[23 de Abril de 2005, Palermo, Buenos Aires.
Lo que cuento en este texto ya lo conté antes. Como aquel texto no me gusta, decidí reescribirlo: corregirlo y expandirlo. Acá va el resultado, con la impresión de que dentro de unos meses volveré a reescribirlo. Así seguiré, andá a saber hasta cuándo.]
Raro. Esa era la palabra que mi mamá usaba. “Es un chico raro”. No me lo decía a mí, pero sí a sus amigas, a las vecinas y a los parientes. Y no lo decía con tristeza o resignación, lo decía con orgullo. “Hay que estar muy atento, porque si le decís algo que no le gusta toma carrera y se da la cabeza contra la pared”. “¿Qué peligro, no?”, se compadecía la vecina. “Lo que pasa es que nació sietemesino y tardó como dos minutos en respirar. Le pegaron en la cola 3 enfermeras y nada, tuvo que venir el doctor Ortiz y pegarle bien fuerte en la cola, y ahí recién lloró”. Dicen que la psicología sexual de una persona se configura en los primeros años de vida. En mi caso, el trámite duró tres minutos.
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