula (aunque no pensé en esa palabra en ese momento, sino después, mientras me duchaba).</p>
<p>Me duché con agua bien caliente. Saqué frazadas del ropero. Hice la cama con sábanas limpias. Me metí y me tapé. Una vez que una cosa tambalea y se cae, se caen muchas otras, pensé. Tengo que prepararme para eso. No hay manera de prepararse para eso. En esa calma provisoria, me dormí. </p>
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		<title>Crave</title>
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		<pubDate>Tue, 24 May 2011 08:02:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
				<category><![CDATA[indiscreciones]]></category>
		<category><![CDATA[nocturnos]]></category>

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		<description><![CDATA[{Abril de 2011, New York.} 1. El jueves es la noche con código estricto de vestimenta en el Crave, el bar leather, así que doy vueltas y no me decido hasta las 10 de la noche. Se va todo a la mierda, estoy de turista, voy. Salgo a la calle a buscar algún lugar donde [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>{Abril de 2011, New York.}</p>
<p>1.</p>
<p>El jueves es la noche con código estricto de vestimenta en el Crave, el bar leather, así que doy vueltas y no me decido hasta las 10 de la noche.<span id="more-562"></span> Se va todo a la mierda, estoy de turista, voy. Salgo a la calle a buscar algún lugar donde comprar algo de cuero. Un solo lugar abierto, el Hurts So Good. Adentro un indio, con acento fuerte, me saluda, parece aburrido, con ganas de cerrar e irse a casa. Me pruebo un chaleco de cuero, me queda demasiado abierto, chico. El indio dice que me queda bárbaro. ¿Suspensores de cuero? Demasiado apretado, me hace chico el bulto y la panza grande. ¿Short de cuero? No me entra, aunque el talle es large. Me pruebo un short de látex y sí. Me hace culo redondo y viene con un bulto medio pre-armado, mentiroso. Compro. Muñequera de cuero, fácil. Brazalete de cuero haciendo juego, fácil. No quiero estar con el torso desnudo, así que me pruebo una musculosa. El indio dice que es elastizada. Cuando me la pongo en el probador, casi me asfixio y, apurado por sacármela, escucho un crujido y la rompo. Me hago el tarado y la vuelvo a dejar en la percha. Al final encuentro una remera ajustada que dice &#8220;HARD&#8221; (dura). Infantil, obvio, pero me parece mejor subir la apuesta y tener que empardar con la actitud.</p>
<p>2.</p>
<p>Llego al bar y busco un lugar dónde cambiarme, para dejar la mochila en el guardarropas. No quiero ir al baño y maniobrar entre la gente que mea o los inodoros sucios. Voy al costado de la barra de abajo, donde no hay nadie. Hay un pibe sentado. Le pregunto: ¿está bien si me cambio acá? Por mí no hay problema, dice. Tiene una remera negra que dice &#8220;Boy&#8221;. Pero si me quedo en bolas no me echan, ¿no? No te preocupes, esto es el Crave.</p>
<p>Me saco el pantalón y el calzoncillo, me pongo el short de látex y las botas, hincho el pecho, tiro los hombros para atrás. Entrego la mochila. El pibe del guardarropas es medio oso, musculoso, lindo pero con cara de orto. ¿De dónde sos?, pregunta. De Argentina, digo. Yo también, dice él. A lo largo de la noche bajo para charlar con él y al otro día nos juntamos para almorzar.</p>
<p>3.</p>
<p>El segundo piso está lleno de gente, la mayoría sin remera, pelando músculos y actitud. Hay un sector con una mesa de pool, donde están los baños y donde está más oscuro. A un costado, en un rincón, la gente se amontona para tocarse, chuparse la pija o coger, hasta que aparece los de seguridad con linternas (me hace acordar al principio de E.T.) y dispersan a los degenerados.</p>
<p>Voy hasta la barra y le pido una Bud Light a un barman con pinta de cavernícola. Es alto, lampiño (está en cueros) y los pantalones le cuelgan, sin cinturón. No tiene ropa interior y se le ve la raya del culo. Es rubio o pelirrojo (está oscuro) y tiene la barba muy tupida y ojos celestes grandes. Me sonríe. Me gusta tu remera, dice, señalando el &#8220;HARD&#8221;. Me gusta esto, le digo señalándole el mismo lugar en el centro del pecho de él. Me alejo con la cerveza en la mano y me paro cerca de la escalera. Al rato pasa por al lado mío. Sonríe, le acaricio la panza al pasar. Me llamo Shared, dice. Yo Christian. Vuelve a la barra. Shared. Nombre interesante, pienso. Significa “compartir”. 4 horas después, mientras comemos un sandwich en un diner, Shared saca una tarjeta del Eagle y atrás me escribe su número de celular. Arriba escribe su nombre y ahí me di cuenta que su nombre tiene una ortografía distinta a la que imaginé: Jared.</p>
<p>4.</p>
<p>Me meto en el rincón oscuro. Un tipo mulato, de buen lomo, me mira en la oscuridad. Tiene un tipo colgado de cada tetilla, mordiéndolo o lamiéndolo. Me agarra del cuello, me acerca y me empieza a besar, clavándome la lengua. Meto la mano entre los dos tipos y los aparto apenas hacia los costados. Me acuclillo y veo que tiene la pija afuera, al palo, con un anillo de metal en la base. Me agarro el bulto a través del látex y enseguida me pongo al palo. Él trata de meter la mano hacia atrás pero hay demasiada gente y el brazo no le llega. Aparta a los dos tipos, abriéndose paso y me acerca con firmeza. Me agacho y me meto su pija en la boca. No quiero arrodillarme, así que se la chupo unos segundos y vuelvo a besarlo. Me clava la lengua peor, caliente con su propio gusto a pija en mi boca. Beautiful man, me dice al oído, impostando un poco la voz. Los otros dos, ignorados, giran para chupar otras pijas. </p>
<p>Hay demasiada gente. El mulato maniobra, me hace lugar y me pone delante de él, me besa el cuello desde atrás. Antes de que pueda reaccionar, escucho el velcro de mis shorts que se abre, el cierre que se abre también y siento el tirón que me baja los shorts hasta los tobillos. Amaga a acomodarme, bruscamente, para cogerme. Me enderezo firme, le pongo la mano en la base del vientre para indicarle que no. Siento venir la leche así que giro para no ensuciar a nadie. Acabo. El mulato ve que estoy acabando y me abraza desde atrás y me susurra al oído: Estoy acá contigo, baby. No te preocupes. Con los shorts en los tobillos, escapando apurado como un pingüino en un incendio, me alejo.</p>
<p>5.</p>
<p>Voy al baño a limpiarme y a mear. Al costado, arrodillado, hay un tipo con un vaso de plástico en la mano. Cuando empiezo a mear apoya el vaso en el piso y lo acerca hasta mi chorro de pis. Cuando termino de mear, agarra el vaso, hace el gesto de brindar y se lo toma. Media hora después, mientras charlo con Marcio, el argentino del guardarropas, veo como los de seguridad lo sacan del bar, borracho de meo.</p>
<p>6.</p>
<p>En la barra del segundo piso pido mi segunda Bud Light. Cuando Jared se inclina para dármela, y aunque está a un metro de distancia, y aunque el bar también huele, aspiro el olor acre de sus axilas. Olés fuerte, le digo. Lo sé, dice, me duché antes de venir a trabajar, pero hay mucho trabajo hoy. No te disculpes, le digo, me gusta. Me hace un gesto de que vayamos al final de la barra. Levanta el brazo y le huelo la axila. Uf, olés muy fuerte. ¿Qué onda? No tengo idea, dice, pero esto es el Crave, dice. Sos muy lindo, agrega. Vos también. Me da un piquito. Le meto la lengua. Nos besamos profundo. ¿Los barmans tienen permitido besar a los clientes durante el horario de trabajo?, pregunto. Esto es el Crave, dice. El mulato al que le chupé la pija viene a pedir una cerveza y nos mira al barman y a mí, abrazados. Me dice otra vez &#8220;Beautiful man&#8221; con acento fuerte. ¿De dónde sos? Le pregunto: New York, miente, con acento fuerte.</p>
<p>Bajo a preguntarle al argentino del guardarropas de dónde es el mulato. Le describo al tipo y me dice: es brasileño, viene siempre. Me imaginé, digo.</p>
<p>7.</p>
<p>A la cuarta Bud Light y luego de varios besos de lengua y de acariciarnos las manos a través de la barra, le digo a Jared al oído: soy un chico malo. Te besé a vos, pero antes le chupé la pija al brasileño este. Se ríe. Lo conozco, viene siempre, es amistoso, dice. Me invita un shot. ¿Vas a tomar conmigo? Le digo que sí. Cuando saca una botella rara, el de seguridad que está ahí al costado dice: Oh no, tené cuidado con eso. El trago tiene gusto fuerte, pero, según Jared, te da un pedo interesante, canábico. Es cierto, y pega enseguida. Le pregunto a Jared si quiere que lo espere y vayamos a comer una porción de pizza. Me encantaría, dice. Saca un cepillo de forma ovalada del bosillo del jean, uno de esos que usan las nenas de pelo largo. Lo usa para peinarse la barba, lentamente. Lo guarda.</p>
<p>El bar cierra y todos ordenan y cuentan la plata de las propinas, mientras bromean entre ellos. Jared vuelve a preparar shots mortíferos para todos. Con el segundo estoy flotando feliz. Tu castigo, dice, mirándome a los ojos. Por chuparle la pija a cualquiera y venir a besarme a mí, sin avisarme. Me lo merezco, digo. Sos adorable, dice.</p>
<p>8.</p>
<p>Salimos a la calle y llueve. Jared es alto y me pone la mano en el hombro y caminamos. Su ropa es gruesa, áspera. Me encanta la lluvia, dice, es mi forma favorita de precipitación. Pienso qué otras formas hay. Pocas: nieve. ¿Es el rocío una precipitación? Le digo que tomemos un taxi. Mejor paralo vos, porque a mí me ignoran, le digo. Tenés que hacerlo con determinación, dice, así. Se baja del cordón, levanta la mano bien rígida. Pliega dos dedos  y estiar los otros, como si fuera un revólver. Un taxi que venía del otro lado de la calle cruza varios carriles y frena en la esquina. Guau, digo.</p>
<p>Cuando llegamos al diner, no me deja pagar el taxi. Insisto, insiste. Paga él. Gracias, digo. Pido algo liviano, un wrap de pollo césar, él pide un sandwich de pastrami con fritas. Es mi fiambre favorito, dice. Cuando se lo traen lo huelo: olor fuerte, pimentado, ahumado. Me estiro para olerle la axila. Eso lo explica, digo.</p>
<p>Me cuenta que está en pareja hace dos años, con un tipo de 50 años. ¿Cuántos tenés vos?, pregunto. 32, dice, ¿y vos? 40 digo. ¿Te gustan los tipo más grandes, tipo daddies?, le pregunto. Sí, dice. ¿Yo te parezco daddy?, le pregunto. Se ríe, no contesta.</p>
<p>Comemos en silencio, mirándonos a los ojos y sonriendo, borrachos. Cuando terminamos insiste en pagar la cena. No, basta, digo. Hice mucha plata en propinas y vos estás de vacaciones, dice. Y además estás borracho. Un poco, digo. Ahora te voy a comprar unos Advils y te voy a llamar un taxi, dice. Se me escapa un puchero. Sonríe y me acaricia la mano. Me doy cuenta que sos un muy buen tipo, dice. Desde que llegué muchos tipos quisieron coger conmigo, digo, pero ninguno, hasta ahora, me cuidó.</p>
<p>9.</p>
<p>Al día siguiente voy un rato al Screw, pero me aburro. Una de las múltiples veces que voy al baño, un pelado se para al lado mío y saca una pija gigante, muerta. Lo miro, pero él está mirando al tipo que mea del otro lado. Me tomo un taxi y me voy al Crave, esta vez vestido con jeans y remera. Saludo a Jared y le prometo que me voy a portar bien, que hoy no le chupo la pija a nadie. A mí no me molesta, dice. Pero estoy cansado de tanto sexo descartable, digo.</p>
<p>Aparece el brasilero y me dice: Beautiful man. Le digo: Ustedes, brasileros, puro blablá. Me gustás, dice, quiero hacer algo con vos a solas. Me imagino, le digo. ¿Cuántos te la chuparon hoy? No llevo la cuenta, dice. Te voy a decir una cosa, le digo. Sos lindo tipo y me calentás, pero eso de bajarme los shorts a la fuerza y pretender cogerme sin forro no da. Lo siento, dice, no sabía. Soy negativo y quiero seguir siéndolo. Yo también, dice él. Me imagino, digo. Acá tengo un preservativo, dice, sacando un forro del bolsillo del jean. ¿Cuántos te cogiste hoy?, pregunto, clavándole la mirada. Uno, dice. ¿Estuvo bueno? Contame que me calienta. Uno solo, era asiático y&#8230; demasiado grande. Hace el gesto de círculo ancho. Demasiado dilatado, digo. Sí, dice. Capaz que porque tu pija es demasiado fina, digo. Se ríe. Me gustas, dice, sos un tipo hermoso y vos estás en control. Conmigo, vos estás en control, subraya. Okay, quiero tener sexo con vos y con el barman, desafío. Guau, sí, me encantaría, dice. Yo con dos pasivos, me encantaría.</p>
<p>10.</p>
<p>Esa noche volvemos a ir al diner con Jared. Tampoco me deja pagar el taxi, ni la cena. Los dos pedimos sánguches de pastrami esta vez. ¿Puedo sentarme al lado tuyo?, pregunta. Claro, digo. Se recuesta en mi hombro y es demasiado alto y estamos incómodos porque el asiento es corto. I wanna cuddle with you, dice. O sea: Quiero que nos hagamos mimos. I am a major cuddler, agrega. O sea: Soy un campeón mimador. Pero yo no tengo lugar y vos tampoco, digo. Sí, ya sé, dice.</p>
<p>Le cuento lo que dijo el brasilero, eso de que los dos somos pasivos. Tiene razón, dice, y se ríe, pero soy un campeón mimador, insiste. Saca el cepillo ovalado del jean y se peina la barba.</p>
<p>11.</p>
<p>Al día siguiente llueve todo el día, así que me quedo haciendo fiaca en la cama, tapado, con los ojos cerrados, tratando de no pensar. Salgo de la cama a las diez de la noche y voy, casi automáticamente al Crave. Saludo a Marcio en el guardarropas y también a Jared. Estoy muy cansado, dice. ¿Querés que vayamos a comer algo cuando salís?, le pregunto. No puedo, baby, dice, me espera la cena en casa. Okay, digo. Pero nos podemos ver para almorzar en la semana, dice.</p>
<p>Doy unas vueltas y veo al pijón que vi el día anterior en Screw. Doy vueltas de un lado y del otro del baño para ver lo que hace. Se para en el mingitorio y deja que le miren la pija, pero no que lo toquen. Cuando sale del baño, finalmente, media hora después, lo sigo y le digo al oído: quiero chuparte la pija. Este no es un buen lugar para chupar pija, dice. Pero yo soy bueno, digo. Saca la pija, se la chupo. Unos minutos después, acabo. Él no. No me vas a dejar así, dice. Lo abrazo. ¿Cuál es tu nombre? Christian, digo, ¿y vos? Michael. No entiendo el intercambio de nombres en un bar en el que todo se olvida a los pocos minutos, una muesca en un tronco o tirar una botella al mar. Acompañame, dice, y me agarra de la mano. Vamos al baño y dice: mirame mientras me pajeo. Okay, digo. Apoyo mi mentón en su hombro y miro. Se acumula gente. Me mira a los ojos, de costado. Sonrío. Se pajea un rato largo, pero no puede acabar. Okay, me voy a casa a cogerme a mi novio, dice. Bien dicho, digo.</p>
<p>12.</p>
<p>Esa noche, cuando vuelvo a casa busco en google &#8220;cuddle new york&#8221; y encuentro una fiesta de cuddling para osos y cachorros. Me sumo a la página en facebook. En las fotos se ve una casa decorada con colores vivos, chillones, sofás y colchonetas tiradas en el piso y osos y cachorros en shorts y musculosas, tirados en el piso, de a dos o tres, haciendo cucharita, abrazados, sonriendo. Mando un mensaje y pregunto cuándo es la próxima fiesta. Responden enseguida. En mayo. Vuelvo a mandar un mensaje: estoy de visita de Argentina y me voy la semana que viene, ¿no hay una fiesta antes? Je. Es una emergencia. Je. Pongo muchos jes. Me quedo esperando, pero nadie responde.</p>
<p>13.</p>
<p>La noche anterior, con Jared, después de comer sendos sánguches de pastrami, nos abrigamos para salir del diner e irnos cada uno a su casa. Él, con su novio, yo, solo. Fui al baño a mear, él fue a la caja a pagar. En el baño recibo un mensaje de texto. Es Jared. I wanna cuddle with you. I know, me too, respondo. Salimos a la calle y llueve. Lo abrazo y retrocedemos trastabillando, hasta que se apoya contra la pared. Nos besamos. Le agarro la capucha de la campera y le cubro la cabeza. Él hace lo mismo. Big boy, digo. Tiene la barba suave, los pelos se le meten en la boca. Me abraza fuerte. Apoyo mi cabeza en su hombro. La tela es áspera, escucho su respiración en el oído. Okay, vamos, digo. Cuando amaga a pararme un taxi le digo: No, esperá, ya aprendí. Bajo a la calle, y con firmeza levanto la mano, estiro dos dedos y el resto los pliego, como en un revólver. Un taxi cruza un par de carriles y frena contra el cordón de la vereda. Jared baja a la calle y me abre la puerta.</p>
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		<title>Signo de pregunta</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Feb 2011 10:21:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Avanzo hacia atrás. Hacia atrás del boliche. Apuro (ese es el verbo) el speed con vodka, hacia atrás de la garganta, la espalda, el cóccix, que ahora ya es más que un huesito, un eje de coordenadas. Avanzo, decía, hacia la parte de atrás del boliche, por el costado de la pista, y justo ahí [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Avanzo hacia atrás. Hacia atrás del boliche.<span id="more-545"></span> Apuro (ese es el verbo) el speed con vodka, hacia atrás de la garganta, la espalda, el cóccix, que ahora ya es más que un huesito, un eje de coordenadas. Avanzo, decía, hacia la parte de atrás del boliche, por el costado de la pista, y justo ahí hay como un pozo de luces, como si el espacio se combara pero no, son sólo los haces de luz que te cortan la luz y no ves nada, pero es un flicking y ya está y una mirada se estira como un chicle estirado y pisoteado, de un chico (así) y yo también giro en dirección contraria, un ritual de apareo de radiotelescopios o mejor dicho, de antenas de DirectTV, grises, aturdidas, colgando de las terrazas más allá de las sogas con la ropa colgada, y aunque mis pies avanzan un poco yo me estiro para atrás, Martha Graham style y la mano va, como María va, y le toca así un poco la panza, o mejor dicho el tacto de la tela, tibio, seco. Me sonríe y yo también y no me freno y sigo avanzando, porque hay que prestar atención y no pisar a nadie y adivinar si en el vaivén de Alejandro, Ale Alejandro van a ir todos para allá o para acá y perdón, disculpame, que susurro contra un oído o un omóplato, mientras poso mi mano en la parte baja de la espalda, centros de coordenadas y sigo. Atrás encuentro a mis amigos y me configuro y bailo, contra el espejo, girando y contragirando para barrer el horizonte.</p>
<p>Más tarde el segundo o el tercer speed con vodka me obliga a caminar más lento, en el espacio que se combó y se llenó de bolsillos y dobladillos de posibilidad. Subo al primer piso, donde se fuma y sigo al segundo piso, donde se fuma y la gente se manosea, chupa o, a veces, raras veces, coge. Acomodo los ojos a los bultos, que parecen vibrar apenas, como si el lugar fuera un tren moviéndose flujo hacia destino. Contra la esquina, contra el borde, casi asomado a las luces de abajo, veo al chico de la sonrisa y la panza tibia y seca. Está con otros dos. Me apoyo contra una banqueta y me quedo ahí, entornado, bisagra. Uno parece ser el amigo y el otro un borrachito que el amigo se quiere transar. El amigo y el borrachito son feos, aunque en la oscuridad veo poco. Se me acerca un petiso, de cara redonda y me dice yo a vos te conozco. La cara es simpática, fácil pero yo no tengo ganas de preguntar de dónde. ¿Del chat? ¿Del blog? Del chat: yo soy Tomasito, me dice. Y Tomasito hacía mucho que no salía, porque estaba en pareja pero ahora trabaja por acá, etc. Al costado el chico lindo de la panza tibia y seca se deja tocar por su amigo y por el otro. En realidad los otros dos quieren transar, pero usan al chico lindo como protocolo de intercambio, como vidrios de colores. Yo me dejo tocar un poco por Tomasito, por pura mímica de los otros tres, porque parece que acá, en la oscuridad, hay que ronronear más que hablar y hay que frotarse apenas y pedir deseos. Pero sólo me toca el brazo, o la panza, y nada más, y yo estoy dejando claro, con el gesto de subirme más a la banqueta, que no tengo ganas de transar. Este grupito, de nosotros dos, demasiado espigados en la histeria, sólo enfatiza el atractivo del otro grupo, del de tres, y así aparecen varios que dando vueltas, y a tientas, deciden quedarse y mirar. Quizás los invitan al grupo de 3 o quizás alguien se deja tocar o revolea un beso de lengua hacia las órbitas exteriores. O quizás se puede mirar, simplemente, como si la porno que cuelga allá arriba, demasiado arriba, en el televisor, estuviera coagulando acá abajo de una vez. Se me escapa una risita y le señalo con un gesto a Tomasito a los dos o tres que se quedaron duros como estatuas, y que en un gesto más simbólico que efectivo se meten las manos en los bolsillos o se acarician un poco las braguetas. No exageremos.</p>
<p>Y claro, es en ese momento que el chico lindo, que seguro también tiene una sonrisa colgando de la cara, se desprende de los otros dos. No me clava la mirada como para que lo siga pero yo digo voy al baño y voy atrás de él. Lo dejo ir un poco y después giro y me meto en el baño. Hay luz y espejo, y el chico es lindo, doble e iluminado. Le sonrío otra vez y me sonríe. Le digo: Vine a darte un beso. Suenan raras las palabras, con fraseo pop. I just called to say I love you. I just came here to kiss you, baby. El soundtrack pop dispara un gesto pop. Levanto la mano, lo agarro de la nuca y lo beso con la boca abierta. Me empuja la lengua él también. Me aparto y lo miro a los ojos. Y después digo: Ahora me voy, porque atrás mío hay otro que te viene a besar. Eso también suena pop: Since you’ve been gone I can do whatever I want,  I can see whomever I choose (Ooooh, oooh, ooh, oh).</p>
<p>Digo eso no sé por qué, pero espero que el pibe me diga no te vayas. O que venga detrás mío en silencio. Pero no, doy unos pasos, giro, y atrás mío otro pibe entra y le mete la lengua en la boca. Bajo a la pista, bailo un rato, pido otro speed con vodka, meo como diez veces y luego subo otra vez. El pibe ahora está con el amigo, el tercero, borracho, parece que se fue. Me acerco y nos besamos otra vez, con más fuerza. Sos un tarado, le digo, ¿cómo te vas a transar a ese otro? Se ríe, me agarra la cara con las dos manos. Es un chiste, le digo. Un poco me calentó que te lo transaras. Vuelve la lengua y las manos y me busca el culo. Lo aparto y le levanto la camisa, para verle la panza. Lisita, digo, tibia, no tenés pelos. Tocar la panza es una manera de retroceder, de reboot de ternura. Él no me levanta la remera. Me apoya la pija, o el bulto, porque la pija no la distingo todavía, contra el muslo y me sigue besando. Me agarra la mano y se la mete en el pantalón. La pija no está donde la esperaba, está más abajo. Está al palo, pero apuntando para abajo. Le digo: No entiendo tu pija. Se ríe. Así, me dice, me agarra la mano y la empuja para abajo, más abajo. Ahí, me dice agarrándome firme la muñeca. Pero el gesto de énfasis no se condice con lo que toco. La pija está seca, también caliente (no sé por qué pienso “entalcada”). Y cuando sigo un poco más abajo finalmente entiendo. Es una pija gancho, el falo que vuelve a su primer amor: el falo.</p>
<p>Me dice que vayamos a su casa. ¿Dónde vivís?, le pregunto. En Nuñez. Es muy lejos y esta pija guinche no justifica el viaje con el sol en la cara y los porteros baldeando las veredas. ¿Vos? En Palermo, le digo. Se da cuenta que no lo estoy invitando. Me encantás, me dice, ¿qué querés hacer? Vamos al baño de abajo y me la chupás ahí, le digo. No tengo ganas de chuparle la pija, que con esa forma de gancho ya no me parece una pija sino un signo de pregunta. Vamos, nos metemos en un cubículo y me la chupa. La cara es más linda cuando chupa, con los ojos cerrados, yéndose un poco a otro lado, las pestañas arquedas un poco temblando, el olor a pis, caca, Lysoform, los ladrillos transparentes que nos separan del otro cubículo y donde somos ahora unas amebas de colores y nos multiplicamos. Pienso en todas las pijas del mundo, rectas o ganchudas, guiones o circulitos, como una escritura morse. O alineadas una junto a la otra como piezas de rompecabezas que van a caer una atrás de otra. Y después pienso: estoy trying too hard de hacerme el alucinado y el borracho, y esto ya es demasiado berreta. Lo agarro al pibe de los hombros y lo levanto. Le meto la lengua en la boca de nuevo. Y lo abrazo. Me quedo ahí en el abrazo. Me gusta eso, después de la pija, el abrazo largo, como de despedida en el andén, rumbo al exilio.</p>
<p>Me voy otra vez al segundo piso y me quedo mirando a la gente en la oscuridad un rato. Después llega un chico y lo veo de perfil, con las luces de la película porno parpadéandole en la cara. Me da ternura cómo está vestido, de elegante sport. Está serio, demasiado y eso mismo me da ganas. Qué lindo que sos, quiero darte un beso, digo. Gira, sonríe socarronamente y me dice: Ya tuviste lo que te corespondía para hoy. Me río. ¿Qué sos, la policía de la lengua? Si querés me voy a enjuagar la boca y vuelvo, le digo. Le busco la boca pero gira la cabeza, saca un cigarrillo y lo prende. Se queda ahí y se vuelve a reclinar contra la baranda. Lo abrazo de costado, el piqué de la chomba me raspa la parte interna del antebrazo cuando lo rodeo por atrás, tiene la espalda tibia y no se va. Si no te vas, te voy a seguir tocando, le digo. Vos te creés mil, me dice. ¿No me vas a dar un beso y tampoco te vas a ir?, le digo. No contesta, se sonríe y escupe humo. Bueno, entonces me voy yo, digo.</p>
<p>Bajo y pido agua mineral. Meo, mucho. Más agua y más meo y así llega la hora y prenden las luces. Salgo al exterior, a la otra luz, la del sol y la vereda. Busco una clase de literatura en el iPhone y me pongo los auriculares. Virginia Woolf, Al faro, esa parte que habla de la casa deshabitada y el aire que se mueve entre las habitaciones. Camino dos cuadras y cuando paso por el McDonalds me tropiezo, casi como en una publicidad de Impulse, con el chico serio elegante sport. En realidad no tropiezo pero si me lo cruzo justo cuando sale. Hago un “grrrrrrr” bien áspero y el pibe sale en dirección contraria a la que llevo yo, pero sonríe.</p>
<p>Sigo escuchando la clase y caminando. Diez cuadras después, cuando miro la vereda de enfrente, me doy cuenta de que el chico serio camina en la misma dirección que yo. Cualquiera, ¿me está siguiendo? Miro, le hago una seña, pero se hace el tarado. Sigo caminando una cuadra más y giro, y lo veo que está parado afuera del Burger, fumando un cigarrillo. Cruzo la calle. Vos basta de seguirme, le digo. Me mira, otra vez sonrisa socarrona. Bueno, ya que me seguiste hagamos algo, le digo. No sé vos, pero yo voy a desayunar, dice, y se mete en el Burger. No, no te voy a seguir, pienso y vuelvo a ponerme los auriculares. Esto no termina acá. ¿Hay algo que termine alguna vez?</p>
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