Confesiones

23 de Diciembre del 2004

[18 de diciembre de 2004, Buenos Aires, Argentina]

A veces hay que internarse en el bosque misterioso de la vida con la intrepidez de Hansel y de Gretel, dejar caer migas de pan por el camino y confiar en que los pájaros se las coman y así perderse en la oscuridad de los cuentos de los hermanos Grimm. Y encontrar en esa oscuridad una casa hecha de dulces donde vive una vieja malvada y cocinarla al horno, con papas. O quizás esquivar la casa de dulces y descubrir algún nuevo sendero que nos lleva andá a saber dónde, con la esperanza de perderse y de encontrarse.

No se me ocurre mejor metáfora que la del niño perdido en un bosque oscuro y confiando en las migas de pan como único instrumento de navegación para explicar algo que me pasó hace unos diez días. Leí una carta de lectores de La Nación que me irritó, y, como el email del remitente aparecía publicado, decidí contestarla. A la hora recibí contestación y ya no hubo forma de parar: los emails se sucedieron veloces, llenos de acusaciones, confesiones, argumentos y aspavientos. Y ya metido en el calor de la pulseada descubrí que mi interlocutor era el subsecretario de la Conferencia Episcopal Argentina y el secretario de la Asociación Cristo Sacerdote, el grupo que inició acciones legales contra León Ferrari para levantar la muestra (y lo logró, al menos temporalmente).

Pero ya hacía rato que los pájaros se habían comido las migas de pan arrojadas en el camino y no había más remedio que seguir hacia adelante y a oscuras, y terminar andá a saber dónde.

A continuación presento la carta publicada en La Nación seguida de los emails que nos enviamos de ida y vuelta con Eduardo Pérez dal Lago, en orden cronológico. El texto de los emails aparece tal cual fue escrito, sólo se han hecho pequeñas correcciones para mejorar la legibilidad de lo dicho (eliminando errores ortográficos y gramaticales y aclarando apenas algunos puntos difusos). Eduardo me autorizó a publicar lo que aparece a continuación, a través del siguiente texto:

“No me parece mal que los publiques. Siento un poco de confusión, porque la naturaleza de las cosas privadas no es igual que la de las públicas. Cuando uno escribe algo para que lo lea uno o para que lo lean todos toma recaudos diferentes, pero no me parece mal. No hay nada que sea confidencial.

Por otra parte me da un poco de envidia, porque creo que tu debate era más inteligente que el mío. Aunque yo tengo la razón, claro.”

Clarísimo.

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El credo de Mencken

19 de Diciembre del 2004

A veces, en el medio de la tormenta de la duda es bueno recuperar los pilares fundamentales de nuestra ética como personas. Y de casualidad me encontré con este credo que Mencken practicó en su vida y llevó a su expresión más categórica. Ahí va, otra vez en mi desprolija traducción:

- Creo que la religión, en general, ha sido una maldición para la humanidad, sus modestos (y sobrevalorados) servicios en el sector ético han sido más que sobrepasados por el daño que ha hecho al pensamiento honesto y claro.
- Creo que ningún descubrimiento de un hecho, aunque trivial, puede ser totalmente inútil a la raza, y que ningún ensalzamiento de algo falso, aunque virtuoso en sus intenciones, puede ser bueno.
- Creo que todo gobierno es malo, porque todos los gobiernos deben necesariamente preferir la guerra sobre la libertad.
- Creo que la evidencia de la inmortalidad no es mejor que la evidencia de la existencia de brujas, y merece por lo tanto el mismo respeto.
- Creo en la completa libertad de pensamiento y expresión.
- Creo en la capacidad del hombre para conquistar el mundo y para descubrir cómo está hecho y cómo funciona.
- Creo en la realidad del progreso.
- Creo – pero en realidad todo esto puede decirse en forma muy simple. Creo que es mejor decir la verdad que mentir. Creo que es mejor ser libre que esclavo. Y creo que es mejor saber que ignorar.

H.L. Mencken: Sobre el estilo

17 de Diciembre del 2004

Salvo una o dos excepciones, los libros que tratan el tema del estilo de prosa en inglés pertenecen a autores que no saben escribir. El tema parece ejercitar una fascinación especial y siniestra sobre los intelectuales, bucólicos profesores de la universidad y otros seudo literatos. En miles de libros exponen sus deprimentes ideas al respecto y millones de sufrientes estudiantes secundarios tienen que estudiar lo que ellos pregonan. Su meta central es, por supuesto, reducir la cosa a un serie de reglas simples – la pasión poderosa de su orden melancólico, en todo momento y en todo lugar. Aspiran a enseñarlo como si enseñaran bridge, contabilidad o crochet. Y fallan tan ignominiosamente como aquel ateniense legendario que intentó entrenar un regimiento de langostas para que marchen ceremoniosamente en fila.

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Caridad

14 de Diciembre del 2004

[20 de Octubre de 2004, Buenos Aires]

- Llego tarde a ver la Traviatta, che - se impacienta Tiago en el teléfono. Metéte en mi correo y fijate si hay algo urgente, si alguno pregunta por mis servicios mandá el parrafito en el que explico todo.
- Sí, jefe. Si llama la señora, ¿qué le digo?
- Que el señor se fue a ver una ópera con un gato, y que me tenga preparada la comida en cuánto llegue, sino la casco.
- Sí, jefe.
- Basta de decirme “jefe”, putazo. La fantasía de la secretaria en minifalda no te queda bien.
- Que el correo te lo revise tu abuela, entonces.
- Sé buenito. Me tengo que ir que me están esperando, después hablamos.

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