Privado

30 de Noviembre del 2006

[Es muy tarde y no tengo tiempo de corregir esto, que acabo de escribir de un tirón. Sabrán disculpar los errores.]

Martes 4 am. Departamento MUY privado, dice el aviso. Machosactivospasivos. Una foto de una mano metiéndose adentro de un slip abultado. No te confundas, somos tu mejor “erección”. Uno, dos, tres… todos para vos. Las 24 horas, ambiente climatizado, bar, video.

- Hola, llamaba por el aviso de la revista.
- Hola - hay una pausa, como si la persona del otro lado aspirara el humo de un cigarrillo -, te cuento como funciona. Hay 5 chicos ahora, son todos activos aunque algunos también hacen servicio de pasivos. ¿Vos qué buscabas?
- Un activo.
- Bueno, son todos activos, no vas a tener problemas. Son todos de buenos cuerpos, jóvenes y dotados. No hay arancel de presentación, como en otros privados. Vos venís, ves a los chicos y elegís.
- ¿Y cuánto sale?
- 40 pesos los 30 minutos, 70 la hora completa. Si abonás la hora completa tenés incluida la eyaculación.

Tengo el impulso de preguntar si está hablando de mi eyaculación o la del otro tipo, pero me callo la boca.

- ¿Vos para cuándo buscabas? Ahora es el momento ideal porque están todos descansaditos, no hay mucho movimiento los martes…
- Buscaba para ahora, ¿en qué zona están?
- En la calle Azcuénaga, cerca de la facultad de medicina. ¿Tenés para anotar?

Me da la dirección.

- Tocá dos timbres cortos y uno bien largo, así sé que sos vos y bajo a abrirte la puerta. ¿Cómo te llamás?
- Jeremías.
- Okay, Jeremías, te esperamos.

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Guerra del hielo

28 de Noviembre del 2006

Salí de mi casa rumbo a la oficina, que queda a 6 cuadras. A las 2 cuadras el cielo se oscureció, una cuadra después empezó a lloviznar, una cuadra más y la lluvia se volvió torrencial. Me refugié a esperar que parara el chaparrón debajo de una de esas estructuras de chapa y caños que usan los albañiles para refaccionar los frentes de los edificios. El agua caía con una violencia demoníaca, el torrente marrón de la calle mordisqueaba el cordón y avanzaba hacia mis pies. Escuché voces de varios hombres atrás mío, se abrió el portón de chapa de la obra a mi lado y salieron tres o cuatro albañiles a presenciar el diluvio.

(La lluvia, cuando cae con esa ferocidad, produce un efecto de irrealidad, porque borra los bordes. Nuestra percepción es una percepción de bordes, de límites y la lluvia es una cortina impresionista sobre las cosas. No hablo solo de bordes visuales. El ruido blanco del agua cayendo ahoga todo lo demás, aun el pulsar de las alarmas de los autos suena ahogado, respetuoso. El agua marrón borronea los cuadrados de las baldosas, el límite vial esencial, el que separa la vereda de la calle, el peatón del automovilista. La línea que separa lo seco de lo húmedo también se vuelve zigzagueante, eléctrica, caprichosa. En eso pensaba cuando una gigantesca gota cayó en el centro de mi cabeza y me trajo de vuelta).

De repente, el granizo. Las bolitas de naftalina rebotando sobre la vereda, como pelotitas de ping pong, el repiqueteo atronador de las chapas, la segunda gota en el centro de mi cabeza trayéndome de vuelta.

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Enjuague y repita

28 de Noviembre del 2006

A partir de ahora y hasta nuevo aviso todo lo que usted lea en este blog es mentira.

Cumulus literarius

27 de Noviembre del 2006

Empecé a escribir este blog cuando me fui de Argentina en 1998, sin darme cuenta. Un email, después otro, otro más, la compulsión de escribir por escribir, de salir del ropero, de airear todos los roperos, de abrir todos los cajones, de sacar todos los trapitos al sol sin frenarme a pensar, nunca frenar. Estaba en New Jersey, las personas entraban y salían de mi vida todo el tiempo y nadie le prestaba demasiada atención a lo que escribía. Leía con despreocupación, escribía por escribir.

Después me metí en blogger.com y armé un blog y la cosa no cambió demasiado. Escribir porque sí, como si armara un casete con canciones favoritas para algún amigo imaginario, como si todavía fueran emails, que ahora me enviaba a mí mismo.

Quizás estaba deprimido o triste o perdido. Las palabras salían de ahí, de algún pozo nocturno, como chispitas alineadas. No la estaba pasando bien, pero había intensidad e ingravidez, dos cosas que necesito para escribir y que hoy me faltan. Necesito flotar a centímetros del piso y sentir electricidad en la yema de los dedos. El mejor lugar desde donde escribir: flotando en una nube en el medio de una tormenta eléctrica.

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Auxiliar

20 de Noviembre del 2006

Es difícil hoy parado en la línea de la resaca reconstruir el pulso de la ola. Allá en el horizonte del tiempo se enrolló, azul, como un pionono de espuma, avanzó hacia la costa y se comió a sí misma. Quedaron los renglones efervescentes y el sonido microscópico de la espuma estallando. Es la intermitencia de lo oscuro, del abismo, de la pregunta, es eso que intento barrer abajo de la alfombra del etcétera, que intento suspender con puntos suspensivos, ese relámpago metálico que no admite cierre.

O lo que es lo mismo: un sonámbulo descalzo que sube la escalera caracol hasta la terraza, que avanza con los pies fríos sobre la brea pegajosa, hasta el borde, y mira hacia abajo con los ojos blancos, agujereados, y abajo la cinta de la autopista y los autos que patinan suspendidos, postizos.

Reconozco esta espuma en los párpados, esta lana en la boca, esta pulpa en el zapato. Quiero ser literal y solo puedo gutural. Escribir no viaje, escribir cititour. Yo Tarzán, yo meta-Tarzán, segundo capítulo, fotocopia, foto carnet en el acto, pague dos llévese uno: ensalada puro aderezo, pereza pura balada, balazo de pura salva.

Luche y se van: alcanzáme las fibras, íntimas. Vos parquizá con parquetrí, yo abro agujeros para respirar con este punzón, con esta birome, con este teclado qwerty, vos rellená con bolilleo las columnas de ese laberinto, yo ilumino los rincones de esta cárcel con brillantina, yo me prendo, vos mirá, vos y yo sabemos que no es fácil ser vos y yo.

Si no hay es porque no contesta. Si no está es porque auxilio: gritenlón, agarrenlón, empujenlón, traiganlón. Ahora que hay que volver me parece.

Gas

10 de Noviembre del 2006

[Metrogas]

El otro día me cortaron el gas. Encontraron pérdidas internas. Los ruidos empezaron temprano a la mañana, abajo: rompieron la vereda, trabajaron durante dos días: dos días sin gas, dos días de duchas frías. Al tercer día taparon el pozo abajo y subieron a inspeccionar los departamentos del edificio. Cuarenta de los cincuenta no pasaron la inspección. El mío fue uno de ellos: necesito una rejilla por donde entre el aire y salga el monóxido de carbono en la cocina, necesito romper la pared y el piso para cambiar el caño de cobre que lleva el gas hasta la estufa. Necesito gas, dije furioso. Necesito agua caliente, necesito vivir, dije, clavando los ojos y las palabras como arpones en el gasista matriculado. Me dieron una prórroga: quince días para romper y cambiar. Vino un hombre con un encendedor verde transparente, lo apoyo en la mesada y se paró frente a la cocina. Giró lentamente la llave de paso y después cada una de las perillas de las hornallas. Escuché el silbido del gas, llamando. El hombre agarró el encendedor y fue encendiendo cada una de las hornallas. La llama azul tembló. Una detrás de otra, en sentido contrario a las agujas del reloj, las llamas temblaron un segundo y luego ondularon como odaliscas. Gas, pensé, pensé frío, llave de paso, romper y cambiar, contra-reloj, pérdidas internas, necesito gas, pensé.