Bala en el cerebro, de Tobias Wolff
3 de Abril del 2008
Semanas atrás decidí ver de qué se trataban los podcasts y me bajé el podcast de ficción del New Yorker. Salí de mi casa rumbo a la oficina y me puse los auriculares. En el podcast el novelista T. C. Boyle anunció que leería un cuento de Tobias Wolff. No había leído nunca a Wolff, aunque sí había visto la versión cinematográfica de una de sus novelas: Mi vida como hijo (This boy’s life, 1993), protagonizada por De Niro y DiCaprio. No voy a hablar del cuento, solo voy a decir que empecé divertido por la ironía del cuento y que en unos pocos minutos, cuando escuché los párrafos finales, tuve que detenerme y apoyarme contra el poste de un semáforo para asimilar el impacto. De los cuentos que leí, este es sin duda el más sorprendente y uno de los más bellos, y demuestra que en tres páginas se pueden alcanzar las profundidades de una novela.
Pero mejor es callarme la boca y dejar que hable Tobias Wolff. Espero que mi traducción sea lo suficientemente buena como para no haber estrangulado la belleza del original. Gracias totales a Amalia, Maruja y Sofía, Dieguez, Piro, Casciari y a todos los que leyeron el cuento y sugirieron correcciones.
Bala en el cerebro
Tobias Wolff
Traducción: Xtian Rodriguez
Anders llegó al banco poco antes de la hora de cierre, así que por supuesto la cola era interminable y quedó ubicado detrás de dos mujeres que, con su estridente y estúpida conversación, lo pusieron de un humor asesino. De cualquier manera nunca estaba del mejor humor, Anders—un crítico literario conocido por el cansado y elegante salvajismo con el que despachaba casi todo lo que reseñaba.
Aunque la cola serpenteaba siguiendo la cuerda, una de las cajeras puso un cartel de “caja cerrada” en su ventanilla, caminó hacia la parte de atrás del banco, se apoyó contra un escritorio y empezó a hacer tiempo con un hombre que ordenaba papeles. Las mujeres delante de Anders interrumpieron su conversación y observaron a la cajera con odio. “Ah, qué bien”, dijo una de ellas. Se volvió hacia Anders y agregó, confiada en su complicidad, “Uno de esos toquecitos humanos que nos hacen volver por más.”
Anders había acumulado ya su propio odio contra la cajera, pero inmediatamente lo desvió hacia la quejosa presumida que tenía delante. “Es tan injusto”, dijo. “Trágico, realmente. Si no están amputando la pierna equivocada o bombardeando un pueblo ancestral, están cerrando una ventanilla.”
Ella defendió su posición. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Sólo creo que es una pésima manera de tratar a los clientes.”
—Imperdonable—dijo Anders.—El cielo tomará nota.
Ella aspiró y ahuecó sus mejillas, miró más allá de él y no dijo nada. Anders vio que la otra mujer, su amiga, miraba en la misma dirección. Y entonces los cajeros dejaron de hacer lo que hacían y los clientes giraron lentamente y un silencio invadió el banco. Dos hombres con pasamontañas negros y trajes azules estaban parados al lado de la puerta. Uno de ellos apretaba una pistola contra el cuello del guardia. Los ojos del guardia estaban cerrados y sus labios se movían. El otro hombre tenía una escopeta recortada. “¡Todos callados la boca!”, dijo el hombre con la pistola, aunque nadie había dicho una sola palabra. “Si alguno de los cajeros acciona la alarma son todos boleta. ¿Entendieron?”
Los cajeros asintieron.
—Bravo—dijo Anders.—Boleta—. Giró hacia la mujer que tenía delante.—Excelente guión, eh. La inexorable y aguerrida poesía de las clases peligrosas.
Ella lo miró con los ojos húmedos.
El hombre de la escopeta empujó al guardia hasta hacerlo arrodillar. Le dio la escopeta a su compañero, tomó con firmeza las muñecas del guardia y le esposó las manos en la espalda. Lo derribó al piso con una patada entre los omóplatos. Luego tomó la escopeta otra vez y fue hacia la puerta de seguridad ubicada al final de la hilera de cajas. Era petiso y pesado y se movía con una peculiar lentitud, casi con apatía. “Ábranle”, dijo su compañero. El hombre con la escopeta abrió la puerta y avanzó despacio por detrás de los cajeros, entregando a cada uno una bolsa de plástico. Cuando encontró la ventanilla vacía miró al hombre de la pistola, que dijo, “¿De quién es esta caja?”
Anders miró a la cajera. Ella puso una mano en su garganta y giró hacia el hombre con el que hablaba. El hombre asintió. “Mía”, dijo ella.
—Entonces mové ese culo feo y llená esta bolsa.
—Ahí tiene—le dijo Anders a la mujer que tenía delante.—Se hace justicia.
—¡Vos, genio! ¿Te di permiso para que hables?
—No—dijo Anders.
—Entonces cerrá el pico.
—¿Escucharon eso? —dijo Anders.—Genio. Parece sacado de Los asesinos.
—Por favor, cállese—dijo la mujer.
—¿Sos sordo?—El hombre con la pistola fue hasta donde estaba Anders. Le clavó la punta de la pistola en el estómago.—¿Te pensás que estoy jugando?
—No—dijo Anders. Pero el caño le hizo cosquillas como un dedo rígido y tuvo que esforzarse para no reír. Para aguantarse se forzó a mirar al hombre a los ojos, que eran claramente visibles detrás del pasamontañas de la máscara: celestes, y con los bordes rojizos. El párpado del ojo izquierdo temblaba. El hombre suspiró y exhaló un penetrante olor a amoníaco que sacudió a Anders más que todo lo que había sucedido hasta ese momento, e hizo que comenzara a desarrollar un sentimiento de incomodidad cuando de pronto el hombre lo aguijoneó otra vez con la pistola.
—¿Te gusto, genio? —dijo.—¿Querés chuparme la pija?
—No—dijo Anders.
—Entonces dejá de mirarme.
Anders fijó sus ojos en los mocasines del hombre.
—No ahí abajo, acá arriba—. Metió la pistola bajo la pera de Anders y la empujó hacia arriba hasta que lo dejó mirando el techo.
Anders nunca había prestado mucha atención a esa parte del banco, un viejo edificio pomposo con pisos, pilares y mostradores de mármol y arabescos dorados sobre las ventanillas de las cajas. La cúpula en el techo estaba decorada con figuras mitológicas envueltas en togas a cuya fealdad regordeta Anders apenas había echado una mirada hacía muchos años y luego había declinado prestar atención. Ahora no tenía más opción que estudiar el trabajo del pintor. Era peor de lo que recordaba, y todo había sido ejecutado con la mayor seriedad. El artista tenía unos pocos trucos en la manga y los usaba una y otra vez: cierto tono rosado en la parte inferior de las nubes, una tímida mirada hacia atrás en las caras de los cupidos y los faunos. El techo estaba atiborrado con variados dramas, pero el que captó el ojo de Anders era el de Zeus y Europa—retratados, en esta versión, como un toro clavando la mirada en una vaca desde detrás de un montón de heno. Para hacer sexy a la vaca el pintor le había torcido las caderas sugestivamente y la había dotado de unas largas pestañas lánguidas a través de las cuales observaba al toro en una sensual bienvenida. El toro esgrimía una sonrisa afectada y sus cejas estaban arqueadas. De haber existido un globo de historieta saliendo de su boca habría dicho “Cuchi cuchi”.
—¿De qué te reís, genio?
—De nada.
—¿Te parezco gracioso? ¿Te pensás que soy un payaso?
—No.
—¿Te pensás que podés joder conmigo?
—No.
—Seguí jodiendo y sos boleta. ¿Capische?
Anders estalló en una carcajada. Tapó su boca con ambas manos y dijo “Lo siento, lo siento”, y luego resopló por la nariz a través de sus dedos y dijo “Capische, oh dios, capische“, y en ese momento el hombre de la pistola levantó la pistola y le disparó a Anders en la cabeza.
La bala impactó en el cráneo de Anders y atravesó su cerebro y salió detrás de su oreja derecha, dispersando astillas de hueso hacia la corteza cerebral, el cuerpo calloso, y más atrás, hacia los ganglios basales y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo esto ocurriera, la primera aparición de la bala en el cerebro desencadenó una cadena chisporroteante de reacciones iónicas y neuro-transmisiones. El peculiar origen de estas reacciones les imprimió un patrón peculiar, reviviendo azarosamente una tarde de verano de hacía cuarenta años, y que hacía mucho tiempo había sido olvidada. Luego de impactar el cráneo, la bala se movía a 300 metros por segundo, una marcha patéticamente lenta y glacial comparada con los relámpagos sinápticos que estallaban a su alrededor. Una vez en el cerebro la bala cayó bajo el control del tiempo cerebral, lo que le dio a Anders tiempo suficiente para contemplar la escena que, en una frase que Anders hubiera aborrecido, “se representó frente a sus ojos”.
Vale la pena notar lo que Anders no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su primera amante, Sherry, o lo que más había amado locamente en ella, antes de que comenzara a irritarlo: su desvergonzada carnalidad, y especialmente la forma cordial que tenía de dirigirse a su miembro, que ella llamaba Mister Mole, como en “Oh, parece que Mister Mole quiere jugar” o “¡Juguemos a la escondida con Mister Mole!” Anders no recordó a su esposa, a quien también había amado hasta que lo cansó con su rutina, o a su hija, ahora una malhumorada profesora de economía en Dartmouth. No recordó estar parado frente a la puerta de la habitación de su hija mientras ella retaba a su oso de peluche diciéndole que se había portado mal y describía los escalofriantes castigos que le esperaban a Garras a menos que cambiara su comportamiento. No recordó una sola línea de los cientos de poemas que había memorizado en su juventud para poder erizarse la piel a voluntad: ni “Silencioso, en la cima de una montaña en Darien”, ni “Oh dios, hoy escuché”, ni “¿Todas las bellas? ¿Dijiste todas? ¡Oh Dios! ¿Todas?” Ninguno de estos versos recordó; ni uno. Anders no recordó a su madre moribunda diciendo de su padre “debería haberlo apuñalado mientras dormía”.
No recordó al profesor Josephs contándole a la clase cómo los prisioneros atenienses en Sicilia podrían haber sido liberados si recitaban Esquilo ni cuando el mismo Josephs recitó Esquilo, a continuación, en griego. Anders no recordó cómo sus ojos habían ardido con esos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero de universidad en la solapa de una novela no mucho tiempo después de la graduación, o el respeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de respetar.
Tampoco recordó Anders ver haber visto a una mujer arrojarse a su muerte desde un edificio enfrente del suyo días después del nacimiento de su hija. No recordó haber gritado “¡Dios, ten piedad!”. No recordó haber chocado el auto de su padre a propósito contra un árbol, o las patadas en las costillas de tres policías en una marcha contra la guerra, o despertarse riendo. No recordó cuando comenzó a mirar los libros apilados en su escritorio con recelo y desdén, o cuando empezó a detestar a los escritores por escribirlos. No recordó cuándo todo empezó a recordarle otra cosa.
Esto es lo que recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el mundo de los insectos, él mismo reclinado contra un árbol mientras los chicos del barrio se reunen para armar un partido. Él observa mientras los demás discuten el talento relativo de Mantle y de Mays. Han estado preocupados por este tema todo el verano y se ha vuelto tedioso para Anders: una opresión, como el calor.
Entonces llegan los últimos dos muchachos, Coyle y un primo de él de Mississippi. Anders nunca ha visto al primo de Coyle antes y nunca lo volverá ver. Anders dice hola con los otros y no le presta más atención hasta que han elegido equipo y alguien le pregunta al primo en qué puesto quiere jugar. “Parador en corto”, dice el muchacho. “Parador en corto es la mejor posición que es”. Anders gira y se queda mirándolo. Quiere escuchar al primo de Coyle repetir lo que acaba de decir, pero sabe que no debe preguntar. Los otros pensarán que es un creído, burlándose del chico por su gramática. Pero no es eso, no es eso para nada: es que Anders está extrañamente exaltado, iluminado por esas dos palabras finales, su sorpresa y su música. Entra al campo en un trance, repitiendo esas palabras para sí.
La bala ya está en el cerebro; no será demorada por siempre, su avance no se detendrá. Al final hará su trabajo y dejará el cráneo agujereado, arrastrando una cola de cometa de memoria y esperanza y talento y amor hacia el mármol del salón. Y eso no podrá evitarse. Pero por ahora Anders todavía puede hacer tiempo. Tiempo para que las sombras que se alarguen en el pasto, tiempo para que el perro le ladre a la pelota que vuela, tiempo para que el muchacho en el sector izquierdo del campo golpetee su guante negro de transpiración y suavemente entone, Que es, que es, que es.
Por Xtian Rodriguez
Un bocón, el tal Anders
Estremecedor!
Muy bueno.
Yo leí “Vida de este chico” hace un tiempo y me había gustado bastante (la peli me pareció floja) pero no volví a leer nada de Wolff.
Interesante.
un placer.
Te recomiendo “En el jardín de los mártires norteamericanos” (”In the garden of the North American martyrs”, 1981), su primera colección de cuentos que tiene muchas otras historias de calidad. Y otro que me dejo sin habla últimamente fue “Aquí no eres un extraño”, la colección de historias de Adam Haslett.
Es bárbaro lo de los podcasts, sobre todo en temas mas culturales que uno se pierde por radio (o en este caso, cosas que están por otros paises). Yo siempre me bajo ese, y tambien “This American Life” y “Forum” de NPR: el primero es uno de esos shows de historias intimas con giros inesperados y Forum suele tener entrevistas de una hora completa con autores cuando salen sus libros.
El New York Times tiene un podcast literario semanal muy interesante, adonde un par de criticos discuten los libros de la semana y entrevistan a algun(os) escritor(es).
Dura unos 20 minutos: perfecto para un viaje en subte!
me parece genial tu blog, esta clase de blogs hay que darlos a conocer, te invito a unirte a nuestro directorio gratuito y dar de alta tu blog, visita directorioblogweb exitos un saludo!
Gracias por la traducción.
¡Qué groso!
Podría venir acompañado por ese famoso dibujo de Dalí sobre los relojes.
Realmente impresionante.
Sos un excelente traductor, me gustó mucho tu versión del cuento de Wolff. Ojalá traduzcas más cosas para los lectores de tu blog. Muchísimas gracias por hacerlo, por tu tiempo y tu generosidad.
Exelente!
Muy buen cuento! Y tu traducción se lee de corrido sin molestias. De curioso que soy luego de leer tu traducción, leí el original en inglés. Me quedé pensando en el final, qué difícil traducir un error gramatical, el inglés “they is”. En el inglés original esas dos sílabas están mal en sí, incluso separadas del contexto. Son el error gramatical que menciona más tarde. Mientras que tu traducción “que es”, así separada de contexto no es un error. Quedó como error en referencia a la frase del primo.
Simplemente de curioso, lo tradujiste así por la sonoridad parecida entre “they is” y “que es”? La traducción literaria del error “ellos es” suena muy pesada y no tendría nada que ver. El pibe en inglés habrá querido decir “is the best position there is”, o sea “es la mejor posición que hay”… habría que encontrar algo que sonoramente sea parecido a “que hay”, o “hay” simplemente, y que sea un error gramatical.
Nada, me quedo pensando, qué díficil traducir!!! Se podría debatir por horas simplemente por esas dos palabritas. Aunque hacen a la esencia de este cuento.
Estuve a punto de no traducir el cuento porque no encontraba una forma de traducir esas dos palabras. Le di vueltas durante dos semanas. Lo que hay que encontrar tiene que ser un error gramatical que cumpla: 1. tener dos sílabas, 2. ser un error “verosímil”, algo que un chico “del campo”, pueda decir.
A mí me pareció que en la traducción argentina, es verosímil que ese chico diga, en vez de “la mejor posición que hay”, “la mejor posición que es”. Dándole vueltas no encontré ninguna otra alternativa potable.
Fijate en el sonido de “they is” en inglés, la y del “they” se pega a la i del “is”, armando una vocal alargada y haciendo que ambas palabras se lean de corrido, como una pegoteada, montada sobre la otra. Lo mismo pasa con con “que es”, esas dos es se unen y patinan.
Por eso, cuando encontré esa traducción tuve una epifanía.
El otro problema que tuve con la traducción fue con la referencia a “Los asesinos” y el “genio”, con el que se refiere el chorro a Anders. En inglés el cuento “Los asesinos” de Hemingway es muy conocido, y el leit motiv del cuento es ese bright boy, que los chorros emplean con sus rehenes. En castellano la referencia a Hemingway se vuelve muy difusa. Pensé en cambiarla por una referencia cinéfila. Y le di vueltas a la traducción de bright boy. Pensé en “chico listo”, “vivo”, “chivo maravilla” y otras 300 pavadas. Algo que hiciera reír a Anders, que le pareciera exagerado y cursi. Al final me quedé con genio, aun si tuve que sacrificar el original de sustantivo más adjetivo.
En fin, traducir es flor de laburito y tenés que acostumbrarte a que traducís un párrafo con fluidez, en cinco minutos y de pronto una sola palabra te deja trabado durante días. Y si sos maniático, es uno de los peores laburos posibles.
En este caso conté con la ayuda de bastante gente criteriosa, que me orientaron un poco en la epopeya. A ellos, gracias.
Muy bueno el cuento, sobre todo, la parte en la que va enumerando lo que no recordó. La descripción minuciosa de la bala y el fin me hizo acordar a una excelente novela: Cosas de la vida (no recuerdo al autor, mmm).
Gracias por la traducción!
Algo bueno para leer, en esta noche fria sin estrellas.
Entiendo Xtian sobre la dificultad de traducir, creo que yo de maniático tengo mucho y me sería difícil hacerlo. Ahora en tren de polemizar, me parece que tu premisa (1) de que tuvieran que ser dos sílabas, y tu explicación sobre las vocales que se pegan, es algo más para la poesía que para la prosa. Por supuesto que sería lo ideal, y que no puede ser un sermón, pero quizás algo de tres sílabas, y sin necesariamente tener vocales pegadas, podría haber cumplido la función. Ojo, igual pienso y repienso, y no se me ocurre qué podría ser (bah, se me ocurren opciones pero me parecen malas).
Yendo a otra cosa, entiendo que hayas querido traducir este cuento. Quizás es psicología barata lo que hago, pero veo mucho de tu mundo y de tu forma de escribir en este cuento. Sobre todo por el lado de recordar episodios de la infancia, quizás nimiedades (como esas palabras “they is”) que se te quedan grabadas a fuego. Quizás también algo de la irreverencia de ese personaje, de reírse en semejante situación, que por ejemplo me hace acordar a tu episodio en Glam.
Son ideas en el aire, no me hagas mucho caso.
Ah, sí, respecto a las referencias a Hemingway, pues sí, yo ni idea sobre ese cuento. Quizás ahí no queda otra que una nota a pie de página (si fuera impreso), y sino muy bien lo que hiciste de poner un vínculo, que es la opción internética.
Con todo esto me diste ganas de traducir algo. Yo creo que me animaría con algo corto del francés al castellano.
Hm, Maestruli, estoy en total desacuerdo. Para mí es absolutamente esencial que lo que repite el chico sea musical, sea algo corto y sincopado, que sean dos sílabas casi mántricas que parecen ser una. El texto dice que a Anders le llama la atención la “sorpresa” y la “música”, así que en ese momento es menos importante lo literal y más lo musical, y la música tiene que ver con la métrica, el acento, el sonido.
Yo agrego algo que es mi propio ácido lisérgico. En el cuento original Anders entra al campo de béisbol repitiendo “they is, they is, they is”, que es una forma sincopada de decir “days, days, days”, o sea “días, días, días”. Me parece que ahí hay sorpresa y música.
Y sí, el texto tiene mil lecturas posibles. Es un cuento que habla del lenguaje y como estructura nuestra experiencia y nuestra memoria. También ironiza sobre la “distancia crítica”. Y es uno de los pocos casos en literatura en los que aparece un cliché mortal, literalmente.
No se puede luchar contra la naturaleza del comportamiento. Muy buen cuento. Gracias por la traducción!
Precioso cuento. Buscaré más textos de Tobias Wolff…