No se puede parar la música
19 de Marzo del 2005
[19 de Marzo de 2005, 5.16 AM, Palermo, Buenos Aires.
Este weblog comenzó con un texto críptico, que seguramente nadie entendió del todo. Esa misma historia vuelve ahora para cerrar su propio ciclo y clausurarse. Andá a saber por qué.
Este texto está dedicado, por supuesto, a Pablo.]
A pesar de que llego cuarenta minutos antes de que empiece la función, ya hay media cuadra de cola. Las puertas del cine están cerradas y por eso la fila serpentea hasta doblar la esquina. Saco la entrada y, mientras busco el final de la cola, echo una mirada a la gente que espera, con la esperanza de encontrar algún conocido, pero no encuentro a nadie. Lo que sí encuentro entre la multidud es 2 policías, 4 cowboys, 6 indios y 1 albañil.
No sé muy bien por qué se me ocurrió venir a ver “No se puede parar la música” al cine del Castro. No soy muy fanático del sing-a-long (proyección de una película musical en la que el público asiste vestido como los personajes del film y acompaña las canciones), ni de los Village People, ni de este tipo de eventos camp-retro. Se me ocurre que quizás sea un puro regodeo melancólico: “You can´t stop the music” me trae de vuelta a Tato Bores en patines, al “burúm bum bum, burúm bum bum, este es el hincha de Camerún” del mundial 78, a los primeros televisores color en las vidrieras y a esos meses en que mi papá viajó a Italia y mi mamá me dejó dormir con ella en la cama.
Recién cuando me siento en mi butaca me doy cuenta de que casi no hay mujeres en la sala. Salvo un grupito de 10 adolescentes ruidosos a mi derecha, el resto del público es masculino, gay y de más de 30 años. Hay un par de chicas con unas pelucas afro inmensas que reparten porras, sombreros, matracas y bolsitas de papel picado entre los concurrentes. Todo está listo para el carnaval carioca. Se apagan las luces y empieza la película. Steve Gutemberg patina por las calles de New York, lleno de entusiasmo, juventud y música disco. Todo este derroche de hormonas es festejado por el público, que sacude sus porras y sus bolsas de papel picado. El problema es que luego de los créditos queda claro que la película tiene, además de música disco y gente con peinados insólitos y pantalones ridículamente ajustados, argumento y diálogos, y eso la convierte en un plomazo soporífero, interrumpido apenas por súbitos destellos de ridiculez festiva.
A los 20 minutos ya estoy cabeceando y atontado, aburrido y molesto. Salvo en los números musicales, la gente permanece en silencio, deseando que el proyectorista se apiade de nosotros con algunos quirúrgicos fast forwards. Pero no, la película se estira como un chicle y la atmósfera de la sala cambia sutilmente. Vinimos a revivir una época que nunca vivimos, a meternos de lleno en los 70s, bajo la bola de boliche y trepados a nuestros zapatos con plataforma, pero no hay caso, hay algo que no funciona, un aire de derrota y tristeza. Vuelvo la vista a la pantalla y recorro los rostros de los actores y de los extras, y sin querer me pongo a imaginar cuantos de ellos sobrevivieron al huracán negro del SIDA, cuántos de esos chicos gays despreocupados que cruzaban New York o San Francisco patinando, atravesaron vivos el campo minado de los 80s y los 90s.
Pienso también en mis propios campos minados, en el zigzag de las decisiones que me trajeron vivo a esta butaca, a este sombrero de plástico y a este papel picado. De pronto, estar vivo en este cine es muy raro, no me gustan todas esas decisiones correctas que tomé, todos esos cinturones de seguridad siempre bien abrochados. Me pregunto si no seré un tibio, me da terror ser un tibio, alguien que esquivó a velocidad crucero todos los cruces peligrosos por miedo al choque frontal o al trompo que te deja envuelto en una nube de polvo en la banquina. En todo eso pienso, y se me nublan los ojos y la pantalla. En esa neblina pegajosa es inevitable que me acuerde de Pablo.
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Conocí a Pablo en el verano de 1996, cuando trabajé de operador telefónico internacional para Telintar. Me acuerdo perfectamente de la primera vez que lo vi. Yo estaba sentado frente a mi computadora, irritado por la catarata de llamadas a ínfimos pueblitos de Paraguay, culpa de las tarifas promocionales de los domingos. Ahí fue que lo vi entrar: flaco y de nariz filosa, con el pelo negrísimo engominado, vestido con una camisa verde a cuadritos, jeans, sandalias negras y medias blancas. Hacía mucho calor (yo estaba en bermudas) y por eso me llamó la atención que usara sandalias y medias. Se sentó al lado mío y enseguida me di cuenta que era nuevo: le temblaba la voz cuando hablaba en inglés y abría el manualcito todo el tiempo para buscar los códigos de los países. A los cinco minutos me animé y, al verlo ir en busca del librito, lo interrumpí: “¿Qué código necesitás?”. “España”. “34”. “Gracias.” Ese día volví a casa y no dormí: me pasé la noche estudiando de memoria los códigos de todos los países.
Me obsesioné con él. Todos los días llegaba antes de mi hora de entrada para averiguar las horas de entrada y salida de los ocupantes de los escritorios vecinos; quería asegurarme que cuando Pablo llegara tendría un lugar libre cerca. Apenas entraba en la sala, yo le gritaba desde la otra punta indicándole que viniera a sentarse al lado mío. Yo trataba muy mal a los clientes – solo para divertirlo – , fanfarroneaba con mi inglés y torturaba infinitamente a los peruanos que llamaban para molestar desde teléfonos pinchados en Lima. Si un supervisor me hubiera descubierto haciendo cualquiera de estas cosas, me habría echado, pero eso no me importaba.
Como los horarios de descanso no nos coincidían, hablábamos muy poco. Yo no sabía casi nada de él. Tuve, por suerte, el valor de pedirle el teléfono antes de que se terminaran nuestros contratos. Cuando se terminaron nuestros contratos empecé a llamarlo una o dos veces por mes. No sé muy bien de que hablábamos, porque yo no sabía si él era gay y él tampoco me lo había preguntado. De a poco me animé a invitarlo a ir al cine o a tomar un café, pero se negaba. Nunca podía o cancelaba a último momento. Un día no aguanté más y le dije todo: que era gay y que estaba enamorado de él. El me contó que también era gay, pero que tenía que hablar algo conmigo antes de que siguiéramos adelante. Se iba ese día a Mar del Plata, pero yo insití en verlo antes, no podía esperar una semana.
Una hora más tarde toqué el timbre en la casa de Pablo. Temblaba y me sudaban las manos. Pablo era el primer hombre gay del que me enamoraba, la primer posibilidad cierta de aventura, de pasión y de futuro. Ninguno de los metejones platónicos anteriores se le comparaba.
Cuando Pablo abrió la puerta supe el resto de lo que vendría. Lo supe porque me miró como si fuera un sobrino, alguien al que hay que explicarle algo, alguien que está a punto de aprender una lección dolorosa. Pablo me contó que había estado 9 años en pareja con un chico llamado Sebastián. Hacía dos años que Sebastián, debido a un problema dental intrascendente, había descubierto que era HIV positivo. Pablo se enteró que también lo era 10 días después. Sebastián empeoró rápidamente y murió dos meses más tarde. La familia de Sebastián se enteró en ese momento que era gay, culpó a Pablo por la enfermedad y lo dejó en la calle, porque todo estaba a nombre de Sebastián.
Pablo me contó todo como si fuera una fábula de Samaniego, y al final me dijo: “Yo sé muy bien lo que es ver a la persona que más amás muriendo de esta manera. Por eso tenés que meditar muy bien si te querés meter en esto, evaluar si podés sobrellevarlo. Yo estoy bien, pero tengo recaídas, y no puedo asegurar nada respecto a mi futuro”. Yo entendí todo, y me enamoré todavía más de él, de cómo movía las manos al explicar y de esa paz inmensa que irradiaba.
Le dije que lo iba a pensar y que lo llamaba en una semana, a su vuelta de Mar del Plata. Salí del departamento, me metí en el ascensor y dejé que bajara 5 pisos. Apreté el botón de parada, me senté en el piso y me abracé a mis rodillas. Y lloré hasta que no me quedaron lágrimas.
A los dos días llamé a la casa de Pablo y hablé con Marcelo, el chico que vivía con él. Le pedí que me deje entrar al departamento para arreglar el vidrio de la cocina (Pablo me dijo que lo había roto sin querer, al dar un portazo). No sé como Marcelo me dejó entrar, porque en realidad nunca habíamos hablado y, según me dijo, Pablo nunca me había mencionado. Igual me dejó pasar y se quedó todo el tiempo mirando en silencio como yo empujaba la masilla entre el vidrio y el metal, sin entender nada. A la semana siguiente hablé con Pablo y le dije que no me animaba a empezar una historia con él. El me agradeció que arreglara el vidrio. Esa noche me costó muchísimo dormirme: revisando la charla que habíamos tenido en persona no logré encontrar un solo momento en el que él dijera que yo le gustaba, o que podríamos ser novios. La decisión había sido enteramente mía y también el acierto o la equivocación.
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Y ahora que tenía a Pablo en la cabeza, era imposible volver a concentrarme en la pantalla que mostraba la llegada triunfal de los Village People a San Francisco. Pegado a Pablo tenía que venir, por supuesto, la fiesta de Josefina.
Sucedió en el 2001, 4 años después de aquella última charla con Pablo. Yo vivía en Nueva Jersey. Josefina, una amiga porteña que daba clases particulares de castellano, me invitó a una fiesta que estaba organizando. Un amigo de ella, multimillonario, se había ido de viaje y le había dejado el departamento para que lo cuidara. Josefina aprovechó para armar una reunión con todos sus conocidos, es decir, sus alumnos y ex alumnos. Cuando llegué me sorprendió el lujo del lugar. Era muy amplio, lleno de ventanas altas y muebles caros. Las mesas rebalsaban de quesos, sushi, y otros bocaditos que no reconocí. En la mesa principal había unos gigantescos ananás decorados con tiritas de zanahorias y otras verduras. En el fondo del salón, medio escondida, había una escalerita en espiral. Subí casi en 4 patas y al salir a la pequeña terraza me quedé ciego. El edificio estaba rodeado de carteles de neón gigantescos, que quemaban las pupilas.
Después de unos minutos reconocí otra silueta y nos pusimos a conversar. Se llamaba Michael, era abogado y estaba estudiando castellano para irse a vivir a Buenos Aires. Allí había conocido a un muchacho del que se había enamorado perdidamente. Le pregunté dónde lo había conocido. En Contramano, me contestó. Me llenó el vaso de vino tinto varias veces, mientras charlábamos. Su novio argentino trabajaba ahora en Máxima, iban a vivir en un departamento de Villa Crespo. Sentí un súbito escalofrío trepando desde el cóccix hasta la nuca. Le pregunté como se llamaba su novio. Se llamaba Pablo. Le pregunté si la puerta de la cocina de ese departamento de Villa Crespo tenía 4 vidrios cuadrados y si uno de ellos era de distinto color que los demás. Me dijo que sí y se quedó mirándome sorprendido. ¿Vos conocés a Pablo?, me preguntó. Le dije que sí y lo abracé. Las luces me volvieron a cegar. Le dije que me tenía que ir y me escapé. Bajé la escalera a los tumbos y busqué a Josefina para que me abra la puerta. No la encontré. En realidad no me acuerdo quién me abrió, pero sí me acuerdo que las personas tenían aureolas amarillas alrededor de las cabezas y los ananás se habían puesto azules.
Se terminó la película y la cola para hacer pis es larguísima. Por suerte habilitan el baño de mujeres y la cola se parte en dos. Cuando estoy por fin frente al mingitorio, suena mi celular. Es mi mamá. “¿Allá en Estados Unidos también es el día del amigo?”. “No, ma, acá no”. “Ah, mirá vos. ¿Sabías que se celebra el día del amigo porque es el día de la llegada del hombre a la luna?”. “No, no sabía. ¿Y que tiene que ver el día del amigo con la llegada a la luna, ma?”. “No sé, lo leí en el Clarín”. “Entiendo. ¿Y en el Clarín no explicaban cuál es la relación?” Aunque el teléfono no viene con cámara, puedo ver a mi mamá negando lentamente con la cabeza, resignada. “Vos siempre igual, Christian…”. “¿Siempre igual qué? Me llamás para decirme del día del amigo y los viajes interplanetarios, y ni se te ocurrió buscar la relación?” Escucho apenas la respiración de mi mamá, que de a poco se va convirtiendo en risa, una risa que conozco y que en 30 segundos la va a tomar por asalto. Mi chorrito de pis golpea las bolitas de naftalina. “Ma, ¿me podés decir de una vez que tiene que ver la amistad con la luna?” El chorrito de pis del mingitorio a mi derecha también juega con las bolitas de naftalina, e inmediatamente el de la izquierda se une al concierto. El cascabeleo sube de volumen junto con la risa de mi mamá en el teléfono. “Ma, ¿estás ahí? ¿Me podés contestar?” Intenta contestar, pero la risa se lo impide, y corta la comunicación.
Por Xtian Rodriguez
Me hiciste acordar un cuento que leí hace mucho de Rodolfo Folgwill. Me lo acuerdo porque tiene un título inquietante “La larga risa todos esos años”. No sé que tendrá que ver. Tendría que leerlo de nuevo.
De todos modos, acá te lo dejo.
Un beso grande
es bueno saber de ti cristian.. realmente se te extraña.. me gusto lo de cerrar el circulo, no te ausentes tanto.
saludos
gracias por el relato
salú
Y bueno asi son las cosas y en este mundo una vez una desiciòn hecha nunca desecha cuando se trata de cosas del amor, y las oportunidades que se han ido no regresan mas…..
Muy bueno tu relato Christian. No pude evitar sentirme identificado en algunos pasajes. Yo soy portador de HIV desde hace 13 años y entiendo lo que debió sentir Pablo al tener que contarte su historia. Tal vez te interese ver la película The Trip, una hermosa historia de amor.
una historia “muy gay”.
Qué bueno que volviste!!!
Xtian:
¡Que bien escribes! Me encantó el relato, tu forma de escribir es cinematográfica, casi pude ver a Pablo, escuchar tus sollozos. ¡Impresionante!
Esperaba encontrarte a esta altura.
Saludos, Christian, y que te regalen huevitos de Pascuas.
Me encantó el post. Mal.
para cuando el libro xtian ?? y no por alabarte, porque realmente no me gusta ser olfa con gente q no conozco y q otros se encargan de enaltecer constantemente, sino q personalmente me encantaria leerte de corrido, paginas y paginas, y saber q no se me van a acabar a los 3 minutos de haberte empezado a leer… muy bueno el relato, hasta me emocione y todo… saludos
Como un nudito en la garganta
un pinchazo en el medio del pecho
ganas de llorar frente a este monitor
algo así fue leerte
abracitos
Me fui muy lejos con este relato y al mismo tiempo lo sentí cerca. Quizás sea eso el presente, un pasado renovado en futuras historias que ni yo, ni vos, ni nadie puede nunca parar.
A veces la vida es un carnaval (carioca) de máscaras y uniformes, una pantalla donde se editan de repente, en nuevas experiencias nuestros mas hondos y tristes recuerdos.
Profundas experiencias de lo que no vivimos, aquello que se nos volvió ficción porque no nos atrevimos a entrar, y de a ratos nos agarra en la butaca, anticipados, y nos envuelve de color,(amarillo, azul, hay otro más?), y se adueñan sonriendo de nosotros, de lo que hay de nosotros en aquello que vendrá.
saludos. Al.
Me encantó, de verdad piendo que podrías intentar escribir un libro, tienes muy buen potencial. Aprovéchalo.
Eso de sentarse a llorar en el ascensor, el abrazo a Michael… no me resulta creible. Me resulta muy cinematográfico, o novelesco, inclusive.
No dudo que lo que cuentes sea cierto; creo que el tema pasa por la realidad que cada uno vive. Ya que hablas de tibio, creo que más tibio soy yo.
Creo que existe la verdad factual y la verdad literaria. Al terminar de hablar con Pablo no me sente en el ascensor a llorar. Volvi a mi casa, me meti en mi habitacion, baje todas las persianas y llore ahi. Para mi ambas cosas son verdad, porque es irrelevante donde llore sino que lo hice “hasta que no me quedaron lagrimas”. Esa imagen es cursi y me molesto incluirla, pero en ese caso preferi la verdad literaria a la estetica literaria que me dictaba que estaba “perpetrando” un acto de fealdad.
Es en esa frase es donde siento que estoy bailando una tarantela sobre baldosas flojas y embarrandome las botamangas.
La fiesta existio, la escalerita peligrosa, las luces que me cegaron, la aparicion de “Michael” (no se llamaba Michael). El abrazo al irme tambien. Y los ananaes habian cambiado de color, y el color era azul. El cine y la conversacion con mi vieja existieron. El recuerdo de Pablo durante la pelicula. El sentimiento de haber esquivado demasiadas banquinas es algo que siento permanentemente, y que cubrio como un almibar espeso mi estadia en San Francisco.
Creo que en este tipo de textos lo que busco (y seguramente no encuentro) es transmitir una verdad mutidimensional, donde a veces deformo el ancho para cubrir los centimetros que necesito en profundidad. Esa verdad solida e inasible y por eso es muy dificil lograr que pase por el ojo de la cerradura que es la escritura.