{Este es el primer texto del libro Raro, que acaba de publicarse en Paraguay. Estoy buscando editor en Argentina. Que lo disfruten.}
Cuando yo tenía 14 años empecé a estudiar inglés en una academia. Fue en esas clases que conocí a Roberto, que tenía mi misma edad. Yo todavía no era gay sino raro. Lo primero que le vi cuando se sentó al lado mío fueron las uñas sucias de grasa. Al terminar cruzamos al kiosco a comprar unos chicles. Resulta que el kiosquero lo jodía todo el tiempo con el “llavero”: el chico del llavero, qué levante debés tener con ese llavero, ¿lo lustrás para que brille?, mostrame el llavero, dale, mostrá, no te hagás el tímido. Roberto se bajo el cierre del pantalón y sacó una pija gigante que agarró por la base y sacudió.
Me hice amigo de él quizás porque era mi opuesto. Yo odiaba el oficio de panadero que mi viejo intentaba imponerme llevándome de prepo a la panadería. En cambio Roberto trabajaba ya en el taller mecánico del padre. No sólo le gustaba ese trabajo sino que quería superar a su padre, volverlo obsoleto. Con sólo 14 años decía saber más que él, ya tenía sus propios clientes, intuición para los negocios y tacto para el manejo del personal. Tenía las manos llenas de callos y de rayas oscuras de grasa. Olía, por abajo del desodorante, a grasa. Roberto se consideraba leído y refinado: estaba aprendiendo inglés, defendía el nazismo y ya se había hecho chupar la pija por un travesti.
Lo del travesti me lo contó en detalle. Cuando saqué la pija el travesti casi se desmaya, me contó. Era horrible pero la chupaba bárbaro. Me pidió que le avisara cuando me venía la leche pero yo igual le llené la boca. Yo fanfarroneaba a mi manera. Le contaba que había sacado puntaje perfecto en el examen de ingreso, que había entrado en tercer año de inglés directamente sin haber estudiado nunca y que me habían querido adelantar dos grados en la primaria porque “me aburría”. En la clase Roberto me hablaba al oído y en la calle me tomaba del hombro durante largos trechos. Una leve presión en el hombro me indicaba esquivar una baldosa floja o la cagada de un perro.
Empecé a ir a la casa de Roberto. La madre nos mandaba al “cuartito”, una especie de galponcito separado de la casa, cruzando el jardín, donde guardaban cachivaches. También había estantes con libros y revistas y una mesa con sillas. Hacíamos la tarea de inglés, tomábamos la leche con baybiscuits y después Roberto me mostraba sus revistas de la Segunda Guerra y trataba de convencerme de lo inteligente que había sido Hitler. Cada tanto se agarraba la pija a través del jean y decía “¿querés practicar la conjugación del verbo to be o la del verbo mi pija?” Yo me ponía colorado. Dejate de joder, boludo. O se levantaba para ir a buscar algo y de pronto lo sentía jadeando atrás mío y refregándome el bulto en el codo. Todo esto siguió durante varios meses.
Roberto empezó a salir con chicas y me las presentaba a todas. La primera cita era para hacerles el verso y besarlas y con suerte manosearlas un poco. La segunda era para presentármelas a mí. Tuvo muchas novias y todas desfilaron frente a mí en la heladería. Él me elogiaba frente a ellas como si fuera un Premio Nobel de Física. Hacía chistes de doble sentido, me guiñaba el ojo, las abrazaba de atrás y se las apoyaba. ¿Viste el culo que tiene?, preguntaba después. Esta se hace la difícil pero ya le metí el dedo en la concha. Estuve al palo todo el tiempo pero todavía no se deja. Me parece que me voy a hacer chupar la pija por el travesti.
Mi atracción por Roberto no era puramente sexual o al menos no lo era concientemente. Me atraía su fanfarronería y su despreocupación. Hacía lo que se le antojaba. Pero al mismo tiempo Roberto me pedía opinión y me hacía sentir que esa opinión era crucial. Con él al lado yo me agrandaba y decía cosas enigmáticas y grandilocuentes, la mayoría robadas de libros de Herman Hessee o de Richard Bach. Varios días después él las mencionaba tratando de aplicarlas a alguna situación particular.
Una tarde salimos de inglés, caminamos por la avenida y fuimos a tomar un helado. Después fuimos a mi casa. Nos tiramos en el piso de mi habitación a charlar. Me acuerdo que hacía frío y estaba la estufa prendida. Hacía poco que habían alfombrado mi habitación y yo raspaba la alfombra con la uña. Roberto me contó que sus compañeros de división ahora lo llamaban “manguera”.
No es para tanto, dije. Es grande pero tampoco manguera.
¿Te parece?, preguntó. Vení y tocala.
En esas situaciones yo siempre retrocedía pero esta vez no.
Dale, yo te la toco, pero me da vergüenza con la luz prendida. Esperá que apago.
Dale.
Me levanté y fui a ver dónde estaba mi mamá. Estaba en la cocina preparando la cena. Si me necesitaba pegaba el grito. Igual si venía a buscarme teníamos el aviso de dos puertas sucesivas que tenía que abrir. Cerré la puerta del living, después la de la habitación, apagué la luz y me senté al lado de Roberto. Le puse la mano en la pierna y se empezó a reír, nervioso. Subí lento hasta la ingle y le busqué el bulto.
Qué hijo de puta, dijo.
Tan grande no es, dije.
Se desprendió el pantalón y se bajó el cierre. Levantó un poco el culo del piso para bajárselo un poco más. Sentí los callos rugosos de sus dedos y después la pija dura a través de la tela.
Chupala, me dijo.
Le bajé el slip y me metí la pija en la boca. Pero enseguida escuché ruido de pasos en el living, pegué un salto y Roberto se bajó el buzo para taparse. Fui corriendo a prender la luz. Falsa alarma pero igual no seguimos.
¿No te gustan para nada las minas?, preguntó.
No, contesté. Nunca me gustaron.
Vos no estás enganchado conmigo, ¿no?
No, nada que ver.
Me preguntó si me gustaba alguien y le conté. Me encantaba un chico de tercer año, Ariel, del que me había hecho amigo. Roberto lo conocía porque jugaban a la pelota juntos en el club. Pero ese pibe nada que ver, dijo, a ese pibe la gustan las minas. Ya lo sé, dije, pero igual…
Me pasó varias veces en el secundario: me enamoraba de mis mejores amigos. Y me hacía amigo de los fanfarrones, de los que tenían todo el levante. De los que eran como yo, huía.
Durante los próximos siete años mi relación con Roberto siguió igual. Yo lo ayudaba con la tarea de inglés o matemáticas y decía cosas grandilocuentes que él repetía. Él me presentaba puntualmente a sus novias, me pedía consejos y me elogiaba delante de todo el mundo. A la rutina inicial se agregó que ahora le chupaba la pija un par de veces por semana.
En mi casa escondidos en el dormitorio, en la de él, en el cuartito o en el living mientras mirábamos televisión, o en su taller mecánico. Nos calentaba el riesgo de ser descubiertos. Me acuerdo de las noches de invierno cuando andábamos en su moto, redondos como globos adentro de nuestras camperas inflables, con el viento frío en los ojos. Yo lo abrazaba por la cintura, metía las manos por debajo de la campera y le manoseaba el bulto. Cuando se graduó de la moto al jeep se la chupé en el jeep. Después en su 128 o en su camioneta, igual que se la había chupado antes en el tren, en la vereda, en el baño de un bar o en una obra en construcción.
Cuando ahora me presentaba a sus novias les contaba que yo era gay. Una noche salí con él y una de sus novias a ver la película “Día de la Independencia” en el cine de Flores. Roberto se sentó en el medio de los dos. Se la pasó toda la película besando a su novia y haciéndose manosear la pija por mí. Cuando salimos fuimos al baño a mear. Con un gesto rápido me señaló una de las cabinas con inodoro y nos metimos ahí. Acabó a los pocos segundos y salió del baño mientras yo me mojaba la cara tratando de que me baje el colorado de la cara.
Era una rutina: la mano por debajo de la mesa o en la oscuridad del cine. La novia preparando la comida en la cocina mientras yo le chupaba la pija en el living. Incluso una vez viajamos él, un amigo de él y yo en el asiento delantero de una camioneta y Roberto se puso un sweater sobre la falda y se hizo manosear la pija todo el trayecto.
Nunca avanzamos mucho más allá del manoseo o la chupada. Una vez que sus padres se habían ido de vacaciones me quedé a dormir en su casa. Nos desnudamos y cuando yo ya bajaba para chuparle la pija me agarró la cara y me besó. Sentí su lengua en la boca y me dio asco. No lo volvimos a hacer. Roberto fue la única persona con la que tuve sexo hasta que conocí a Javier.
Hasta que un día Roberto me traicionó y no sé por qué. Roberto era el único que sabía que yo estaba enamorado de Ariel. Estaba tan metido que tenía ataques de celos cada vez que se ponía de novio. Era una tortura. También lo era compartir cama cuando nos íbamos de vacaciones o tener que verlo salir en bolas de la ducha. Pero lo peor eran los juegos de mano. A Ariel le encantaba jugar a la lucha libre en su habitación. Forcejeábamos y aunque él era más flaco que yo tenía más fuerza y terminaba ganándome. Cuando me tenía inmovilizado me metía el dedo en el culo. A Ariel le encantaba meterme el dedo en el culo. No literalmente porque estábamos vestidos pero sí a través del pantalón. Y como en esa época yo estaba casi siempre en pantalón de gimnasia el tacto era bastante íntimo. El dedo en el culo me hacía reír hasta que me dolían las costillas pero también me hacía parar la pija. Por suerte sabía esconderlo.
Una noche Ariel volvió de jugar al fútbol todo contracturado. Yo le dije que había leído libros de yoga y me ofrecí a hacerle masajes. Se duchó, se puso un slip y le hice masajes de la punta de los pies hasta la coronilla, del culo al pecho al abdomen a la cara interior de los muslos. No se le paró y yo me tuve que aguantar la tentación de tocarlo. Me acabé encima.
Mi metejón con Ariel me convenció de que yo era gay y que debía asumirlo. Podía pensarme de muchas maneras pero no sin el amor o la calentura que sentía por él. Cuando cumplí 21 años le confesé que era gay, pero no le dije que estaba enamorado de él. Lo tomó bien, aunque no volvió a meterme el dedo en el culo ni a pedir masajes ni a salir de la ducha en bolas. Unos meses después Roberto le contó a Ariel, al final de un partido de fútbol, que yo estaba caliente con él desde hacía años. Me molestó sobre todo que diga “está caliente con vos” y no “enamorado de vos”. Ariel me encaró y me preguntó si era verdad. Tuve que decirle que sí.
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Muy buen relato!
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Muy bueno!
Edita aca, yo lo compro!
abrazo
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Hola Xtian:
Me gustó mucho pero me dejó pensando.
¿Qué diferencia hay entre ser raro y chuparla o ser puto
(gay como concesión)y enamorarse y te metan el dedo
en el culo?
No la agarro ni me cierra(golpes bajos no).
Abrazo
José
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Muy buen relato. El final me dejó pensando, porque me tocó vivir algo similar aunque sin el encontronazo.
Al final.. era grande o no era grande?
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me gusto la escena de la moto “redondos como globos”… lindo relato…gracias
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Impresionante.. lei un par de relatos tuyos y me asombra tu capacidad de aguantar situaciones no gratas, mas alla de lo moral o de lo q este bien o mal. Atrapante de todas maneras, Saludos!
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Hola,acabo de leer esto y me quedé con ganas de seguir
quiero saber qué pasa después!..
un abrazo! -
Me gusto mucho leerlo y obviamente me quedé con ganas de leer más. ¿En que editorial se publicó el libro en Paraguay? Voy a estar por ahí en breve y me gustaría comprarlo.
Un abrazo! -
Me encantó y me quedè con ganas de seguir leyendo!!! Donde podría conseguirlo en Uruguay?
Abrazo
Diego -
Super… y como todo el mundo quiero leer mas!!
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me gusta mucho tu forma de relatar.

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