El pakistaní, parte 3

19 de Mayo del 2006

20 de mayo de 2000, 2.15 hs

A las cuatro y diez de la tarde llamo al número que me dio. Atiende una voz de hombre y pronuncia palabras en un idioma extraño.

- Hola, ¿podría hablar con Shabeh?
- Soy yo. ¿Quién habla?
- Soy Christian, hablamos ayer en el chat.
- Ah sí, estoy en el trabajo, ya me estaba yendo - tose y su voz se convierte en un susurro -. No tengo mucho tiempo, te veo a las ocho en la estación de New Bruswick, al pie de la escalera, donde paran los taxis.
- Okay, ¿y cómo te reconozco?
- Ya viste mis fotos, me vas a reconocer, no te preocupes, y si no te voy a reconocer yo. ¿Tu foto es reciente?
- Sí, del mes pasado.

>> continuar leyendo

El pakistaní, parte 2

18 de Mayo del 2006

19 de mayo de 2000, 01.30 hs

No sé por qué no puedo leer. Probé con algo denso (Crimen y castigo), con algo corto (Crónica de una muerte anunciada), con poesía (Hojas de hierba) y con ensayos (Montaigne, Sontag), pero no puedo. Apenas puedo escribir este diario. Es el viaje, estoy seguro: aunque faltan tres semanas lo siento inmimente. Por eso lo único que me queda es entrar en el chat de gay.com y mirar un rato las hileras de texto que trepan lentamente como burbujas por la pantalla: “¿Alguien para ahora en New Brunswick? Yo 28 años, buen físico, activo, sin lugar”, “Onda nada que ver, para algo serio, amistad, salidas, manden privado”, “Madurito de 52, busca nenito para malcriar, para ahora o para organizar para otro día”. Mientras recorro el departamento arrastrando una bolsa de consorcio y llenándola de basura. Los apuntes de las materias de estos dos años: a la basura. Un teléfono y una radio que ya no funcionan: chau. CDs grabados con programas que ya no uso, comida vencida, cosméticos y cremas que me gané en una rifa y nunca usé: bye bye. Así paso el tiempo, del chat burbujeante a la peregrinación cartonera por el departamento y de ahí a mirar por la ventana a los insectos que giran alrededor de los globos de neón del parque trasero.

Me doy una ducha, voy hasta la heladera, no hay casi nada: mermelada, cerveza, mayonesa, huevos. Abro una lata de cerveza y me instalo frente a la computadora. Ahora las burbujas de texto suben desaforadas, algo está pasando. Ni siquiera puedo seguir la conversación, tengo que frenar la evolución de la pantalla con el puntero del ratón para poder leer. “¡Terrorista de mierda!”, “¡Volvé a tu país a criar camellos!”, “¡Sacate la toalla de la cabeza!” son algunos de los insultos que varios personajes le disparan a un tal pakistani28. pakistani28 responde con amenazas “¡Ya lo van a pagar! ¡Juro que lo van a pagar!”.

>> continuar leyendo

El pakistaní, parte 1

17 de Mayo del 2006

[Mayo de 2000, la historia del pakistaní, extraida de mi diario personal de esos días]

18 de mayo de 2000, 20.15 hs

Es necesario que escriba todo. Estoy demasiado cerca y es demasiado pronto para que pueda ver claro, necesito estar lejos y después, mucho después, mucho más lejos. ¿Te acordás cuando fuimos a ver Hombre mirando al sudeste al cine? Creo que era el día del estreno, creo que era en Mar del Plata. Llegamos casi sobre la hora y ya estaba lleno y no había lugar ni en los pasillos para sentarse. La película ya había empezado y nos tuvimos que sentar al centro en la primera fila. A eso me refiero con lo de estar cerca y encima: hablo de estar en primera fila, de que todo se te chorree por los bordes de los ojos, de que el sonido sea un viento más allá de la espalda y de que cuando el hombre de la pantalla mira al sudeste desde la primera fila se ve como norte o como oeste. Todo movido de lugar, todo borroso, todo rápido, mientras intentábamos barrer la escena con un brusco movimiento de cabeza: de los ojos de ella a la boca, de ahí saltar a los ojos de él y de ahí a la boca de ella, a la teta, a la tinta azul que le brota de la boca.

A veces miro lo que no importa, lo irrelevante, pero ahora no puedo decidir, no puedo ver y seleccionar al mismo tiempo. Por eso el juicio se posterga y queda abierto, es lo contrario de una ley de punto final, es una ley de puntos suspensivos, una causa que no proscribe nunca, una efecto que se reescribe siempre, si es que hay causa, si es que hay efectos. Pero no quiero marearte, quiero que sepas a qué fiestita te invito. Quiero que sepas que si deliro o mezclo lo importante con lo circunstancial es porque estoy subido a la pelota de este metegol marca Porchetto y no va a haber paradas intermedias. Valga entonces la advertencia de abrocharse el cinturón y de venir con el estómago vacío.

>> continuar leyendo

Blogs, por qué, para qué REDUX

5 de Mayo del 2006

En setiembre del año pasado participé de una mesa redonda para debatir el tema de los blogs. En esa ocasión escribí este texto. Como el texto va a ser incluido en un libro editado por el Rojas, decidí revisarlo y corregirlo. Eliminé párrafos enteros, agregué otros y reescribí casi todo. Como los cambios son significativos, decidí postear la versión corregida acá.

Hablemos de mí que es un tema fascinante
Christian Rodriguez
www.putoyaparte.com

Empecemos con un recuerdo. Es agosto del año 2000, es verano en San Francisco California, es sábado, son las 2 de la tarde. Estoy en una fiesta en la que no conozco a nadie. Cristóbal, el que me invitó a la fiesta, acaba de llamarme al celular para avisarme que no puede venir. Hay unas 30 personas dispersas por el jardín, yendo y viniendo entre las mesas que rebalsan de snacks y bebidas. A un costado humea la barbacoa. No es un cumpleaños ni una fiesta temática, es una reunión de entretejido difuso. Los invitados parecen perdidos, alguien les dio una tarjeta con una dirección y les dijo que iba a haber una fiesta en un jardín. La cerveza y la barbacoa gratis en un jardín son una oferta imposible de rechazar, sobre todo con este sol picante de verano, de sábado a las 2 de la tarde y sin nada para hacer, y acá estamos.

El problema de esta fiesta es su falta de motivo, más allá de que todos parecemos ser latinos (todos hablan castellano), no hay cumpleañero que homenajear, ni consigna que nos obligue a vestirnos todos de blanco o con onda ochentosa. Los invitados peregrinan de mesa en mesa, las conversaciones se empantanan más allá de los saludos y todos parecemos astronautas abandonados a la ingravidez sepia del sol del mediodía . Para colmo los perros calientes tardan en salir de la parrilla, los snacks se están acabando y aterrizamos en nuevos niveles de incomodidad con los platitos de cartón, ahora vacíos, en la mano.

>> continuar leyendo