El pakistaní, parte 7

10 de Agosto del 2006

Al día siguiente esperé su llamado, pero no llamó. A la noche me fabriqué un perfil nuevo en el chat y me quedé esperando que apareciera, pero no apareció. Me costó dormirme, Shabeh me obsesionaba y no entendía del todo por qué: apenas lo había visto dos veces, no habíamos hablado demasiado y el sexo había sido torpe y apresurado. Había un bonus de énfasis en sus gestos y en sus palabras, un subrayado teatral que me forzaba a responder con una pirueta aun más acrobática. Con Shabeh siempre estaba jugando una final, nunca un amistoso; con Shabeh siempre estaba batiéndome a duelo: dos caballeros medievales con lanzas larguísimas que se acercan hacia su colisión final a toda velocidad subidos a sus monociclos. Al principio confundí esa expectación con calentura pero ahora la calentura se había retirado para ser reemplazada por una inquietud más llana pero no menos intensa. Lo de Shabeh no era enamoramiento, ni calentura, ni química alquímica. Operaba en mi cabeza con la intermitencia R.E.M. de una obsesión cutánea, si iba en busca de la picazón para rascarla la multiplicaba en otros pliegues, la esparcía hasta confundirla con la extensión completa de mi lucidez. Simultáneamente con este diagnóstico automedicado llegaba la certeza de la duración de esta invasión de hormigas marcianas en el hormiguero de mi conciencia: en 15 días me iba a San Francisco y la cosa se terminaba. Al otro día, cuando volví del gimnasio encontré tres mensajes de Shabeh en el contestador. Los tres eran parecidos: ni siquiera decía hola, usaba el minuto que permitía la máquina para detallar cómo íbamos a coger ese mismo día, en qué posición, con qué velocidad y aceleración, con qué rozamiento. Me sonreí al escuchar el “Hoy cuando nos veamos…” del primer mensaje, un mandato impostergable y sellado. Lo seguían otras órdenes inapelables y precisas. No lo había escuchado nunca usar el potencial. “Me gustaría que…” parecía un comienzo de oración de tres palabras tan absurda en su boca como “Mi primera comunión…”.

Llamó más tarde y nos vimos esa noche. Entre la primera y la segunda cogida le hice escuchar sus mensajes. Intentaba tomarle el pelo, claro, pero él se escuchaba con atención y la mirada fija en algún punto vacío, afirmando con la cabeza, tomando nota mentalmente, como para mejorar la próxima vez.

Volví a la cama y charlamos. O mejor dicho, yo le contaba cosas y me detenía para invitarlo a una confesión análoga, pero solo recibía palabras sueltas, sonrisas, y una invitación (verbal y gestual) a coger otra vez. Yo no quería coger de nuevo y me estaba quedando sin tema de conversación. Decidí hablar de Rajul.

“Conocí a Rajul el invierno pasado, también en el chat. Es indio, de Bombay. Me mandó una foto medio rara el día que chateamos por primera vez: está en un bote, remando y detrás de él hay alguien que también rema, pero la cara está tapada con un círculo rojo. No sé por qué me gustó esa foto. En realidad me gustó la foto, no Rajul. Rajul tiene 24 años y en la foto parecía todavía más chico, supongo que por el bote, no sé. Igual nos encontramos esa noche y terminamos saliendo, pero duramos un mes nada más. Ahora seguimos amigos. Es muy agradable. Estudió computación igual que yo, pero en Los Ángeles, se mudó a Piscataway porque trabaja en una empresa que queda acá cerca.”

La noche que conocí a Rajul hacía 10 grados bajo cero y nevaba fuerte, pero igual decidimos vernos. Quedamos en encontrarnos en el cajero automático del centro estudiantil. Era el único lugar cubierto al que yo podía llegar caminando y él insistió en venir en auto a esa hora y con esa nieve. Me acuerdo del frío, de la nieve que no me dejaba ver nada, del aura de luz del cuartito vidriado que contenía el cajero en la lejanía, del olor de la mejilla de Rajul cuando lo abracé para saludarlo y del mensaje del cajero repitiéndose cada minuto mientras nos besábamos. “Ingrese su tarjeta en la ranura para iniciar la operación”. Cogimos esa misma noche, un rato después. Cogimos muy mal pero seguimos viéndonos. Supongo que ambos nos sentíamos cómodos estando con el otro y que el buen sexo no tardaría en llegar. Ese invierno lo pasamos recorriendo las calles muertas de New Jersey en el auto de Rajul. Ponía música india, bajaba la velocidad del auto a 20 kilométros por hora y nos deslizábamos como en un trineo atravesando el paisaje blanco. Después íbamos a su casa y preparaba café, con café de no sé dónde y agregándole no sé qué cosa. El café era una delicia y nos tirábamos en el sillón a hablar mal de Estados Unidos y de las muchísimas cosas en común entre la cultura india y la latina. Una de las primeras veces que fui a la casa me guió hasta el baño con una sonrisa. Había velas aromáticas por todos lados. Abrió las canillas y se empezó a desnudas mientras vertía unos líquidos coloreados de unos frasquitos con etiquetas en sánscrito. Nos bañamos juntos pero mi calentura por Rajul murió y nunca más volvimos a coger. Seguimos saliendo unas tres semanas más: el invierno era muy duro y ninguno de los dos tenía ganas de salir a ningún lado ni conocer a nadie, así que pasamos un mes entero navegando por las calles congeladas, escuchando bandas de sonido de películas de bollywood y tomando café con especias.

Se me ocurrió que a Shabeh le serviría conocer a alguien gay cercano a su cultura y le propuse que saliéramos los tres juntos el viernes a la noche. “¿Es musulmán?”, preguntó. Le contesté que no. Podíamos ir a Manhattan, comer en algún restaurant interesante y después ir a un bar del Village. Dijo que sí, aunque la idea no pareció entusiasmarlo mucho. Le dije que lo llamaría a Rajul al día siguiente y organizaría la salida. “Okay”, dijo. Y después agregó: “Es fin de semana largo, así que podría quedarme un par de días acá con vos, ¿qué te parece?” Dije que sí sin pensarlo mucho. “Bueno, el viernes vengo a la tarde, me cambio acá, vamos a Nueva York y después ya me quedo acá hasta el lunes a la noche.” “Dale, no hay drama”, dije, mientras me estiraba para alcanzar el último forro que quedaba sobre el escritorio.



5 Comentarios en “El pakistaní, parte 7”

  1. Rosarioso | 10/08/2006 a las 13:47:10

    Esta parte me pareció bastante breve, aunque tuvimos de yapa la mini-historia de Rajul, cortita y redondita.
    Espero que postees pronto la continuación, me tiene intrigado hacia dónde irá el rumbo de este relato…

    Saludos desde Rosario, cuna de la bandera.

    Rosarioso

  2. pal | 10/08/2006 a las 14:45:11

    aquí quedo a la espera…

  3. AC | 10/08/2006 a las 16:07:40

    Brillante como siempre… como siempre gracias Xtian!

  4. luisana | 10/08/2006 a las 05:06:35

    “…la esparcía hasta confundirla con la extensión completa de mi lucidez.” Por frases como estas te sigo leyendo, enganchan al principio aunque despues aflojas.Para mi, mas importante que la historia del pakistaní, es la narración que haces sobre la propia percepción. Esperaremos a ver que mas nos aguarda.

  5. Fargok | 10/08/2006 a las 06:31:46

    Desde que te leo sólo puedo pensar que eres un maestro con las palabras. Me encanta la forma en la que escribes.

    Gracias por este relato, espero poder leerte más muy pronto. :)

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