El insólito accidente de la felicidad

18 de Diciembre del 2006

[Mojando madalenas en el té de burrito]

Como muchos de mi edad empecé a leer con los libros de la colección Robin Hood. Éramos tres hijos, mis dos hermanas y yo, y apenas alcanzaba con el sueldo que mi viejo hacía como operario en Olivetti, así que no había guita para libros. Mi prima Norma era más afortunada, era hija única, sus padres tenían una juguetería y un buen pasar: Norma tomaba clases de piano, inglés y taquigrafía particular. Y tenía la colección completa Robin Hood. Tengo dos hermanas más grandes, 5 y 4 años mayores que yo. Mi infancia es mi infancia con ellas: mis viejos compraban siempre tres buzos de Petete, tres camperas iguales en distintos colores, me pasaban la ropa de ellas, nos educaron con el mismo criterio. A los 5 años ya sabía leer y escribir y hasta dividir. En el barrio no había otras chicas de la edad de mis hermanas y mi mamá era estricta con las salidas a la vereda y con las visitas de las amigas del colegio: mis hermanas se aburrían y yo era el juguete más entretenido. Me vestían de hawaiana, me usaban para probar experimentos del juego de química y me enseñaban todo lo que aprendían en el colegio. Meé sentado durante toda mi infancia y cuando entré a primer grado me quisieron adelantar a tercero, porque ya sabía todo y me aburría. Mi mamá se negó: “Tenía miedo de saltearme etapas en tu desarrollo, porque no tenías la madurez de un chico de tercer grado”.

Me acuerdo todavía de esos días de aburrimiento. Y también me acuerdo de las tapas amarillas de la colección Robin Hood. No recuerdo cuál fue el primero que leí. Quizás haya sido el favorito de mi hermana Andrea: Una niña anticuada. Sé que empecé a leer Azabache y lo abandoné enojadísimo porque había una página faltante y no pude soportar la idea de continuar la lectura (ya desde ese momento era un maniático a la hora de leer). Hasta que un día descubrí Las aventuras de Tom Sawyer.

Todo esto que cuento arriba es un collage de datos, armado con recuerdos propios y ajenos, historias que me cuentan mis padres y mis hermanas y también historias que me cuento. Los recuerdos tienen tantas manos de pintura encima que no sé cuales son sus colores verdaderos. Pero sí puedo recuperar intacto el recuerdo de la lectura de Tom Sawyer. No de todo el libro (que no me animo a volver a leer), pero sí de la escena en la que a Tom lo ponen en penitencia y lo obligan a pintar la cerca. Tom simula que pintar la cerca es lo más divertido del mundo y todos sus amigos terminan pagándole para poder pintarla. No sé por qué esa escena me empujó definitivamente hacia la lectura. Nunca pude parar de leer. Recuerdo ese descubrimiento inesperado de lo que podía ser la lectura: una experiencia de inmersión completa en la felicidad.

Creo que había una ilustración de la escena en el libro. Sino sería todavía más extraño porque recuerdo la verja de madera, hasta el detalle de las nervaduras de las tablas, escalonadas, ásperas, el tacho de pintura blanca, la paja oblicua colgando de la boca de Tom, el sol de la tarde de sábado. Me acuerdo de la noticia bomba también: salí corriendo a buscar a mis hermanas para exigirles que lean el libro, porque era genial, era increíble. La lectura es siempre incompleta si no es compartida, la lectura desborda, es una experiencia de vasos comunicantes, de diques y energía eólica pura.

Ese es mi edén literario, el lugar de felicidad original, del que fui expulsado indefectiblemente. No me animo a releer Tom Sawyer. Tampoco Dos años de vacaciones de Verne y tantos otros libros que leí en esa época. Hay que cuidar esos paraísos artificiales aunque sean ya inaccesibles. Siguen irradiando esa música secreta y bombeando esa sangre necesaria y empujándonos, otra vez, a la aventura de leer.

Me había olvidado de todo esto, lo tenía enterrado. Este recuerdo podía volver a surgir a la superficie solo si volvía a experimentar esa felicidad que aparece cuando uno no espera nada (o lo que es lo mismo: cuando uno abre un libro esperando leer otro libro, más o menos bueno, más o menos interesante) y lee, en cambio El curioso incidente del perro a la medianoche, de Mark Haddon.



17 Comentarios en “El insólito accidente de la felicidad”

  1. dosdedos | 18/12/2006 a las 11:52:22

    De lo mejor que he leído últimamente. Y es cierto. No sólo es la felicidad. A mi me hizo sentir esa cierta inocencia de leer un libro por primera vez… y descubrirlo y no querer dejarlo y eso. Todo este texto tuyo, no hace más que describir ese libro. Me llegó. :)

  2. Biondini | 18/12/2006 a las 13:30:09

    “Me vestían de hawaiana, me usaban para probar experimentos del juego de química y me enseñaban todo lo que aprendían en el colegio”

    Falta de modelo masculino?

  3. perdida | 18/12/2006 a las 15:43:51

    ay, la infancia…

  4. alejovaz | 18/12/2006 a las 17:02:51

    Llegué un poco mas tarde a Tom Sawyer, pero si disfruté ( y deseé, aunque me daba mucho miedo andar en barco) vivir esa aventura de “Dos años de vacaciones”, esos “paraisos artificiales”. Gracias (como tantas veces) por ponerle palabras a esos recuerdos…

  5. Inti | 18/12/2006 a las 22:14:42

    A mi también me quedó especialmente grabada la anécdota de la cerca luego de leer Tom Sawyer.
    Estoy totalmente de acuerdo en eso de que el disfrute de la lectura es incompleto si no es compartido.
    Saludos!

  6. Gabriel | 18/12/2006 a las 23:31:03

    Tom… y Huck_nosecuánto_berry Finn se llamaba el amigo? Creo que empecé por ahí también, y seguí con todo Julio Verne. Me vas a hacer lagrimear.

  7. Inspeculum | 18/12/2006 a las 14:40:40

    Qué notable cómo esa escena real y a la vez fantasmática de las primeras lecturas se multiplica con variantes mínimas en tantísimas experiencias. Ha de ser lo que algunos críticos llaman, a falta de mejor conceptualización, la estructura de sentimiento de una época. Me doy cuenta, además, de que el 25/10 subí algo a mi blog que tiene tantos puntos de contacto con esto que vos escribís, para mi gusto de manera más bella que yo.

  8. Rain | 18/12/2006 a las 17:46:51

    Esa franqueza que se percibe en lo que escribes, es lo que unida a la fluidez de tu narrativa, le da sustancia al post.
    Ah, pensar que los cuentos clásicos con sus mágicos mundos era lo que movía a chiquillos como yo, hasta que llegaron esos cuentos tristes que revelaron que los finales felices son artificiales visiones, el happy end, un espejismo.
    Y bien, después de todo, la felicidad dura lo que uno lee, el viaje…

    y se sonríe.

    Salutes, Xtian.

  9. ana | 18/12/2006 a las 13:54:10

    Gracias. Lei y recorde, la cerca y las tapas duras amarillas. Como explicar lo bien que me hizo recordar eso?. Como explicarte que me encontre un poquito, al leer, en este momento que crei que eso seria imposible?. Es interesante que sucedan tan azarosamente este tipo de cosas. Nunca habia entrado aqui, fue casualidad. bien…, nuevamente, gracias. Ana

  10. Arturo Cruz Perales | 18/12/2006 a las 19:48:15

    Muy buenas las lecturas de Tom Sawyer! ! Saludos..

    Perales

  11. El Mostro | 18/12/2006 a las 22:58:25

    Mi infancia fue similar, Robin Hood (que leía en la casa de mis tías platudas), me echaron del jardín por kilombero, entré a la primaria leyendo y las 4 operaciones básicas. Me aburría y estaba más tiempo parado en el rincón que sentado.

  12. El Mostro | 18/12/2006 a las 22:59:09

    .

  13. Bocio | 18/12/2006 a las 05:53:33

    me hiciste acordar de una noche de hace ¿30 años? en la que estábamos cenando con María (mi hermana)en la casa de Mamama y Papá Lolo (mis abuelos), que por entonces ya era mi casa. Y no se bien como ni porqué, en algún momento de la cena uno de ellos dos hizo mención a los libros de la colección Robin Hood. Al parecer, en el cuarto de mi tío, más precisamente en un estante alto que corría todo a largo arriba de su cama, había unos cuantos volúmenes. Yo ese cuarto lo renía re junado, y no me explicaba como nunca había visto los libros esos. Así que apenas terminamos de comer y levantamos la mesa, mi abuelo trajo un banco, se subió y empezo a bajar los libros para que los viéramos. Los cubría bastante el polvo, y posiblemente hacía varios años que nadie se ocupaba de ellos. Había unos cuantos, que mis abuelos habían ido regalando a mi mamá y a mi tío. Claramente había una división de género en los títulos: para él “Bomba”, “Los Tigres de Mompracen”, “Las minas del rey Salomón”, “El Príncipe Valiente” y por supuesto “Robin Hood”, con Errol Flynn de cuerpo entero en la tapa. Para ella “Mujercitas”, “Señoritas”, “Heidi”, “Bajo las lilas”, “Corazón” (desgarrador si los hay) y algún otro que ya ni recuerdo.

    Leí unos cuantos de esos libros (me los apropié, de paso) y también empecé a comprarme nuevas, como “El prisionero de Zenda” y su continuación, “Ruperto de Hentzau” (glorioso!) o “La reina de los Caribes”. Pero ya no venían más en esas ediciones antiguas, con sobrecubierta protectora idéntica a la tapa. “Mujercitas” lo leí, con algo de verguenza, de una edición de Peuser muy cuidada. Me fascinó de la primera a la última hoja. Años más tarde leí por ahí que George Cukor, gran director del Hollywood clásico, decía que era un libro fundamental. Eso me tranquilizó un poco, hasta que me enteré que Cukor había sido una de las locas más renombradas de Babylon city.

    No tengo el recuerdo de haber leído entonces “Tom Sawyer”, pero tengo muy presente la impresión que me produjo la peli; sobre todo esa escena en que Tom y Becky quedaban atrapados en la montaña y un indio malo los quería matar.

    Se me hace tarde, pero no pude dejar de postear estos recuerdos que me rememoró tu post. Besos

  14. Reinacoral | 18/12/2006 a las 18:07:23

    Habia recapacitado de mis ansias de matrimonio con ud. especialmente cuando me contesto un tibio “gracias”, pero ahora no va que me escribe esto y encima asi como si nada me me nombra “Dos años de vacaciones”. Tengo el corazón con agujeritos (?).

  15. Valerita | 18/12/2006 a las 21:16:51

    Colección Robin Hood. Los primeros libros que leí fueron los de mi mamá, aquellos que le regaló su abuela Amelia y que MI nona María le arrebataba cada vez que descubría que Alegre, mi madre, se quedaba leyendo en vez de ir a la clase de Corte y Confección (chucuchú chucuchú).
    Tom Sawyer, Huckelberry Finn, La cabaña del Tío Tom, Mujercitas, Sandokán y otros, fueron mi compañía en las tardes cuando mis tres hermanos jugaban a la pelota en el largo pasillo de mi casa paterna.
    Mi próxima casa, aquella que compartiré con mi marido y mis hijos, tendrá lugar para albergar los libros ya existentes en mi vida y los que están por nacer.

    Cordiales saludos, v.

  16. Carlos Paredes Leví | 18/12/2006 a las 16:32:05

    Bueno, siempre pasa igual. Deseamos lo que no tenemos, aún cuando entre nuestras pertenencias se encuentren los libros. ¡Pobres!. Uno se pasa la vida juntándolos y luego, al morir, es lo primero de lo que se deshacen los herederos.
    Un saludo de un porteño afincado en Madrid.
    Carlos Paredes Leví.
    tujes.livejournal.com

  17. pamela | 18/12/2006 a las 10:29:50

    me emociono leer estas lineas ,recordando hace 25 años como comenze a introducirme con la curiosidad de una niña lectora hacia los libros de tapas amarillas,adore la coleccion robin hood ,llegue a tenerla y leerla de forma completa….por esas cosas del destino no la tengo materialmente en mi poder ,pero sigo conservando en mi memoria esos hermosos libros………

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