19 de mayo de 2000, 01.30 hs
No sé por qué no puedo leer. Probé con algo denso (Crimen y castigo), con algo corto (Crónica de una muerte anunciada), con poesía (Hojas de hierba) y con ensayos (Montaigne, Sontag), pero no puedo. Apenas puedo escribir este diario. Es el viaje, estoy seguro: aunque faltan tres semanas lo siento inmimente. Por eso lo único que me queda es entrar en el chat de gay.com y mirar un rato las hileras de texto que trepan lentamente como burbujas por la pantalla: “¿Alguien para ahora en New Brunswick? Yo 28 años, buen físico, activo, sin lugar”, “Onda nada que ver, para algo serio, amistad, salidas, manden privado”, “Madurito de 52, busca nenito para malcriar, para ahora o para organizar para otro día”. Mientras recorro el departamento arrastrando una bolsa de consorcio y llenándola de basura. Los apuntes de las materias de estos dos años: a la basura. Un teléfono y una radio que ya no funcionan: chau. CDs grabados con programas que ya no uso, comida vencida, cosméticos y cremas que me gané en una rifa y nunca usé: bye bye. Así paso el tiempo, del chat burbujeante a la peregrinación cartonera por el departamento y de ahí a mirar por la ventana a los insectos que giran alrededor de los globos de neón del parque trasero.
Me doy una ducha, voy hasta la heladera, no hay casi nada: mermelada, cerveza, mayonesa, huevos. Abro una lata de cerveza y me instalo frente a la computadora. Ahora las burbujas de texto suben desaforadas, algo está pasando. Ni siquiera puedo seguir la conversación, tengo que frenar la evolución de la pantalla con el puntero del ratón para poder leer. “¡Terrorista de mierda!”, “¡Volvé a tu país a criar camellos!”, “¡Sacate la toalla de la cabeza!” son algunos de los insultos que varios personajes le disparan a un tal pakistani28. pakistani28 responde con amenazas “¡Ya lo van a pagar! ¡Juro que lo van a pagar!”.