El pakistaní, parte 6
28 de Julio del 2006
La carrocería del ómnibus torció arriba en la colina hinchada, se detuvo, abrió sus puertas, expulsó dos figuras sobre el terraplén y volvió a deslizarse convertida en un punto azul en el mapa satelital interactivo. Subieron apenas siguiendo el sendero que bordea la calle, cruzaron y descendieron ya del otro lado, hacia el parque trasero, espeso de árboles, del que surgen como rayos de cemento los cuatro edificios. Él señalaba los carteles, extendía el brazo hacia lo lejos, hacia el gimnasio, el estadio de football, el río. Introdujo la llave y empujó con el hombro, la mezcla de olores lo trajo otra vez: curry, ajo, cebolla. La nube de todo esto, pensó, pero no dijo nada. Señaló la escalera, subieron, introdujo la llave en otra puerta, el pestillo saltó del otro lado, empujó con el hombro, sostuvo la puerta y lo dejó pasar. El sofá y la televisión recostada fue lo primero que vio, a la izquierda; la mesada de la cocina, vacía, la heladera, a la derecha; y él señalando el pasillo, hacia el fondo. Le ofreció algo para tomar, solo tengo agua, aclaró. El dijo que agua estaba bien. Dónde, preguntó. La última habitación, respondió. Caminaron con los vasos de agua uno detrás del otro hasta la última puerta, enfrente del espejo. Las miradas se cruzaron en el espejo y la puerta se cerró.
Por Xtian Rodriguez