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Dark

Interior. Dark room. 2:50 AM.

Fumadores agrupados en racimos, conversan en murmullos, interrumpidos por grititos histéricos o por el pío pío de un mensaje de whatsapp. Alguien prende un encendedor y acerca la llama a la punta del cigarrillo. El halo de luz repentino ilumina el horizonte, donde deambulan zombies chupapijas hambrientos de carne humana, atontados. Continue reading

Tic Tacs

Salgo del cubículo de hacer pis y me cruzo con un pibe. Lindo, pelo corto, me sonríe. Me agarra de la cintura, yo le doy una palmadita en el hombro e intento seguir caminando, pero no me deja. Lo miro, le sonrío, trato de avanzar, no me deja. Ya es casi una toma de judo.

- Me encanta lo que escribís en el facebook – dice.
- Gracias, che.

No tengo idea de quién es.

- Te hablé por el chat y me cortaste el mambo mal.

Sonamos. Los reproches de las 5 AM. Continue reading

Calor

Salgo a comprar leche para desayunar, vestido así nomás, sin siquiera lavarme la cara, y sin darme cuenta de que la ola de calor ya pasó y está fresco. Cuando salgo del almacén, una señora mayor, muy elegante, me chista. ¿Me ayuda a cruzar esa calle, por favor?, me pide, señalando el cruce a mis espaldas. Le digo que sí, que por supuesto, y le ofrezco mi brazo, que toma con elegancia. La gente observa extrañada a la señora del vestido y al gordo de bermudas y ojotas con el sachet de leche en la mano que avanzan a ritmo de marcha nupcial. Me doy cuenta inmediatamente de que no es ciega y tampoco tiene problemas para caminar. ¿Por qué necesita ayuda entonces?, me pregunto, y ella se aprieta levemente contra mi hombro. Cuando llegamos a la otra vereda me suelta el brazo con delicadeza y se despide diciendo: Muchas gracias, tenía frío.

Los pasillos de tu mente

Yo vivía en ese momento en San Francisco y había conseguido, por fin, trabajo en una empresa de software del downtown. La empresa hacía software a medida y tenía unos quince empleados. Apenas vi el aviso online me gustó el nombre: «Electric Octopus, Inc.» («Pulpo Eléctrico, S.A.», a partir de ahora «EO») y cuando entré al lugar confirmé que quería trabajar ahí. Era un amplio espacio casi sin divisiones, con escritorios distribuidos caóticamente, y en las paredes colgaban pósters de los 60s y los 70s. Reconocí a Joan Baez y a Los Beatles en su época Sergeant Pepper, y el resto seguía la misma onda psicodélica: pelos largos, ropa de colores, sonrisas plácidas. Algunos de los personajes de los pósters parecían haber descendido de las paredes y ocupado algunos de los escritorios, y vi tres viejos esmirriados, de pelo larguísimo y canoso, y barba en triángulo también larguísima y canosa, tan parecidos entre sí (¿serían trillizos?), que por un momento los confundí con los ZZ Top. Ocupaban escritorios contiguos, y parecían sincronizar no solo el largo de sus barbas, sino sus movimientos y hasta sus campos magnéticos. Permanecían largas horas sentados frente a sus pantallas, donde llovían cifras misteriosas y de pronto, sin ninguna señal perceptible, giraban en sus sillas, las arrastraban hasta armar un pequeño círculo, y conspiraban en voz baja, encorvando las espaldas, medievales. Después supe que eran los tres administradores de base de datos. Continue reading

Loop

Siempre que me cruzo a este pibe pasa exactamente lo mismo. La misma secuencia. Me abraza y me dice “uh, hace mil que no te veía”. Tarda en soltarme. En realidad me vio la semana pasada y me dijo lo mismo. Y la anterior, y la anterior. Y la anterior. Después me pregunta sobre distintos aspectos de mi vida. A cada cosa que respondo reacciona sorprendido, aunque las respuestas son las mismas que las últimas diez veces que hablamos. Estoy un poco borracho, dice. La música suena atronadora. “Me vuelve loco tu pelo, tu boca, tu piel, tu cintura, da da da eeh.” Vos necesitás un poco de eso, le digo, señalándole con la cabeza a dos pibes abrazados, refregados, que bajan hasta el piso con las caderas pegadas y vuelven a subir. No, nada que ver, dice, ofendido, y me pega una piña en el hombro. Es en chiste, pero igual me duele. Es en ese momento en el que, incómodo, vuelve a insistir con que aquella vez, cuando pasó eso que pasó, no pasó eso que pasó. No cedo, lo que pasó pasó, pero no te preocupes, le digo. Vuelve la música. “Seguimos asomándonos, tú y yo ooooh. Sintiéndonos. Besándonos.” Después parece acordarse de algo. ¿No viste a mis amigos?, me parece que me dejaron solo, dice. No vi si se fueron, pero le sugiero que se fije si le mandaron un whatsapp. Me mira con cara de “qué idea tan brillante” y efectivamente tiene un mensaje que dice que se fueron a comer y lo esperan. Mejor me voy, dice, estoy muy borracho. Me abraza. Qué bueno verte, hace mil que no te veía, vuelve a decir. Tarda en soltarme. Y se va. Hasta la próxima iteración del loop.

Limpieza

Si voy a perderlo todo va a ser ahora, frente al espejo. Hay una vuelta hacia atrás, un pisotear de senderos de crema pastelera, un flipper con las lucecitas todas en TILT. Me invitás a subir a ese auto y después esa cinta blanca, esa ruta, ese halo alrededor de las luces altas, el camión que viene de frente y te toca bocina. Yo quiero ser tu hijo preferido. Digo eso y me levanto y me voy, con la botellita de agua mineral en la mano. Continue reading

No estoy borracho

Yo estaba recostado contra una columna, con un vaso en la mano. Al lado mío estaba el cordobés. Fue en ese momento que apareciste entre la gente. No, no apareciste, yo diría más bien que la gente te abrió y te dejó al descubierto. El cordobés y yo estábamos medio borrachos, sí, pero sobre todo adormecidos, mecidos por el speed con vodka, y esa mezcla espesa de penumbra y luces que te pegan en la cara. La noche empezaba a maniobrar para emprender el descenso y ninguno de nosotros tenía puesto el cinturón de seguridad.

Vos venías con una botella en la mano, caminabas articulado, chueco y robocop. Chiquito, maleable. Traías una botella de sidra Real en la mano, que levantaste y pendulaste en el aire. Continue reading

Atrás

Atrás está todo eso. La llamada entra a las 8 de la mañana, vos borracho, aturdido, aterido, escuchás y pedís que te repitan, porque no puede ser, no es posible. Un zumbido y una explosión, en tu cabeza: murió tu mejor amigo y el resto chorrea y se cae. Todo en un spin, el tambor de un lavarropas, no, tampoco es eso, sin poder fijar o callar, todo gira como en una máquina tragaperras, pasan escenas como figuritas dibujadas pero no frenan, no se termina de alinear nada. Llamás vos, a tientas, lo primero que reconocés entre los contactos del celular, porque querés sacarte de encima todo eso que te ahoga, que te aprieta como un pulóver de esos de la primaria, que te acogotan y te raspa, que te va a matar, así que ayudame a tirar, agarrá la manga y tirá, aunque me duela. Continue reading

Pedro, Luciano, Mario y Ariel

Pedro

Pedro siempre está apoyado contra la misma columna, aturdido un poco por las luces de la pista de baile, que le pegan de frente, como esos tipos que miran el mar para que se le meta la sal en los ojos. Se viste siempre con pantalones cremita y chomba Legacy. Me regala el ticket de la bebida, así yo aprovecho y tomo alcohol. Él pide una Pepsi light, toma unos sorbitos y después deja que la botellita de plástico se le caliente en la mano.

No baila. Mira. Su timidez me provoca. Me acerco.

– Estás lindo hoy, con tu chombita aburrida de siempre – le digo.

Me pega en la panza. Siempre hace eso. Me pega en la panza o me patea. Cogimos hace un tiempo. Coger, coger, una sola vez, el resto de las veces dormimos juntos y franeleamos. Continue reading

Dos besos

Este teclado se ensució, y por eso de pronto pongo mayúsculas y queda trabado arriba, ahí arriba, gritando, a los cuatro vientos, todo. Es el estado del teclado (sucio) pero conectado con el estado de ánimo (primaveral, rebelde), que no le alcanza con tu susurrar o decir, sino que quiere gritar. Y por eso está historia empieza con un beso y termina con un beso. Continue reading