Mi marciano favorito (segunda parte)

28 de Junio del 2005

[18 de Marzo de 2005, Palermo, Buenos Aires, la segunda parte de la historia que comenzó acá]

Cuando salí de la escalera mecánica lo vi de espaldas, sentado en una mesa. Le dije hola y el no respondió nada, pero me dio un beso y sonrió. Tenía los dientes blanquísimos. Mientras caminábamos hacia el mostrador le pregunté en que había andado estos días. No me contestó. Supongo que el silencio significa “nada que valga la pena mencionar”.

Pedí un combo McNífica, el pidió unas papas fritas solas, sin ketchup, sin sal. Sin darme cuenta volví a preguntarle casi lo mismo.

- ¿Qué anduviste haciendo?
- En el laburo agarramos un armario con los compañeros y lo desarmamos. No lo podíamos volver a armar. Tironeamos un rato y de pronto salieron miles de cucarachas de adentro.

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Nada sincronizada

16 de Junio del 2005

[9 de junio de 2005; Buenos Aires, Palermo: mi temporada deportiva invernal]

Sigo en la nube de pedos, que a esta altura es cumulus nimbus pedus. Ayer vi el partido de Argentina. Veo a los tipos sudados y pegando puntinazos, empujándose, dándose la mano para levantarse luego de una patada en las canillas y me agarra un momento litúrgico, una comunión con cantos gregorianos bajando desde las tribunas. Y ahí vuelvo a creer en la fraternidad de los hombres, en el bálsamo de la transpiracion, en el exorcismo del tacto. Es decir, me caliento, pero no con una calentura eréctil, sino con algo más tibio y que viene de más atrás o de más adentro o de más arriba. Esta liturgia debe venir de que a la mañana cogí con Pablo. Supongo que sino mi visión sería más inguinal, más axilar, más decúbito dorsal.

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